Ramón Enríquez con el exterior del pie

Sin entrar en detalles que no vienen al caso, este fin de semana he tenido que ir a casa de mis padres y a la vuelta cruzarme España en coche. Como no soy un gran conductor, les di a esas ocho horas en coche una importancia que seguro no tenían y planifiqué meticulosamente todo el trayecto. Parte de esta planificación fue la música: llevaría mi funda antigua de CDs con todo lo que escuchaba hace diez años o así. Para no tener que andar rebuscando en la funda mientras conducía, saqué cuatro o cinco y los puse en el asiento del copiloto. La planificación llegó a este nivel de detalle: para cuando llegara la puesta de sol, me pondría mi disco favorito de Sigur Rós. 

Cuando el cielo se empezó a poner naranja metí el CD. La voz de Jónsi y el ruido desordenado de los instrumentos alcanzaban el punto de épica culminante en el momento exacto: centenares de aerogeneradores se recortaban contra una luz cegadora mientras el sol se ponía sobre la Mancha. Lucecitas rojas colocadas sobre las turbinas parpadeaban todas al mismo ritmo. Cuando ya solo parecía que el siguiente paso era ponerse a llorar, el CD (que es viejo y está muy rayado) salta, la música se acaba de golpe, aparece de golpe Carrusel Deportivo con el Elche-Real Sociedad y la magia se ha roto para siempre. A veces las cosas no salen como planeamos. 

Sin ir más lejos, el fin de semana pasado, mi equipo jugó en casa contra un equipo que puso de extremo izquierdo a un canterano diestro con cara de niño y el número 30 a la espalda. Sin haber participado demasiado, el chaval recibió en banda en el minuto 18, miró al punto de penalty, vio a un compañero que cargaba el área y como jugaba a pierna cambiada, le dio con el exterior del pie derecho. El balón cogió una parábola imposible y se coló al segundo palo por la escuadra. Fue el típico golazo que si te lo hace Modric dices: qué cabrón Luka, cómo las pone con el exterior. Pero como lo hizo Ramón Enríquez Rodríguez (así se llama el chaval, no es un chiste) pues ya dudas de si chutaba o si centraba. Dudas un poquito más cuando ves la cara de Ramón en la celebración, que parecía debatirse entre celebrarlo a tope o volver a su campo discretamente. Y ya dejas de dudar por completo cuando ves a los compañeros del chico descojonados en el banquillo, que también dices: menos cachondeo con Ramón, que por lo menos ha sido titular. 

En fin, que me lío. Que el partido acabó 0-1 y el chaval seguro que se llevó el balón a casa o por lo menos lo intentó. No sé si Ramón planificó ponerse Sigur Rós en los cascos mientras el autobús les llevaba al campo o si pasa de estas chorradas. Lo que está claro es que gracias a su golpeo con el exterior, su equipo se llevó los 3 puntos de un campo difícil, y fijo que en el viaje de vuelta a casa pensó algo así como: a veces las cosas no salen como planeamos, pero salen mejor. 

No volváis a ver Lost

Por algún motivo que todavía está por aclarar, mi novia y yo hemos vuelto a ver Lost desde el principio. En mi cabeza, Lost seguía siendo la serie casi perfecta, con sus personajes carismáticos y su dosis constante de misterio y acción. Tenía muy claro hasta un ranking de temporadas, clasificadas de mejor a peor: 3-4-1-2-5-6. ¿Qué ha ocurrido? Que todos hemos visto muchas series desde aquel mayo de 2010 en que nos levantamos de madrugada a ver el último episodio en Cuatro. Ejem, ejem. Cuidado con la nostalgia y con idealizar el pasado, que luego nos llevamos sorpresas.

Ser nostálgico no está mal porque significa que has sido feliz, dijo el otro día Alvaro Benito en una entrevista, y tiene mérito que lo diga precisamente él, que podría haber sido una estrella en los 90 y prácticamente se retiró a los 21. Por algún motivo, en mi generación es muy típico ser nostálgico del fútbol de aquella década. El Mundial de USA 94 -con Roberto Baggio de estrella, Bulgaria en semifinales y Salenko de máximo goleador- como principal exponente de esta nostalgia. Será que éramos niños en aquella época y de niño todo lo ves de otra manera. 

