Tranquilo, fiera

Hace unos cuantos años me apunté con unos amigos a la típica liga local de fútbol 7, una de esas ligas en la que abundan las patadas innecesarias y escasean los goles por la escuadra. Yo era sin discusión el peor jugador del equipo, así que se decidió de manera unánime que yo me colocara de delantero centro, ya que allí habría menos posibilidades de cometer algún error fatal. Mis dos funciones principales serían: a) intentar cazar algún balón suelto que cayera dentro del área, y b) presionar sin descanso a los centrales cuando sacaran el balón jugado. Como a) ocurría en muy contadas ocasiones, mis esfuerzos estaban dedicados de manera casi única a la presión al rival. 

En uno de estos partidos, me topé con el clásico defensa central que lleva quince años jugando en ligas de carácter local, que te mete el codo en cada córner, te hace volar con un tackle en el centro del campo y protesta al árbitro diciendo que ha tocado balón. En una de mis alocadas presiones contra este central me pudo el entusiasmo, alargué la pierna más de lo debido y acabé dándole una patada fuerte en la espinilla. Lo razonable hubiera sido que dicho central respondiera con un empujón por la espalda, una buena patada en el tobillo o como mínimo, insultos graves contra mi y mi familia. Sin embargo, el defensa central me dio una pequeña lección de vida a muchos niveles: sacó el balón jugado limpiamente, no protestó al árbitro y me susurró al oído lo siguiente: tranquilo, fiera. 

Tranquilo, fiera. Dos palabras y un tono al decirlas, que lo tenía todo. Clase y elegancia, por responder con mesura a una entrada torpe, dura e innecesaria. Al mismo tiempo, ironía, condescendencia y un leve desprecio ante mi presión que no le había impedido iniciar la jugada sin problemas. Aquel defensa central podría haberme gritado “dónde vas flipao de mierda” pero eligió “tranquilo, fiera”, y yo le correspondí incorporando la expresión de manera inmediata a mi vocabulario cotidiano. Ahora me lo digo a la mínima. Cuando me pongo nervioso, me acelero e intento hacer tres o cuatro cosas al mismo tiempo, me digo tranquilo fiera, y las hago todas bien de una en una. Cuando los planes no salen como espero y me bloqueo en la toma de decisiones: tranquilo, fiera, a seguir. Y sigo. 

2020 ha sido un año raro, qué os voy a contar. Un año malo, y sino que se lo pregunten al técnico que cometió el fallo de cableado que provocó la pérdida de un cohete espacial de 200 millones de euros a los ocho minutos de haber sido lanzado. Hoellebecq dice en Serotonina que un ambiente de catástrofe global atenúa siempre las catástrofes individuales. Espero que el técnico tuviera a alguien al lado que le dijera esto mismo, o al menos que le susurrara al oído dulcemente las dos palabras mágicas que titulan esta columna. 

A veces pasa un poco al revés: que te sabe mal que un año de absoluta catástrofe global haya sido bueno para ti a nivel personal. O muy bueno, incluso, pero eso ya sería casi obsceno reconocerlo. En cualquier caso, uno nunca sabe dónde y cuándo va a aprender cosas que le marcarán de por vida. En ocasiones ocurre durante el confinamiento extremo en medio de una terrible pandemia mundial, y en otras al comienzo de un intrascendente partido de la liga local de fútbol 7. 

El tumbao de la barrera

Quien dice que no le gusta el fútbol moderno es que no se ha fijado bien: ahora, cuando se produce una falta peligrosa en contra al borde del área, se ha puesto de moda colocar un jugador tumbado detrás de la barrera para evitar que el rival chute raso y el balón se cuele por ahí debajo. A ese jugador, sea quien sea el sacrificado, yo siempre le cojo cariño y sé que no es original, pero a mi me gusta llamarlo “el tumbao”.

El tumbao de la barrera es ese miembro del equipo que se sacrifica para que al resto le vaya mejor. El tumbao es ese amigo que hace bulto al salir de fiesta, que cuenta algún chiste malo de cuando en cuando y que aguanta hasta la hora que haga falta para que otro ligue. El tumbao es ese amigo que vive los éxitos del resto desde fuera y que se alegra igual. El tumbao es ese amigo que folla por proxy, como dicen Hematocrítico y Noel Ceballos en Los Hermanos Podcast. El tumbao de la barrera eres tú la mayor parte del tiempo, en realidad. 

