Qué opinará Neville de la Superliga

Gary Neville, el ex-jugador del Manchester United, habló ayer de la Superliga para decir que le parece una absoluta desgracia, pura codicia, y que es un acto criminal de los clubes involucrados hacia los aficionados. No seré yo quien se ponga a matizar al bueno de Gary. Aprovecho la ocasión para contar que cuando viví en Inglaterra conocí a otro Neville (en este caso, era su nombre de pila). 

Los miércoles, al salir del trabajo, nos juntábamos unos cuantos en el instituto de Kineton para echar un partido de fútbol 7. Estos partidos tenían la mezcla perfecta de colegueo y competitividad. El nivel de los jugadores era aceptable y había siempre buen ambiente. Jugar a cero grados bajo una lluvia fina de enero era un aliciente más. La media de edad en estos partidos era de unos treinta años. Neville rompía esta tendencia. Alto, zurdo, algo lento pero con buen pie, discreto y con cierto parecido al John Locke de Perdidos, debía estar cerca de los cincuenta, pero daba el nivel. 

Una tarde de septiembre, hacia el final de un partido igualado, Neville y yo fuimos fuerte a por un balón dividido. Los dos saltamos al mismo tiempo y caímos juntos al suelo. Yo no me hice nada. Nada más tocar el suelo, Neville gritó. Me levanté con prisa y miré atrás. Neville se agarraba la pierna sin dejar de gritar. El pie izquierdo le colgaba en un ángulo extraño. Le había roto el tobillo a Neville. 

No me desmayé al verlo, pero faltó poco. Enseguida nos organizamos para llevarle al hospital. Acordamos que lo mejor sería que alguien cogiera el coche de Neville y se lo llevara de vuelta a Oxford (de donde él era). No tuve más remedio que presentarme voluntario. Metimos como pudimos a Neville en el asiento del copiloto de su Mercedes años 80 y me puse al volante. Yo no conocía mucho a Neville. Le acababa de romper el tobillo y ahora tenía que llevármelo en su propio coche durante una hora y media de viaje hasta Oxford. Temía que, en cuanto nos quedáramos solos, me gritara, me insultase, me dijera que era un inútil y que me iba a denunciar por violento. 

No sucedió nada de eso. Al minuto de arrancar, me dijo que no me preocupara en absoluto. Que sabía que había sido fortuito, mala suerte, que yo no tenía culpa de nada. Y cambió de tema al instante. No lloré al escuchar esto, pero faltó poco. Me preguntó por mi ciudad, por mi anterior trabajo, por mi equipo de fútbol. Debía de dolerle el tobillo horrores, pero no se quejó ni una vez, no me reprochó nada. Llegamos a Oxford y hasta me presentó a su mujer. Me dio una lección de elegancia, de generosidad, de empatía, de muchas cosas más, difícil de igualar. 

Poco elegantes, poco generosos, poco empáticos, han estado esta semana los doce grandes clubes europeos que han anunciado la creación inminente de la Superliga europea. Por no aburrir, no voy a repetir aquí todos los argumentos que ya se están dando por todas partes en contra de este triste plan, pero os los podéis imaginar. Me pregunto qué opinará Neville sobre la creación de la Superliga europea de fútbol.

Vinicius y los gofres

Hay gente que hace una cola muy larga para comprarse un gofre con forma de pene. Aparentemente, el gofre en sí no tiene nada de especial en cuanto a propiedades o sabor. Simplemente, tiene forma de pene. Lo vi el otro día en un video del Whatsapp: gente en Valencia esperando durante horas para comerse un dulce con forma de polla gigante. Pensé que algo así solo podía ser cosa de valencianos y que esta moda no llegaría a la ciudad en la que vivo. Por supuesto, me equivoqué. 