¿Se puede tener nostalgia de otra época futbolista que no sean los 90? Se puede: una tarde aburrida del confinamiento vi repetido el España-Rusia de la Eurocopa 2008, partido que recordaba como la mayor exhibición colectiva de la selección desde que sigo el fútbol. En mi mente, aquellos noventa minutos eran la cumbre del fútbol a nivel selecciones. ¿Qué ocurrió? Pues lo esperado: aquel partido no fue para tanto. La primera parte fue muy igualada y las ocasiones más claras las tuvo Rusia. El gol de Xavi no llegó hasta el minuto 60 y la supuesta superioridad fue un espejismo: España jugaba ante un rival a la desesperada. El segundo y tercer gol llegaron a la contra. El tiempo deforma la realidad a nuestro gusto. Tengo amigos que sostienen alegremente que Laudrup fue mejor que Cristiano, no hace falta disir nada más. 

Pocas cosas más nostálgicas que ponerte a ver fotos de hace veinte años. Hace pocas semanas recuperé unos cuantos gigas de fotos que ya daba por perdidas: fotos de mis 19 a mis 24 años, época que en mi mente permanecía llena de acción sin límite y con personajes carismáticos por todos lados (como en Lost). Me reservé una tarde para ver esas fotos perdidas y la sensación fue extraña. ¿Por qué pasaba tanto tiempo con toda esa gente? ¿Me caían bien? Supongo que sí. ¿Lo estaba pasando bien yo? Por mi expresión en muchas de esas fotos, no lo tengo tan claro. Enrique Ballester -a quien trato de copiar abiertamente el estilo en estas columnas- escribía el otro día sobre la nostalgia y sobre Pedro Alcañiz y decía que casi siempre es mejor lo que recordamos que lo que pasó. Pues eso. 

Os voy a dar tres consejos que no habéis pedido. 1. Si véis fotos vuestras con veinte años, no seáis demasiado críticos. Hacíamos lo que podíamos, y no nos iba tan mal. Tampoco nos va tan mal ahora. 2. No idealicéis el fútbol de los 90 ni a la época gloriosa de la selección de hace diez años: disfrutemos hoy de Erling Haaland y de lo que nos cuentan los expertos sobre el RB Leipzig y del Atalanta. 3. No volváis a ver Lost.  

Loles es Bartomeu

El primer recuerdo que tengo de Messi es un hat-trick que marcó en el mejor partido de la carrera de Jose María Gutiérrez, Guti. Aquello fue un clásico de 2007 y yo ya debía de haberle visto jugar muchas otras veces porque Leo ya tenía veinte años. Por aquel entonces, todavía lo teníamos catalogado como un extremo habilidoso, muy bueno pero no goleador, así que pensé: si el chaval empieza también a hacer goles, estamos jodidos. Esto también describe muy bien la carrera de Guti: haces el mejor partido de tu vida y a Messi le da por hacerle su primer hat-trick al Madrid. Pero de Guti ya hablaremos otro día.  

Todo el mundo comete en algún momento el mayor error de su vida, escribe Juan Tallón en Rewind. Con una sensación parecida me imagino que debe de estar Messi últimamente, con todo el jaleo de su salida frustrada del Barcelona. Lo que no debe de tener tan claro Leo es si el error ha sido intentar irse del club de su vida o precisamente lo contrario: no marcharse. 

El problema que tiene el mayor error de tu vida es que cuando lo cometes, no te das cuenta. Todos hemos sido muy valientes alguna vez intentando marcharnos de algún sitio dando un portazo, como ha intentado hacer Messi. Hace años, cuando estaba justo a mitad de mi tesis doctoral, me harté de todo y decidí dejarlo, con la idea un poco vaga de irme al extranjero, viajar, escribir y encontrar trabajo de profe de inglés no se sabe dónde. Entré muy digno al despacho de mi directora de tesis para informarle de mi decisión y cinco minutos después salía de allí con varias carpetas de artículos científicos por leer y el doble de trabajo que antes. No quiero ser pretencioso: me doy cuenta de que en esta analogía yo soy Leo Messi y Loles es Bartomeu, pero cuanto más lo pienso, más me vengo arriba con los paralelismos. Desconozco el poder de persuasión de Bartomeu, pero sí recuerdo la capacidad legendaria de Loles en este sentido. 