Todos hemos sido en algún momento de nuestras vidas el tumbao de la barrera. Podría rescatar unas cuantas, pero contaré una que ya he contado en otros sitios. Hace diez años -cómo no- andaba detrás de una chica que no me hacía mucho caso. Una noche de domingo me escribió un mensaje de texto para invitarme a ver una peli en su casa, lo cual yo interpreté de la única manera que se podía interpretar. Y que trajera unas coca-colas, añadió. Me presenté en su casa en tiempo récord con mínimas intenciones de ver una película, para encontrarme en el salón a la chica en cuestión y a su compañero de piso, ambos con la firme intención de ver una película y nada más que una película. Gracias por las coca-colas, tumbao de la barrera, les faltó decir a modo de saludo. 

El tumbao de la barrera han sido este año todos los que se iban a ir de erasmus, que no se han ido ni se irán. Hay quien ha terminado haciendo erasmus online, joder, es que no se puede ser más tumbao de la barrera que eso.  

Si lo pienso, me doy cuenta de que este 2020 todos hemos sido un poco el tumbao de la barrera. Todos nos hemos visto obligados a sacrificarnos por nosotros mismos y por los demás, a no viajar, a socializar menos, a no salir por la noche. Resulta extraño pensar que llevamos casi diez meses sin salir de fiesta, pero es así. Hay sábados por la noche en que me doy cuenta de que es sábado por la noche y echo de menos el estar en algún local oscuro, con una cerveza medio caliente en la mano y la última de Rihanna de fondo. No os preocupéis, enseguida se me pasa y me digo a mi mismo que a quién pretendo engañar, que lo que en realidad echo de menos no es salir, sino que me apetezca salir. 

Juega Morata

Hace un par de semanas probé una cafetería nueva para desayunar. Ese día el camarero hizo un chiste sobre la Pantoja. El segundo día me dio el puñito para saludarme. El tercer día me escribió “siempre happy” en la espuma del café. Ahora ya somos casi íntimos y solo desayuno allí. Es reconfortante entrar en un sitio y sentir que te conocen, que caes bien. Sentarte en tu mesa habitual y que te traigan la tostada sin pedirla, que te saluden con el puñito en época de pandemia mundial y que te rían las gracias.  

Con amigos, en tu entorno, todo sale mejor. Estás con un grupo de semi desconocidos y eres reservado, algo rancio. Estás con tus amigos y de repente te conviertes en una mezcla entre Ignatius Farray y Louis CK. Yo soy más gracioso e inteligente con mis amigos alrededor, y sospecho que vosotros también. Algo así le debe de suceder a Morata en la Juve. En Turín, por lo que sea, es el único sitio en el que se encuentra entre amigos. En 2014, con 22 años y cansado de no consolidarse en el Madrid, se fue para allá. En muy poco tiempo, y con minutos escasos, se hizo importante e incluso marcó goles increíbles, como aquel en Múnich. Ante la evidencia, el Madrid no tuvo más remedio que volver a ficharle porque Morata ya se había hecho mayor. No obstante, volvió a no funcionar. Un año más tarde ya estaba en el Chelsea y dos después en el Atlético de Madrid. La historia siempre era la misma. La cosa empezaba bien (el primer chiste hacía gracia), pero a partir de ahí todo iba hacia abajo. Morata empieza a fallar sus primeras ocasiones claras, se mete constantemente en fuera de juego e incluso se hacen memes con él cuando le dan patadas criminales por detrás. Morata en España nos parece un niño pijo, un tío que falla ocasiones clarísimas y siempre está en fuera de juego. Morata en España no está entre amigos. 

Esta temporada, ya con 28, Morata ha vuelto a la Juve y muchos nos preguntábamos qué pintaba a estas alturas allí. Pues mucho, al parecer. Se nos olvidaba que algo tiene Turín con Morata y ahí lo tienes en diciembre: máximo goleador de la Champions con seis goles en seis partidos. Seguro que allí no se ríen de él cuando se mete por cuarta vez en fuera de juego. Morata está en su salsa en Turín. 