Alguien acostumbrado a equivocarse es Vinicius Junior. Algo tiene Vinicius que hace fácil identificarse con él. Yo creo que es esa capacidad de fallar una vez más, cuando parece que ya no se puede equivocar otra vez. No tengo el dato a mano, pero sí la impresión de que los cinco primeros goles que marcó con el Madrid fueron de rebote. Remates que iban a fuera de banda que terminaron en la portería tras golpear en un defensa. 

Todos cometemos errores; lo ideal sería no repetirlos y aprender de ellos. Vinicius falla constantemente porque se cree mejor de lo que es. Vinicius falla mucho, también, porque afronta cada jugada como si fuera el último minuto de una final que su equipo pierde por 0-1. Ninguna de estas dos cosas es necesariamente mala: demuestran una confianza en sus capacidades que ya nos gustaría tener a muchos. 

Por cosas de la vida, terminé haciendo una tesis doctoral. Terminar la tesis me costó dios y ayuda porque constantemente cometía errores de principiante en los planteamientos y en los cálculos que retrasaban todas las fechas de entrega. Con la tesis ya terminada, el día que imprimí y encuaderné la primera versión, mi supervisora me llamó a su despacho para avisarme de otro error grave en un cálculo crucial. Me vine muy abajo. Pensé que los evaluadores -que ya tenían sus respectivas copias- se darían cuenta e invalidarían todo el trabajo hecho durante los cuatro años anteriores. Tuve ganas de quemar la copia que tenía en mis manos y mandarlo todo a la mierda. Creo que hasta lloré. 

No ocurrió nada. Los evaluadores no se dieron cuenta del error. Mi supervisora y yo corregimos el fallo discretamente y volví a imprimir la versión arreglada. A veces te equivocas, todo parece muy grave, y no sucede absolutamente nada.

Vinicius tiene solo veinte años y ha estado a punto de convertirse en un meme. Cada error ridículo delante del portero se añadía a la ristra de errores ridículos anteriores, sin importar la cantidad de buenas jugadas que hubiera hecho entre medias. Hace poco lo sentencié, diciendo que en su carrera solo aspiraba a ser el quince o el veinte mejor jugador del mundo, como si eso fuera poco. Parece que tenemos prisa por ver a la gente fracasar. Vemos a alguien hacer cola para comerse un gofre con forma de pene y ya pensamos que todos los gofres que se comerá en su vida tendrán forma fálica. Y no. La gente aprende.

Vini vivió su gran noche la semana pasada contra el Liverpool. Un gran gol, mezcla de velocidad, control y definición nos dejó a todos con la boca abierta. Después marcó otro, llegando desde atrás, y el fin de semana le complicó muchísimo la vida al Barcelona saliendo rápido al contraataque con el balón bien controlado. Al marcar su primer gol contra el Liverpool, no se volvió loco en la celebración y sonrió a cámara con tranquilidad. No sé de qué os sorprendéis, parecía decirnos, yo siempre he sido así de bueno. 

Te quiero amordazar

Me pasa a veces. Leo un libro sobre una problemática que me interesa muchísimo y al terminar me quedo un poco como estaba al principio: me han explicado el problema con claridad y datos interesantes pero no me han aportado soluciones al final. Me ha ocurrido de nuevo con el último que he leído, La era del capitalismo de la vigilancia, de Soshana Zuboff, un tocho de ochocientas páginas sobre cómo las grandes tecnológicas se aprovechan de los datos que les proporcionamos para enriquecerse a nuestra costa. 

Cuenta muchas cosas Zuboff en este libro. Datos muy locos como que si una persona hiciera una lectura detenida de todas las políticas de privacidad con las que se encuentra a lo largo de un año, dedicaría 76 jornadas laborales completas. Menos mal que yo no leo ni una y puedo dedicar todo ese tiempo a mirar la clasificación del Grupo IV de la Segunda División B, que está increíble. 