El caso es que me quedé en la universidad, con una beca ridícula, una tesis plagada de errores en la que ya no creía y con contribución nula en el campo de investigación. ¿Fue un error quedarse? Es posible. ¿El mayor error de mi vida? Lo dudo. Al fin y al cabo, es poco probable que me hubiera atrevido a irme al extranjero, viajar, escribir y todo aquello. 

Fueron dos años muy buenos, si soy sincero conmigo mismo. Seguí trabajando a escasos metros de mi mejor amiga, almorzando todos los días al sol, volviendo a casa borracho los jueves después unos tercios en tascas. Pocos meses antes de terminar la tesis, conocí a la que hoy es mi novia. Pocos meses después, encontré un pedazo de trabajo en una gran empresa, el tipo de trabajo que no esperaba encontrar hasta quizás cinco años después. Lo único que me jode de esta analogía perfecta es que, si a Leo le termina yendo como me fue a mi en su momento, volveremos a verle levantar una Champions dentro de no mucho tiempo. 

Mateja Kezman y las vacaciones

No soy nada original si digo que el mejor día de las vacaciones es justo antes de que empiecen, cuando las ves enteras delante tuyo, limpias como unas zapatillas nuevas que todavía tienen la suela blanca. En el horizonte solo se vislumbran días repletos de pachangas de voley-playa y noches de cerveza fría bajo una luna llena enorme. 

El día previo a que empiecen las vacaciones es un poco como el viernes justo anterior al de la primera jornada de Liga. Tu equipo ha fichado a varios jugadores con experiencia en la categoría, a otros jóvenes ilusionantes que provienen de filiales de equipos grandes, algunos incluso con pasaporte inglés o brasileño, como si eso fuera garantía de algo. Y te ilusionas, claro. 

Inevitablemente, a medida que van pasando los días, las vacaciones se te van desgastando muy rápido, las chanclas se te rompen, los planes no salen como estaba previsto y cuando te quieres dar cuenta ya solo quedan dos días para volver al trabajo y esa noche no hay nadie con quien quedar. 

Recuerdo una temporada en la que ya llevábamos cinco o seis temporadas seguidas en Segunda B, la mayoría de ellas sin pisar playoff, y se fichó ese verano a quince jugadores completamente desconocidos. La dirección deportiva justificó su apuesta diciendo que esa temporada “se había decidido apostar por un equipo de hombres, más que de nombres”. El argumento sonó en principio convincente y todos nos volvimos a ilusionar, obviamente. En lo que no reparó nadie fue en que lo extraño hubiera sido lo contrario, es decir, apostar por “un equipo de nombres, más que de hombres”, pero la afición dio el visto bueno. Creo que no hace falta que lo aclare pero esa temporada quedamos duodécimos y muchos de esos hombres ya estaban fuera en enero. En otro inicio de temporada, un amigo muy colchonero se ilusionó al máximo porque el Atlético había fichado a Mateja Kezman, y pronosticó que ese año volverían a hacer doblete, con el bueno de Mateja de máximo goleador en todas la competiciones. Si queréis lo digo, pero ya os lo imagináis también: el Atlético quedó décimo en Liga, Kezman metió ocho goles y la temporada siguiente ya estaba en el Fenerbahçe. Lección: tanto al inicio de la temporada futbolística como de las vacaciones, ilusiones y expectativas las justas, que luego vienen los lloros. 