Cuando veo a Morata siempre me acuerdo del día que conocí a la abuela de mi novia, una mujer de 95 años en aquel momento. Me habían contado tres cosas sobre ella: que era de típico carácter castellano-leonés fuerte, que le gustaba mucho el fútbol y que era del Madrid a muerte. El día en cuestión era verano, llegué a su casa y en la tele estaba a punto de comenzar el típico partido intrascendente de pretemporada. Debía de ser 2013 o 2014, la época en que Morata, ni mucho menos conocido por el aficionado medio, comenzaba a aparecer por el primer equipo y en determinados círculos de entendidos ya se hablaba de él como posible jugador de primera división. Me senté al lado de la señora y por pura cortesía le pregunté cómo veía el partido, esperando que me contestara alguna obviedad como “a ver si ganamos” o similar. 

“Juega Morata”, me dijo ella muy seria, sintetizando a la perfección el verdadero y único punto de interés que tenía aquel partido de pretemporada. Siéntate a ver el fútbol ahora mismo, me dije a mí mismo de inmediato. Estás entre amigos. 

Torres quiere contarnos una historia

Cuando me preguntan porqué me gusta el fútbol, siempre digo que por la capacidad de generar historias. La carrera de Maradona tiene mil. Nunca vi jugar a Maradona, pero en el documental de Asif Kapadia -el mismo director de “Senna”- se cuentan muchas de estas historias. Aquí una.

Maradona llega a Nápoles -un club que prácticamente no tenía títulos- en 1984. Al poco de llegar, Maradona revoluciona el Calcio. Gana dos Ligas, una Copa y una UEFA, máximo goleador sin ser delantero. En poco tiempo se convierte en un dios en Nápoles, en la persona más famosa de Italia y en el mejor jugador del mundo. A medida que va ganando títulos, la fascinación y el odio por Diego crecen al mismo ritmo en toda la Italia que no es Nápoles. Cada vez que su equipo viaja al Norte se les recibe con un repertorio de insultos racistas que a día de hoy serían impensables (“Vesubio, lávalos con fuego”). 

El clímax de odio a Maradona se alcanza en 1990. Ese verano se disputa el Mundial en Italia. Aunque la Argentina de Maradona ha ganado el campeonato anterior, el equipo local parte como favorito. Los dos equipos van avanzando rondas y, como no podía ser de otra manera, se encuentran en la semifinal. ¿Dónde está previsto que se juegue esa semifinal? Por supuesto, en San Paolo, en Nápoles. Bum, la Historia. Toda Italia excepto Nápoles odia a Maradona y la semifinal del Mundial se juega precisamente allí. Para añadir drama al asunto, Maradona dice antes del partido que está seguro que los Napolitanos animarán a Argentina. 

Lo que sucede a continuación ya casi da igual porque la historia ya está ahí, ya es redonda. Si lo hubiera escrito un guionista para una película, lo habríamos despreciado por excesivo, pero el fútbol tiene estas cosas.  

Las historias en el fútbol a veces duran un partido y otras veces más de diez años. En ocasiones, ni siquiera llegan a ocurrir, basta con imaginarlas. Un poco de esto último tiene la vuelta de Fernando Torres al Atlético en Enero de 2016, después de su largo Erasmus en Inglaterra. A los pocos días de llegar, marca dos goles en el Bernabéu (“Torres ha venido para esto”, se me escapó al verlo). Cinco meses después, los dos equipos vuelven a encontrarse en la Final de la Champions. El partido termina en empate y se llega a la tanda. Torres, que es un mal lanzador de penaltis, se ofrece voluntario para tirar el quinto, el decisivo. Torres, que lo ganó todo fuera pero nunca ganó nada con el club de su vida, quiere la gloria de marcar el último penalti o la responsabilidad de fallarlo. Torres quiere contarnos una historia. 

Sin embargo, la historia en este caso, no es como esperas. Juanfran falla el cuarto penalti del Atlético, Cristiano marca el quinto del Madrid, el partido termina ahí y Torres no llega a lanzar el suyo. Podría haberlo tirado y marcar, y Torres sería hoy aún más símbolo de lo que ya es. O podría haberlo tirado y fallar, y entonces le podrían haber dicho lo que cuenta José Lobo en Yonkis y Gitanos: que nunca se tiene más orgullo, amor propio y vista larga que en la derrota. Pero Torres no llega a tirar porque se ha reservado para lanzar el último. 