Me cuenta Soshana también que las grandes tecnológicas mapean mi casa cada vez que pongo a funcionar la Roomba, pero no acabo de tener claro para qué querrá Facebook saber dónde tengo puesta la alfombra. Insiste Zuboff que Google se aprovecha de nuestra experiencia vital para convertirla en una materia prima que se acumula y se analiza al servicio de los fines mercantiles de otros. Entendido Soshana, ¿pero qué puedo hacer yo para evitar todo este desastre? No me lo ha dicho y no me lo dirá.   

Las grandes tecnológicas están aquí para hacernos la vida más fácil, te dirán sus defensores. Será a otros, les diré yo. Cada vez que escribo la palabra “cojo” en el Whatsapp (cojo el autobús), el teclado predictivo escribe directamente “cojonudo”. La otra noche le mandé a mi novia un mensaje de buenas noches y el teclado predictivo, en lugar de escribir “te quiero amor” prefirió “te quiero amordazar”. En otra ocasión, quise recomendar la serie Breaking Bad pero terminé sugiriendo la secuela “Breaking Badajoz”. Y así hasta el infinito. 

Esto ya lo sabemos todos: las grandes tecnológicas utilizan nuestro historial de internet para colarnos anuncios. A mi solo intentan venderme dos tipos de productos: camisetas en las sale impreso un gorila gigante y medias sexys. No sabría decirte cómo ha llegado Facebook a esa conclusión sobre mi. 

En el fútbol pasa lo mismo. El VAR venía a librarnos por fin de las polémicas y para que en prensa se hablara solo del juego en sí, pero lo único que ha conseguido hasta el momento ha sido complicar el reglamento y doblar el número de polémicas por jornada. La teoría estaba clara: el VAR se emplearía únicamente en casos muy concretos para corregir errores graves del árbitro de campo, pero la práctica nos dice que al mínimo roce dentro del área mandan revisarlo todo a cámara lenta. Abusar de la tecnología para resolver problemas sencillos nos complica la existencia, deberíamos haberlo aprendido ya, y sin necesidad de haber leído a Soshana Zuboff.  

Con el VAR, me atrevería a sugerir el enfoque que tienen mis padres con su Alexa. La tienen en la cocina pero solo la utilizan para lo verdaderamente importante: preguntarle el tiempo que va a hacer ese día y poner la Cadena SER.

Muy poca épica

Para empezar, un chiste malo. Hoy se cumple justo un año de dos hechos históricos y desgraciados: el gobierno declaró el estado de alarma en España por la pandemia de covid-19 y yo empecé a escribir estas columnas.

Hay curiosidad por ver cómo se percibirán aquellos días dentro de veinte o treinta años. Mucha gente sostiene que será nuestro 23-F. ¿Qué hacías el 14 de Marzo de 2020?, nos preguntaremos unos a otros dentro de unos cuantos años. Mi respuesta tendrá muy poca épica: me fui a El Corte Inglés a comprar algo para la cena, diré.  

Tengo dos amigas que el día que se declaró el estado de alarma se fueron al campo a buscar espárragos. Y bien que hicieron. Hubo mucho cachondeo en el grupo de amigos del whatsapp con lo de los espárragos, y todavía lo hay. Los espárragos se han convertido en una especie de símbolo, no sé muy bien de qué. Cuando alguien se queja de lo poco que cumple la gente las normas anti-covid, otro alguien saca de nuevo a la luz el tema de los espárragos, y nos reímos un rato. 

Ahora suena a chiste macabro, pero el día que nos encerraron en casa, mi principal preocupación era si se disputaría la Final de Copa del Rey, que ese año se jugaba en la ciudad en la que vivo y se esperaba un ambiente fantástico. La Final estaba prevista para el 4 de abril. Ese día se notificaron 932 fallecidos en España, el segundo día con más muertos por la pandemia. A día de hoy, ese partido todavía no se ha jugado. Muy bien ubicadas mis prioridades el 14 de Marzo de 2020. 