La situación sanitaria no permitía este año muchas alegrías en cuanto a las vacaciones, con lo que las expectativas estaban por mi parte tirando a bajas. Playa, piscina, montaña, cenas con amigos y poco más; todo por la provincia y sin ver a más gente de lo estrictamente necesario. A toro pasado, y faltándome todavía perspectiva, tengo la sensación de que pueden haber sido las mejores vacaciones en mucho tiempo; unas vacaciones en las que he llegado a tener algo que hacía mucho tiempo que no tenía: una rutina veraniega. Que haya disfrutado tanto estas vacaciones -en las que me he permitido el lujo de hacer varios días lo mismo sin sentirme culpable- da que pensar: igual hasta ahora he estado haciendo las vacaciones mal. O igual es que no se podía hacer otra cosa, que eso también influye, vete a saber. 

El caso es que, sin haber cambiado al entrenador, sin haber fichado a prácticamente nadie, sin haber remodelado el estadio ni haber hecho una campaña de captación de socios masiva, siendo mi objetivo únicamente la permanencia, he conseguido este verano clasificarme como mínimo para la UEFA. Mínimo. 

Pepa y el Loco Bielsa

Hace un año, más o menos, un tuitero al que sigo rescató a un lorito que estaba solo en la calle, probablemente a punto de morir. El tuitero se llevó a casa al loro (a quien bautizó como Pepa), lo limpió, le dio de comer, y mantuvo a la audiencia tuitera informada sobre su evolución. Después de un año de convivencia feliz, hace pocos días contó que Pepa se había escapado en un descuido suyo. Estaba muy preocupado porque sabía que no sobreviviría ni dos días a espacio abierto, acostumbrada ya a una vida cómoda sin depredadores. Puso carteles por el barrio e informó a los adolescentes de la plaza de que si la veían, por favor le llamaran, y de que habría una recompensa en ese caso. 

Anoche mi equipo se jugaba ascender a Segunda división después de diez años, a un partido, en un campo sin público. El partido empezó bien porque nos adelantamos en el marcador en el minuto 15 con un gol del central derecho. Tras el gol, mi equipo se echó atrás y dejó que el rival dominara el juego, esperando pacientemente una ocasión a la contra que sentenciara el partido y el ascenso de categoría. 

También ayer por la tarde, antes del partido, el tuitero contó que hacía pocos minutos, un niño se había puesto en contacto con él para decirle que había visto a Pepa en el parque. El tuitero, que estaba a kilómetros de distancia, cogió la bici y llegó al parque en tiempo de récord del mundo. 

A partir del minuto 45 empezó el miedo. Ese miedo innecesario al que nos sometemos de manera voluntaria los aficionados al fútbol por algo que ni nos va ni nos viene. Un miedo artificial, totalmente evitable y mal dirigido, un poco como ese miedo absurdo del que hablaba Svetlana Alexeievich en Voces de Chernóbil, cuando decía que los empleados de la central nuclear tenían más miedo de sus superiores que del átomo radioactivo. El equipo rival empató en el 83 y nos fuimos a la prórroga. 

El tuitero llegó al parque para comprobar que allí ya no estaban ni Pepa ni el niño, que se había tenido que ir a cenar. Fue a por una linterna y buscó metódicamente en todos los árboles del parque durante varias horas. Los adolescentes habituales, con el botellón ya en marcha, empezaron a reírse de él. 

Aunque estuviéramos con un jugador más, la prórroga terminó también en empate y nos fuimos a los penaltis. En la tanda, mi equipo falló tres de los cinco lanzamientos y nos quedamos sin ascender. A esa misma hora, el tuitero, un hombre de mi edad, se peleaba con los adolescentes del parque. Volvió a casa herido, preocupado por si le caía una denuncia por abuso de menores, y sin Pepa. 

En mi casa, yo me iba a la cama hundido por ambos acontecimientos, diciéndome una vez más que aquel sufrimiento no merecía la pena. En un último vistazo al móvil me encontré con unas declaraciones recientes de Marcelo Bielsa, que había confirmado estos días su ascenso con el Leeds a la Premier: “Acepten la injusticia, traguen el veneno; que todo se equilibra al final”. 