A veces las historias terminan de manera rara y no sabemos muy bien qué significan. Que Torres no llegara a tirar su penalti significa algo, eso está claro, pero aún no sabemos muy bien el qué. Torres ya se ha retirado y no ha ganado la Champions con el Atlético ni ha marcado un penalti decisivo. Quizás, lo que sucede, es que esta historia aún no ha terminado.

La coherencia de Dani Güiza

La otra tarde, mi mejor amigo del colegio me envió por whatsapp la foto de un libro. Concretamente, un libro que fuimos a comprar juntos hará unos 25 años, uno de la colección “elige tu propia aventura”. La aventura consistía en que, como lector, eras el entrenador de un equipo de pueblo que va avanzando rondas en la copa de su país. A medida que ibas leyendo, elegías las opciones que se te presentaban. En función de ellas, el equipo marcaba goles y pasaba de ronda; o fallaba y caía eliminado. Debimos de leer este libro diez o doce veces como mínimo cada uno. Recuerdo que nos lo turnábamos por semanas. Casi se me salta una lagrimilla al ver la foto. Dale ese libro a un adolescente de hoy -decíamos mi amigo y yo- y lo mínimo que hará será reirse en tu cara por lo arcaico del instrumento. 

No me voy a quejar de los adolescentes de hoy porque bastante tienen ya con la que están aguantando. Se les criminaliza muy fácil como si fueran los culpables únicos de la pandemia mundial, por dedicarse a hacer únicamente lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros en su situación: buscar un lugar decente para hacer botellón y enrollarse con la chica que te gusta si suena la flauta. 

Volviendo a lo arcaico. Para cosas antiguas en el mundo del fútbol, los saques de puerta en largo. La imagen del típico defensa fuerte mandando el balón lo más lejos posible ya nos suena a prehistoria. Hasta resulta ya extraño ver al portero enviándola directamente al centro del campo: ahora todos los equipos la sacan jugada desde atrás. Pase en corto del portero al central, este juega con el lateral y si es necesario, de nuevo con el portero, que en ataque se convierte en un jugador de campo más. Atraes la presión del rival y si consigues salir limpio, espacio libre para correr. Si fallas en la salida, a la siguiente lo vuelves a intentar. Y a la siguiente también, aunque hayas encajado gol. Lo importante es mantener la coherencia de tus ideas. Como cuando a Dani Güiza le preguntaron por su película favorita (“Torrente”), su actor favorito (“el que hace de Torrente”) y su actriz favorita (“la que sale en Torrente”). Un tipo coherente, el bueno de Güiza.     

A los porteros ya casi se les pide que sean tan buenos con los pies como lo son con las manos. El mejor en esto es, por supuesto, Marc André Ter Stegen, el portero del Barcelona, que por costumbre da más pases buenos que bastantes centrocampistas de la Liga. Cada vez que veo a Ter Stegen dar un pase medido de treinta metros, me acuerdo de cuando me llevé a mi novia al bar del Márquez a ver un Madrid-Barça. Por meterla en dinámica de partido, le conté que Ter Stegen era el mejor portero del mundo con los pies. En una demostración de coherencia aplastante, ella me respondió que vale, que entonces mejor que los del Madrid le chutaran por arriba. Cómo no la voy a querer.

Seguir jugando a toda costa

Esta semana se ha retirado Fernando Gago. De Gago recuerdo que cuando llegó al Real Madrid en Enero de 2007, el equipo estaba fatal. Pocos días después de su llegada, antes de un partido en A Coruña, el entonces presidente Ramón Calderón bajó al césped a conversar con Capello. En esta conversación Calderón le preguntaba de manera lastimosa a Capello: “¿Te gusta Gago?”. Lo preguntaba dando muchísima pena, buscando la aprobación de Fabio, que prácticamente no le hacía caso. Estaba clarísimo que a Capello no le gustaba nada Gago, y esto Calderón debía de sospecharlo ya, pero se lo preguntaba de todas formas. Porque a Gago lo había fichado él y necesitaba que Fabio le dijera que sí, que le gustaba mucho y que le auguraba una carrera muy prometedora en el club. Pero Fabio no decía nada. Me recordó Calderón a mí mismo hace unos años, pero en el lugar de Capello estaba mi novia y en el lugar de Gago había un ukelele. 