No sé si les ocurrirá a otros, pero con el tiempo he ido idealizando algunas de las cosas del confinamiento extremo. Las subidas a la azotea a escuchar Carne Cruda, las excursiones rápidas al kiosko a por el periódico del domingo y las llamadas por teléfono continuas en las que todo el rato nos contábamos las mismas cosas unos a otros. Pienso en aquellos días y la sensación que me viene es la de estar viviendo algo especial, como una aventura de andar por casa. Es obvio que siento esto porque en ningún momento me afectó de lleno la enfermedad. Pero un poco también porque con el paso del tiempo terminamos por idealizarlo casi todo, desde las fiestas a las que hemos ido, las relaciones que hemos tenido hasta los partidos que más nos marcaron. Los expertos te dirán que es un mecanismo de no sé qué, y me parecerá bien. También tengo claro que nunca me veré repetido el Holanda-Rusia de la Euro 2008, por si acaso.  

Si me preguntan si aprendí algo el año de la pandemia, lo primero que me vendrá a la cabeza será lo siguiente: el truco para no dormirse viendo una película es poner una película buena. Por lo demás, justo un año después todo sigue más o menos igual: mis amigas lo celebraron yéndose otra vez a por espárragos, el estado de alarma sigue declarado y aquí llega una nueva columna sin importancia. 

El espejo del baño

Este es un recurso que utilizo mucho cuando me felicitan por mi cumpleaños: somos mayores, digo, pero todavía estamos a tiempo de jugar un Mundial. Llevo años diciéndolo y siempre hace gracia entre mis amigos hombres. Dentro de poco ya no lo podré utilizar. 

Siempre es un poco extraño el día de tu cumpleaños, por aquello de tener que pasarlo bien y estar contento, cuando quizás lo que te apetece justo ese día es no hacer nada, o estar de mal humor, o trabajar, incluso. Hay que rendir en el día de tu cumpleaños, pasarlo de puta madre y sonreír todo el rato. Los 27 los cumplí en el extranjero, en un sitio al que acababa de llegar y casi no conocía a nadie. Pasé la noche a la fuerza tomando cervezas con unas cuantas personas que había conocido un par de semanas atrás, deseando llegar a casa cuanto antes y ponerme un capítulo de The Wire.  

Hay ocasiones en las que todo el mundo espera que respondas de una manera determinada, que te lo pases bien, que rindas, y por lo que sea no sale. No pasa nada. He jugado muchos años a baloncesto, normalmente ocupándome en mis equipos de aspectos rutinarios del juego. Para variar, hubo un año en que me salía todo. Anotaba con facilidad, daba asistencias y defendía a toda pista el tiempo que fuera necesario. Hacia el final de temporada, en un partido importante en casa del Nules, mi entrenador me cogió aparte antes del partido y con un discurso sencillo pero motivador me pidió que saliera a la pista y me jugara todos los balones que quisiera, que el equipo iba a jugar ese día para mi y que con mi estado de forma me iba a salir. El partido era mío. El resultado de este discurso motivador es fácil de adivinar: hice el peor partido del año. Ninguno de mis tiros tocó aro, perdí cada balón que recibí y pedí el cambio a la desesperada en el segundo cuarto. Perdimos el partido y mi temporada se fue a la mierda a partir de entonces. 

Se habla mucho del paso del tiempo en estas columnas, e igual no es casualidad, aunque si lo pienso me doy cuenta de que se habla mucho del paso del tiempo en la mayoría de columnas que me gustan. Por quien no pasa el tiempo es por Cristiano, otro año máximo goleador de la Serie A con 38 años, y lo que le queda. Tengo curiosidad por ver cómo se hablará de Cristiano dentro de treinta o cuarenta años (en teoría lo viviré). Curiosidad por ver si en el futuro todavía se le hace de menos, criticándolo con comentarios como que “solo sabe meter goles”, que sería más o menos como criticar a un escritor porque solo sabe escribir novelas. 

No me puedo quejar. No estoy tan bien como Cristiano pero tampoco me ha pasado aún lo que canta Kurt Vile en Pretty Pimpin, cuando dice que se levantó una mañana y no se reconocía en el espejo del baño. Puedo seguir diciéndolo unos cuantos años más: estoy a tiempo de jugar un Mundial.