Si lo dice el Loco, habrá que creer un poco más. El jueves y el domingo volvemos a intentarlo. Igual hasta vuelve a aparecer Pepa en el parque.

Gol de Iniesta

Ya lo habréis leído en todos los periódicos, pero os lo recuerdo yo también: hoy se cumplen diez años desde que España ganó el Mundial de Sudáfrica. No quería escribir sobre esto porque ya está todo el mundo escribiendo sobre ello y porque ya he sacado yo el tema suficiente por aquí y no quiero ser pesado, pero al final me liaré. 

Yo quería hoy hablar del dueño del bar al que bajo a ver el fútbol, el Márquez, que llama Enchufati a Ansu Fati, no tengo muy claro si en broma o porque de verdad piensa que se llama Enchufati. La primera vez que lo dijo me reí porque pensaba que estaba haciendo un chiste, pero como el Márquez no se reía yo he dejado de hacerlo también. Quería enlazar esta anécdota con algo que me pasaba a menudo cuando vivía en Inglaterra: no debía de pronunciar bien mi nombre, porque cada vez que decía que me llamaba David (pronunciado “Deivid”), mi interlocutor entendía que me llamaba “Baby”, que obviamente suena mucho peor que Enchufati. 

Tampoco quería escribir sobre la final del Mundial 2010 porque creo que lo gracioso ya lo dije aquí hace unas semanas. No sé si ya dije que ese día desayuné helado a las seis de la tarde porque acababa de sobrevivir a la peor resaca de mi vida, después de una noche de fiesta con una camiseta de imitación de la Cibona de Zagreb. Esa final nos flipó tanto a mi grupo de amigos que decidimos quedar todos los 11 de Julio siguientes para ver el partido repetido. Evidentemente, no lo hicimos nunca y pasó a engrosar el cajón de todos los planes locos que haces con tus amigos que nunca llegas a cumplir, pero la intención estaba ahí. En otra ocasión, también decidimos reproducir Días de Fútbol escena por escena, y hasta me senté un par de tardes a escribir el guión, también hasta que me di cuenta de que el tiempo es finito y que mejor dedicarlo a cosas que uno pueda terminar.   

Enchufati tenía 8 años en 2010, así que igual hasta vió la final desde su casa en Guinea-Bissau. Un día, para evitar que la persona que tenía enfrente pensara que me llamaba Baby, improvisé contestando que me llamo Dave (pronunciado “Deif”), diciéndolo muy despacio y exagerando mucho la pronunciación de las consonantes, pero no arregló nada, porque lo que entendió fue que me llamaba Babe (como el cerdito valiente). 

Otro motivo para no escribir sobre la final de aquel Mundial es que corría el riesgo de ponerme melodrámatico. Como no quería que nadie me molestara en mi nerviosismo, vi todos los partidos en casa. Cuando el árbitro pitó el final de la prórroga, los cuatro miembros de mi familia corrimos a abrazarnos delante de la tele. Fue un abrazo torpe de tres o cuatro segundos, y no tendría más historia si no fuera porque es la única vez que recuerdo que nos hayamos abrazado los cuatro a la vez. Tampoco somos muy de abrazarnos en mi casa, también te lo digo.

Gente normal

Últimamente me he obligado a apuntar en una libretita frases que leo en libros y me parecen interesantes, con la idea de incluirlas en algún momento en los textos que publico aquí. Lo que sucede a menudo es que abro la libretita días después esperando encontrar un material increible que me inspire a escribir columnas muy profundas, pero no les veo nada de especial a las cosas que he apuntado. Las miro, las releo y no les encuentro la gracia o la genialidad por ningún lado, y me quedo sin entender qué vio allí mi yo del pasado en aquella frase insulsa. Esta es la última que me he encontrado, sacada de la novela Gente Normal de Sally Rooney: “su personalidad le parecía como algo externo a sí mismo, gestionado por las opiniones de otros, más que algo que hiciera o produjera él individualmente”. Dime qué quieres que haga con esto, yo del pasado. 