En ocasiones, la gente toma decisiones incomprensibles. La mía fue precisamente esa: regalarle a mi novia para su cumpleaños un ukelele, cuando ni tocaba un instrumento, ni había mostrado especial interés en hacerlo. Otro ejemplo: el otro día vi a un frutero ecuatoriano en Sevilla que llevaba la camiseta de Higuaín en la Juventus. Qué mecanismos de decisión se han producido ahí para que alguien tome una decisión así -casi contracultural- es algo que me desconcierta. ¿Más decisiones incomprensibles? Más: mi abuela tenía en la mesa camilla, junto a la foto de todos sus hijos y nietos, una foto de Obama. Cada vez que iba a comer un arroz al horno a su casa, allí estábamos todos juntos: mis padres, mis tíos, mis primos y la sonrisa carismática de Barack Hussein Obama. Cómo llegó mi abuela a este nivel de fascinación por el presidente de los Estados Unidos es algo que nunca llegué a comprender, igual que tampoco entenderé cómo llega un frutero ecuatoriano a comprarse la camiseta del Pipita en la Juve. 

Ya volvemos a Gago. A finales de 2018, Fernando Gago se había roto tres veces el tendón de aquiles y una vez el ligamento cruzado. Ese mes de noviembre, cuando ya estaba de vuelta en Boca Juniors, jugando la final de la Libertadores contra River en el Bernabéu, salió en el minuto 89 con empate en el marcador para jugar la prórroga. A los veinte minutos de salir al campo, volvió a romperse el mismo ligamento. Boca, además, perdió contra su rival histórico. 

A causa de estas lesiones, Gago había estado ya más de 800 días de baja. En otra decisión difícilmente comprensible, en lugar de tirar la toalla y retirarse de una vez, se recuperó y siguió jugando, esta vez en Vélez Sarsfield. Evidentemente no vi ningún partido de Gago en Vélez, pero imagino que ya debió jugar medio cojo, lento, quizás solo los minutos de la basura. En Enero de 2020, el ligamento se le volvió a romper y ya no jugó más. Pasó los últimos 200 partidos de su carrera deportiva lesionado, como no podía ser de otra manera. Muy duro seguramente para un jugador a quien con 19 años comparaban con Guardiola y Redondo. Algo habrá que aprender de Fernando Gago y de su decisión incomprensible de seguir jugando a toda costa. 

Gol del Peñíscola

Cuando parecía que la situación sanitaria empezaba a estar más o menos controlada, nos llevamos una pequeña ostia. Los contagios se incrementan, las restricciones se endurecen y el virus está otra vez entre nosotros. Nos ponen toque de queda a las 23h, todos se quejan y yo me uno al coro de protestas aunque en realidad finjo. Me encanta el toque de queda a las 23h porque se ajusta a la perfección a los que llevan siendo mis horarios los últimos años aunque me cueste reconocerlo. Ahora se normaliza el estar todo el mundo a las 23h en casa y yo ya no sufro de FOMO. 

Hablando de ostias, seguro que lo habéis visto en Twitter. Hace una semana se jugaba un Vinaroz-Peñíscola de Primera Regional Valenciana. Ya en el descuento, con 0-1 para los visitantes, el portero del Vinaroz sube a rematar un córner, recoge un rechace en la frontal del área y marca un golazo colocándola con el interior del pie. El portero del Vinaroz -Carlos Aguayo- lo celebra tirándose al suelo, abrazado a todos sus compañeros, quizás llorando de la emoción. Me atrevo a decir que Carlos Aguayo se encuentra en esos instantes viviendo el mejor momento de su carrera deportiva. 

No obstante, hay veces que al fútbol (a Don Fútbol, como dice Enrique Ballester) y a la vida les da por soltarnos una ostia y ponernos en nuestro sitio. El Peñíscola saca rápido de centro, Carlos está todavía despistado por su hazaña, el delantero chuta desde el centro del campo y el final de la historia ya os lo imagináis: gol, final del partido, derrota del Vinaroz, el mejor momento de tu carrera deportiva ha durado diez segundos y todo es una puta mierda. 