El hat-trick de Mbappé

Ya habíamos oído hablar de ellos, pero esta semana han irrumpido de verdad en nuestras vidas Erling Haaland y Kylian Mbappé, muy probablemente los dos próximos grandes genios del fútbol mundial. 

El tiempo pasa y todo se renueva, para que las cosas terminen quedándose más o menos como estaban. Messi y Cristiano declinan y quien los sustituyen son dos chicos que por características parecen renovar la misma rivalidad: Kylian es el más fino, el de la filigrana y el disparo sutil al ángulo; Erling es el tanque, la fuerza bruta y la potencia al servicio del gol. La década del 20 al 30 será suya. 

En el PC Fútbol de los noventa pasaba algo parecido. Cuando ya llevabas 20 años siendo entrenador del Cacereño y habías ganado la Champions cuatro veces, la base de datos del juego se iba renovando automáticamente con jugadores de características idénticas a los originales, pero con nombre distinto. En el Flamengo aparecía el nuevo Savio (llamándose por ejemplo G. Paulista), y en algún equipo Yugoslavo aparecía el nuevo Mijatovic (bajo el seudónimo de S. Kovac). Me encantaba encontrarme en el juego a los nuevos Savio o Mijatovic, igual que me flipa encontrarme ahora a Haaland y Mbappé en la vida real. 

Me voy a hacer un lío con las edades de las nuevas figuras. Hasta ahora tenía bastante habilidad en conocer la edad de los futbolistas comparándola con la mía. Torres e Iniesta son de mi año; Villa tres años más viejo y Cristiano un año más joven, por ejemplo. Sumas y restas fáciles. No obstante, este truquito se ha terminado. No me veo en un futuro cercano diciendo: “ah sí, tal jugador tiene veinte años, lo sé porque tiene diecisiete menos que yo”. Poco práctico para hacer cálculos y demasiado friki para la sociedad en general. 

Una sensación parecida de renovación la tuve el otro día paseando al lado del río. Había mogollón de gente haciendo botellón. Como yo ya no hago botellón, pensaba que nadie lo hacía tampoco, pero allí estaban aquellos centenares de post-adolescentes para ponernos en mi sitio a mí y a mis amigos. Da cosita darte cuenta de que eres el que está al otro lado del botellón: fuera del botellón. Da cosita pero es normal, hay que dejar paso a las nuevas figuras. Cuando yo tenía 16 y ya empezaba a salir, mi tío me dijo que él dejó de hacerlo el día que llegó a la Plaza de los Dolores en Benicassim y no conocía a nadie. Se dio la vuelta y se marchó a casa para siempre. Yo me he ahorrado ese mal trago porque ahora está prohibido salir y también porque casi ni me apetece, pero sospecho que estaré ahí, ahí. 

Ahora tengo amigos que coleccionan vinilos o cámaras de fotos antiguas, pero no pasa nada, hay que quererlos igual. No estará relacionado, pero el mismo día que vi el botellón masivo junto al río soñé con un amigo con quien he hecho muchos botellones y ahora hace tiempo que no veo. En mi sueño él llevaba bastante mala vida y yo presenciaba cómo lo detenía la policía, pero no le saludaba porque me sabía mal. Me desperté sobresaltado y con mal cuerpo, pero no le llamé ni le envié un whatsapp, ni nada. Me vestí con la ropa de correr y mientras se calentaba la leche en el micro, me puse otra vez en el móvil el hat-trick de Mbappé.

Acertar el captcha

Esta semana vuelven los octavos de final de Champions, y menos mal. Hay semanas en las que no pasa absolutamente nada de interés. Semanas en las que los días se arrastran uno detrás de otro sin mucho que llevarte a la boca. Enero suele ser ese mes lleno de semanas en las que no pasa nada, y este enero todavía más, por motivos obvios. 