Me pasa algo parecido con Netflix (y Amazon Prime y Filmin y todas las otras plataformas). Cuando no tengo tiempo de ver nada, me entretengo mirando los catálogos en busca de novedades y de joyas ocultas. Casi siempre encuentro varias películas o documentales que me parecen interesantísimos, me los guardo en favoritos y me entran unas ganas tremendas de verlos, cuando tenga tiempo. Días después, con horas libres por delante, reviso la lista de favoritos y no me apetece ver nada de lo que hay allí. Todo me parece muy serio o muy largo y me pregunto de nuevo qué le vi de interesante a aquellos documentales tan raros. Así que casi siempre termino por no ver nada, o por ponerme una peli que ya he visto, con lo que la lista de favoritos va incrementándose hasta el infinito sin llegar a haber visto ninguna de esas maravillas. 

Encuéntrale explicación a esto, si puedes. Cosas que nos parecen interesantes para un futuro cercano, pero no para el presente. Es un poco como quien se compra seda dental porque se lo dice el dentista, se emplaza a sí mismo a usarla a diario pero termina guardándola en el armario del baño junto al resto de sedas dentales anteriores. 

A punto de que terminara el confinamiento, con la Liga a punto de volver, me dije que bajaría casi todas las noches al Bartolina a ver el partido de cada noche. El plan me parecía interesantísimo, porque no solo estaría al día de lo que sucede en el campeonato, sino que ayudaría al comercio local a recuperarse, me haría casi íntimo del Márquez y podría empezar a conocer a fondo a los curiosos clientes habituales, que igual te comentan el arte con la que ponía las banderillas El Fandi que lo bien que está gestionando su carrera Miley Cirus. Incluso vería Bundesliga si hacía falta, para comprobar si de verdad es tan bueno Dani Olmo o si Haaland las mete tan fácil como parece en los resúmenes. 

El resultado de este plan magnífico no hace falta que lo cuente pero se lo puede uno imaginar. He bajado dos noches al Bartolina y no he hablado con nadie.  

Bolivia, Vietnam, Guatemala

A lo mejor ya nunca voy a Bolivia, o a Vietnam, o a Guatemala o a ningún otro de esos otros sitios locos a los que en algún momento me apeteció ir en los últimos años. A lo mejor el concepto de viajar cambia tanto que el turismo vuelve a ser como era hace cuarenta años, cuando volar era una extravagancia. Leo muchas cosas últimamente sobre el futuro inmediato del turismo en un mundo post-pandemia. Decía hoy Elvira Lindo en El País que no iba a echar de menos ese mundo de hace cuatro meses en el que se viajaba porque sí, ya fuera por trabajo o por placer, en el que perdíamos tantas horas en aeropuertos que podían llegar a sumar días al cabo del año. 

No voy a decir la chorrada de que viajar está sobrevalorado porque no lo está, porque viajando conoces mejor a la gente con la que viajas y aprendes cosas y te diviertes y construyes recuerdos. Me lo dice mucho una amiga lo de construir recuerdos, y viajar va mucho de eso, de construirlos y de idealizarlos poco después. 

Eso sí lo hacemos, o lo hago yo al menos: quedarte solo con lo bueno de un viaje aunque siendo justos haya sido flojete. A principio de este año estuve en Nápoles con mi novia y aunque nos reímos mucho con las gilipolleces habituales, nos cuesta reconocer que el destino elegido fue un error, que hubo que hacer cola hasta para comernos una pizza de dos ingredientes, que no nos salimos de las cuatro calles habituales por miedo a las bandas de niños de las que habla Roberto Saviano y que ni rastro de estatuas venerando a Maradona en el Barrio Español. 