Esta es una temporada mala para contar cosas interesantes sobre tu vida. El otro día me escribió un colega para preguntar qué tal y lo única información interesante que tuve para compartir era que había salido a correr un par de días, a pasear junto al río y a escuchar cuatro podcasts. Es decir, exactamente lo mismo que le había contado hace un mes. 

Leía el otro día en el periódico que la ciudadanía está cansada de vivir tiempos extraordinarios e interesantes, y yo digo que sí, que vale, que entiendo que se refieren a la pandemia, y que tenemos ganas de que dejen de agobiarnos con medidas de confinamiento y cifras de contagiados. Pero igual lo que nos hace falta es que nos pasen más cosas, igual no extraordinarias, pero sí más, en cantidad. Que nos estamos acostumbrando a que a las ocho de la tarde no se oiga ni un ladrido en la calle y eso no puede ser bueno, que a ver quién aguanta luego a los juerguistas cantando flamenquito a medianoche en las mesas del Pelícano. 

Siempre hace ilusión cuando vuelven los octavos de final de la Champions, y eso que todos los años en un poco lo mismo. A veces pienso en si llegará algún enero en que me dé exactamente igual si vuelven los octavos de final de la Champions o no, si encontraré algo mejor que hacer en todo ese tiempo. Tengo amigos a los que les ha ocurrido. Amigos a los que les gustaba esto tanto como me gusta a mí, que dormían con las sábanas de su equipo favorito y que hoy no saben ni a qué hora es el partido. Me sabe mal por estos amigos. 

Hay semanas en las que no pasa casi nada, y está bien, hay que conformarse con lo poco que traigan. Como Michael en un capítulo de The Office, que frente a una experiencia traumática, ve pasar la vida ante sus ojos y resulta que en el futuro tiene cuatro hijos, y una casa flotante, y una mujer runner, y es feliz, y rico, y además inmortal. Y que sabe que no parece mucho, pero que él se conforma. 

Hay que saber conformarse con lo bueno que venga, aunque a veces sea poco, como hace nuestro querido Michael Scott. Esta semana me conformaré con acertar el captcha del Zoom a la primera, que cada vez me cuesta más demostrarle que no soy un robot. A veces solo hace falta eso, aceptar el captcha a la primera y afeitarte por la mañana para sentirte mejor. Eso y acordarte de que el martes vuelven los octavos de final de la Champions.

Tres victorias seguidas

Ya lo dije aquí hace dos semanas: al empezar este año desactivé mi cuenta de Twitter para tener más tiempo para hacer otras cosas. ¿Qué cosas, concretamente? Me preguntó el otro día un colega, y era una buena pregunta. Hay ratos en la vida en los que lo único que puedes hacer es mirar el Twitter. 

Una consecuencia clara de dejar Twitter después de mucho tiempo dentro es esta: no me entero de nada de lo que pasa. O más bien, me entero de las cosas a la velocidad a la que nos enterábamos no hace tanto tiempo: a los pocos días, sin urgencias, por el periódico o porque te lo cuenta tu novia en el desayuno. Al parecer ha habido estos días unos chavales en Estados Unidos que han troleado a grandes fondos de inversión comprando masivamente acciones de empresas al borde de la quiebra. Algo así. No me he enterado muy bien porque el periódico daba por supuesto que yo era un experto en inversiones. Con Twitter en el móvil tampoco lo habría entendido mejor, pero al menos me habría enterado antes, y ahora ya estaría a otra cosa. Echo un poco de menos, debo confesar, a Mr Winters, La Crono o Arroba Mongolear. 

Mi equipo ha echado al entrenador al acabar la primera vuelta, de eso sí que me he enterado. Casi siempre da pena que echen al entrenador, sobre todo en temporadas en las que el principal y casi único problema es que la plantilla es muy floja. Más todavía cuando fue el entrenador que te salvó de bajar a Tercera y el que te subió a Segunda poco después. Echar al entrenador que te subió a Segunda es un poco como romper con una pareja con la que te pasaron cosas chulas. Al principio de la crisis quieres aguantar por los buenos tiempos, con fe de que el equipo responda y lleguen tres victorias seguidas. El caso es que casi nunca llegan las tres victorias y al entrenador hay que echarlo. Hay veces que no hacer nada es la decisión más arriesgada. 

Una decisión habitual de las directivas en estas circunstancias es volver a traer al típico entrenador de la casa, que sería el equivalente de liarte con una ex-novia. No hace falta que explique que esto casi nunca sale bien, y sino acordaos de Radomir Antic y el Atlético, que se lo trajeron en 1999 para que salvara el equipo, solo tres temporadas después de haber ganado el doblete y terminaron bajando a Segunda. Una amiga me lo dijo hace tiempo: enrollarte con tu ex-pareja debería considerarse necrofilia. Suena bestia, pero había verdad en esas palabras. Un brazo, Rado. 

Al final hemos terminado trayendo a Juan Carlos Garrido, uno que entrenó al equipo del pueblo de al lado hace unos años, que vendría a ser como enrollarte con la ex de un colega, pero voy a parar ya con estas analogías que no llegan a ningún sitio. De Garrido dije muy convencido hace años que pronto estaría entrenando al Barcelona, y de ahí en adelante su carrera fue: Brujas, Betis, Al-Ahly, Al-Ettifaq, Raja, Al-Ain, Étoile Sahel y Wydad. Así que mucho caso tampoco me hagáis con estas cosas.

Brócoli morado

El otro día lo preguntaba Sergio Vázquez en su columna de Marcador Internacional: hasta cuando tiene lógica seguir felicitando el año nuevo. Yo no lo tengo claro pero sí puedo compartir mi experiencia: a partir del día 2 ya no se lo felicito a nadie, a excepción de a mi frutero Pepe, pero es que a Pepe le permito casi cualquier cosa, hasta que me venda brócolis morados. 

Los brócolis morados me sirven para tocar también el tema de los propósitos de año nuevo. Estaría bien saber si esto es algo que se ha hecho toda la vida por aquí o si lo hemos importado de los yankis igual que Halloween. También haríamos bien en ponernos de acuerdo si es buena idea seguir haciéndolo, y es que los propósitos tienen un problema: para que sirvan para algo hay que cumplirlos. 

Un propósito de año nuevo: mi novia y yo queremos este año desengancharnos un poco del móvil, y para ello decidimos que después de la cena los meteríamos en una cajita y no estaría permitido mirarlos hasta el día siguiente. Creo que no hace falta que cuente que este propósito duró exactamente un día, pero lo voy a decir igual. A las 24 horas de habernos propuesto este objetivo los móviles vuelven a utilizarse por esta casa con total impunidad, y cero reproches, oiga. Me he borrado la cuenta de Twitter y esto sí parece funcionar. Ahora entro en Internet y no sé muy bien qué mirar, como si fuera obligatorio mirar algo. Internet está hueco sin Twitter. El otro día me puse a ver la Supercopa y terminé haciendo algo que hacía mucho tiempo que no hacía: prestarle toda mi atención al partido. La idea de todo esto es tener más tiempo para leer. Solo espero no dejar de mirar Twitter para leer más el Marca. 

Otro clásico propósito de año nuevo: comer brócolis morados, y verdes también. Y cremas para cenar, fruta en la merienda y galletas realfooding para el almuerzo. Confieso que nos bajamos hace poco la app del realfoodismo, pagamos incluso la suscripción anual, con el objetivo de seguir el menú a rajatabla, y ahí sigue la app, que yo sepa, con cero accesos desde entonces y esos 36 euritos ganados cómodamente por Carlos Ríos sin hacer nada. Negocio redondo como un tomate orgánico (perdón). 