No pasa nada por idealizar. En 2004 fui de Interrail con un colega y el viaje resultó ser un desastre porque no nos conocíamos demasiado, agotamos todas las conversaciones interesantes en el primer tren, y ni nos conocimos más, ni nos caímos mejor en las tres semanas siguientes alrededor de Francia y el Benelux. Aun así, guardo buen recuerdo del viaje y de mi colega y cuento a menudo las dos o tres anécdotas graciosas del viaje. En 2007 fui con otros tres amigos a Albacete, en una de las pocas veces que he acompañado a mi equipo de fútbol en campo contrario. Recordar como épico un partido en el Carlos Belmonte que terminó 0-1 gol de Nákor es sin duda idealizar, pero qué más da. Una hora antes del partido estábamos completamente borrachos hablando con gente de la Curva Rommel en el Bar Estadio y uno de mis amigos, puestos a idealizar, decía que aquellas eran las mejores gambas al ajillo que había probado en su vida. Gambas al ajillo. En Albacete. Céntrate, Tomás, por favor. Al terminar el partido, el central titular de mi equipo lanzó la camiseta a la grada y la agarré yo, casi quitándosela de las manos a un niño que tenía al lado. Unos meses después, todavía no sé muy bien por qué, se la regalé del puntazo a una chica que había conocido poco antes en un viaje también idealizado. 

A lo mejor ya no voy a Bolivia, Vietnam o Guatemala, pero no pasa nada. Poco tiempo después de regalarle la camiseta, esta chica terminó tratándome fatal. Mi equipo se salvó ese año pero bajó dos categorías seguidas en los dos años siguientes. La camiseta del central titular de mi equipo no la volví a ver nunca y si te descuidas el Bar Estadio ha cerrado durante el confinamiento. Cuidado con idealizar.

Bandeja de riñones

Esta semana hizo un año que me mudé a esta ciudad (y a este país, en realidad). Me encanta acordarme de esos primeros días en una ciudad de la que no conocía casi nada. Días que en aquel momento los vivía como vulgares y que hoy recuerdo como súper intensos. Siempre pasa esto. Nos ocurren cosas flipantes y no nos enteramos hasta meses después. 

Comenté este aniversario con una chica que acababa de conocer y lo primero que me preguntó al respecto fue si había podido hacer amigos durante este año, porque hacer amigos se le hacía a ella cada vez más difícil a esta edad. También pasa esto, y da bastante pena. Cumplimos treinta, nos ponemos a currar -y algunos incluso a tener hijos- y de repente hacer amigos es más difícil que subir de Segunda B a Segunda A. Me contaba esta chica que su novio siempre dice que hay que saber algo de fútbol para poder romper el hielo con otros tíos, no quedarse fuera de las conversaciones y así poder hacer amigos. Por supuesto le di la razón a su novio y por poco le cuento la historia de mi amigo Michal el checo, que a la mínima que puedo la suelto (aquí ya la conté). También sobre esto dijo el otro día Layla Martínez en Twitter: hacer amigos a partir de los 30 es como poner pegatinas que no se pegan, o algo así. 

Sobre hacer amigos va Euphoria, la última que he visto en HBO, una serie repleta de penes explícitos y historias fascinantes de peña de quince años que se monta a unas fiestas a las que yo no he ido en mi vida, y que ya no iré. Que mi mayor aspiración a los quince años era seguir jugando un gol-portero bajo de casa, joder, y esta gente tiene una facilidad para drogarse y tener sexo con gente guapísima que acojona. Que igual lo más parecido que he tenido yo en mi vida a Euphoria fue cuando en mi veinticinco cumpleaños nos quedamos todos en calzoncillos en el piso de un amigo, un poco porque me los acababan de regalar y otro poco por aburrimiento y por hacer la gracia. Después de Euphoria me he puesto a ver Girls y la cosa no mejora en ese sentido. Me gustan mucho las dos series, eso sí. 