Es difícil comer bien. Durante el confinamiento extremo del año pasado le pregunté a un amigo que si estaba comiendo bien o mal en esas semanas de encierro. Con lógica aplastante me dijo que estaba comiendo bien y mal: que primero se comía la fruta, la verdura, el pescado azul y el pan integral; y ya después todo lo demás: la carne roja, las papas con sabor a huevo frito y los phoskitos. A mí me pasa a menudo también: me entra un hambre tremenda a la hora de la merienda y para no comerme una palmera de chocolate me como un plátano y una manzana. Enseguida recuerdo lo que dice Javier Cercas en El Impostor, que nadie está obligado a ser un héroe, y bajo a comprarme la palmera igualmente. 

Tranquilo, fiera

Hace unos cuantos años me apunté con unos amigos a la típica liga local de fútbol 7, una de esas ligas en la que abundan las patadas innecesarias y escasean los goles por la escuadra. Yo era sin discusión el peor jugador del equipo, así que se decidió de manera unánime que yo me colocara de delantero centro, ya que allí habría menos posibilidades de cometer algún error fatal. Mis dos funciones principales serían: a) intentar cazar algún balón suelto que cayera dentro del área, y b) presionar sin descanso a los centrales cuando sacaran el balón jugado. Como a) ocurría en muy contadas ocasiones, mis esfuerzos estaban dedicados de manera casi única a la presión al rival. 

En uno de estos partidos, me topé con el clásico defensa central que lleva quince años jugando en ligas de carácter local, que te mete el codo en cada córner, te hace volar con un tackle en el centro del campo y protesta al árbitro diciendo que ha tocado balón. En una de mis alocadas presiones contra este central me pudo el entusiasmo, alargué la pierna más de lo debido y acabé dándole una patada fuerte en la espinilla. Lo razonable hubiera sido que dicho central respondiera con un empujón por la espalda, una buena patada en el tobillo o como mínimo, insultos graves contra mi y mi familia. Sin embargo, el defensa central me dio una pequeña lección de vida a muchos niveles: sacó el balón jugado limpiamente, no protestó al árbitro y me susurró al oído lo siguiente: tranquilo, fiera. 

Tranquilo, fiera. Dos palabras y un tono al decirlas, que lo tenía todo. Clase y elegancia, por responder con mesura a una entrada torpe, dura e innecesaria. Al mismo tiempo, ironía, condescendencia y un leve desprecio ante mi presión que no le había impedido iniciar la jugada sin problemas. Aquel defensa central podría haberme gritado “dónde vas flipao de mierda” pero eligió “tranquilo, fiera”, y yo le correspondí incorporando la expresión de manera inmediata a mi vocabulario cotidiano. Ahora me lo digo a la mínima. Cuando me pongo nervioso, me acelero e intento hacer tres o cuatro cosas al mismo tiempo, me digo tranquilo fiera, y las hago todas bien de una en una. Cuando los planes no salen como espero y me bloqueo en la toma de decisiones: tranquilo, fiera, a seguir. Y sigo. 

2020 ha sido un año raro, qué os voy a contar. Un año malo, y sino que se lo pregunten al técnico que cometió el fallo de cableado que provocó la pérdida de un cohete espacial de 200 millones de euros a los ocho minutos de haber sido lanzado. Hoellebecq dice en Serotonina que un ambiente de catástrofe global atenúa siempre las catástrofes individuales. Espero que el técnico tuviera a alguien al lado que le dijera esto mismo, o al menos que le susurrara al oído dulcemente las dos palabras mágicas que titulan esta columna. 

A veces pasa un poco al revés: que te sabe mal que un año de absoluta catástrofe global haya sido bueno para ti a nivel personal. O muy bueno, incluso, pero eso ya sería casi obsceno reconocerlo. En cualquier caso, uno nunca sabe dónde y cuándo va a aprender cosas que le marcarán de por vida. En ocasiones ocurre durante el confinamiento extremo en medio de una terrible pandemia mundial, y en otras al comienzo de un intrascendente partido de la liga local de fútbol 7.