He tenido alguna vez esa sensación de las pegatinas que no se pegan. Quedar con alguien para ver la ida de los octavos de final de Champions, ilusionarte con haber conocido a un tío majo, y esperar como un tonto a que te manden un wasap para ver el partido de vuelta (sin éxito). Eso no me pasaba hace diez años: en junio de 2008 quedé una tarde con el colega del piso en el que nos quedamos en calzoncillos para ver el partido inaugural de la Eurocopa de 2008 y prácticamente del tirón y sin haberlo planeado nos vimos el torneo entero en el mismo bar, el Paco´s, que estaba a dos minutos de su casa. Un bar en el que cada vez que entrábamos, sin habernos saludado, el dueño entraba en la cocina a prepararnos cualquier cosa sin preguntarnos qué queríamos tomar. Mi colega y yo creíamos firmemente que Paco nos cocinaba lo mejor que tenía en la despensa, aunque lo que muy probablemente hacía el cabrón era sacarnos lo que ese día tenía a punto de caducar. Le cogimos cariño a Paco también, aunque no viera ni un minuto del Croacia-Turquía con nosotros. Una noche nos sacó una bandeja de riñones de vete a saber qué animal y nos la comimos entera como si fueran ostras. El bar tampoco se llamaba Paco´s, pero nos gustaba llamarlo así.

Protocolos de limpieza

La vuelta a la normalidad está siendo tan progresiva que ahora mismo no soy capaz de distinguir si estoy confinado o estoy haciendo vida normal. Recuerdo que hace un par de meses fantaseaba con el día en que nos dejaran salir de casa a hacer las cosas que nos gustan hacer, y me lo imaginaba como un día muy loco, en el que todos nos lanzaríamos a las calles como animales, nos pediríamos siete cervezas de golpe y nos abrazaríamos con el primero que nos encontráramos en el portal de casa. 

La vida, sin embargo, ha vuelto a ser tan anticlimática como lo es casi siempre. Nos dejan hacer vida normal, pero no del todo. Terrazas abiertas, pero al 50%, no os flipéis. Ve a hacer la compra a la hora que quieras, pero ponte esta bolsa de plástico en las manos al entrar. Vuelve la Liga y habrá fútbol todos los días hasta no se sabe cuándo, pero no habrá público en los estadios. Las piscinas, al parecer, van a tener una normativa tan compleja -con protocolos de limpieza cada ocho horas, sistemas de turnos y control de aforo- que muchas urbanizaciones han decidido no abrirlas. Las discotecas ya pueden hacerlo, pero los clientes no pueden bailar. Un poco como aquel colegio en el que el patio era tan pequeño que los niños no tenían permitido correr. Me habría gustado ver ese colegio con niños jugando al fútbol andando (la infancia soñada de Antonio Cassano).   

Salen síndromes nuevos estos días. Del que se habla ahora es del síndrome de la cabaña: gente que lleva tanto tiempo confinada que le ha cogido miedo a la calle y ahora ya no quiere salir de casa, aunque pueda. A mi no me pasa lo de la cabaña, tengo ganas de salir a la calle, y es que vivo en un piso con vistas solo a un patio interior con una sonoridad tal que oigo a mi vecina hasta cuando come pipas, sin exagerar. 

Así que salgo y paseo durante horas como si eso fuera lo único que está permitido hacer. Con un espíritu ciudadano ejemplar, salgo siempre con la mascarilla puesta con la intención de no quitármela hasta que vuelva a casa, pero esta buena intención me dura cada vez menos y me guardo la mascarilla en la mochila a la mínima excusa. Me pasa un poco lo mismo con lo de felicitar los cumpleaños. Todos los comienzos de enero me propongo que ese año voy a felicitar a todo el mundo, que a todos nos hace ilusión que se acuerden de nosotros aunque sea un día al año. Empiezo mi ronda de felicitaciones con muy buena intención, pero poco a poco me voy desinflando hasta que llega septiembre y ya no me acuerdo de nadie y menos mal que mis padres cumplen a principio de año. Esto provoca una extraña asimetría de aprecios entre mis conocidos: hay unas cuantas personas de principios de enero que deben pensar que les quiero una barbaridad y les echo muchísimo de menos, mientras que hay gente nacida en diciembre que debe haber olvidado hasta de que existo. Me gustaría saber qué piensa esa gente de principios de enero. Por qué demonios sigue felicitándome este chaval si hace años que no nos vemos. Las felicitaciones se acumulan de manera ridícula en el whatsapp porque el resto del año no hablamos de nada. Es mi síndrome de la cabaña particular: tengo miedo de dejar de felicitar a la gente, y que llegue el mío y no se acuerde ni Christopher.