Las ostias están bien porque te quitan la tontería. Hace diez años -todo lo que se cuenta en esta web ha ocurrido hace diez años- me fui a vivir al extranjero y conocí a una chica que me gustó enseguida. A los dos días nos tomamos una cerveza. Al cuarto día compartimos un cigarro de liar. Al séptimo fuimos al cine. Al undécimo le grabé un CD recopilatorio. El día catorce le cogí de la mano y el día diecisiete la besé. Con semejante progresión, lo normal hubiera sido al día veintiuno irnos a vivir juntos. Por fortuna, la ostia llegó a tiempo: la mañana después del beso me mandó un SMS para decirme que había quedado con su novio Tom y que mejor que no nos viéramos más. Gol del Peñíscola. 

Nos hemos llevado una ostia este otoño, sí, pero estamos de pie. Al menos hemos aprendido cosas: como decía Antonio Agredano hace poco, esta situación no nos hará mejores, pero la verdad es que tampoco éramos tan malos antes. Hemos aprendido también chorradas que jamás pondremos en práctica, como que no hay que dejar el gel hidroalcohólico dentro del coche porque pierde propiedades con el calor. Lo único que queda ahora es hacer lo que seguramente hizo Carlos Aguayo después de encajar el gol desde el centro del campo. Ducharse, volver a casa, dormir mal y presentarse al entrenamiento del día siguiente con ganas de hacer un buen partido contra el Morella. No queda otra. Eso, y volver a casa antes de las 23h.

Todos somos Carlos

La otra tarde, en el gimnasio, un chico con cara de ser muy buena persona quería inscribirse. Entre la mascarilla, la mampara de por medio y la timidez del chico, se produjo la siguiente situación: la recepcionista -algo cuadriculada y quizás con problemas de oído- le preguntó el primer apellido, a lo que el chico respondió “Pardo”. “Carlos”, dijo la recepcionista, confundida por la rima asonante. “Pardo”, insistió él. “No te entiendo, cariño”, siguió ella. “Pardo”, volvió a decir el chico. “Sí, Carlos, los apellidos, por favor”, continuó ella. “Pardo-Álvarez”, exclamó él. “Ah, vale, Carlos Álvarez”, tecleó ella. El pobre chico, ya consciente de que su situación tenía público, lo dejó estar y permitió que la recepcionista le inscribiera como Carlos Álvarez, cuando quizá su nombre real fuera Jose María Pardo. Nunca lo sabremos. Hay gente que es buena persona y acata lo que le pidan sin rechistar, por no molestar demasiado. Todos hemos sido Carlos Álvarez alguna vez. 

Pensaba que en este espacio ya no se hablaría más de confinamientos, pero me equivoqué. Este fin de semana nos volvieron a confinar, esta vez por municipios. Puntual a mi cita con los confinamientos, yo tenía billetes de avión comprados para estos días. Dudé hasta el último minuto si viajar o no, por aquello de las recomendaciones de no desplazarse a no ser que fuera causa de fuerza mayor. Técnicamente podría haber viajado, porque podría haber justificado sin demasiados problemas algunas de las excepciones que se incluían en el BOE. Al final decidí quedarme en casa porque hay gente que somos buenas personas y acatamos lo que nos pidan sin rechistar, como le pasa a Carlos Álvarez, que por no molestar, acepta hasta que le cambien de nombre. 

Sospecho que algo de esto le pasa también a Saúl Ñíguez, el centrocampista del Atleti. En 2016, sin haber cumplido todavía los 22, Saúl ya había marcado goles decisivos en semifinales de Champions y con su capacidad de marcar llegando al área se le consideraba una potencial estrella del fútbol europeo: sería el nuevo Lampard. Cuatro años después, el Cholo lo ha puesto ya tantas veces fuera de su posición natural que lo ha convertido en un jugador casi vulgar. Saúl, por no molestar y por ayudar al equipo, acepta lo que le pidan y hace lo que puede en el lateral, cuando podría estar haciendo quince goles al año si le colocaran treinta metros más arriba. 

Todos somos un poco Carlos Álvarez, hasta Saúl el del Atleti, pero algunos más que otros, me temo. Pocas horas después de haber renunciado a viajar me entero de gente que sí lo ha hecho, con motivos de escasa fuerza mayor. No pasa nada, tampoco me voy a cabrear. Soy de los tontos que piensa que al conductor chulo que se te cruza en la carretera le irá peor en la vida que a ti, que al final todo se compensa. Quiero pensar que, de tanto insistir, Saúl se convertirá a los treinta años en uno de los laterales más solventes de Europa. Me gusta creer también que Carlos irá mucho al gimnasio, se pondrá fuerte y guapo, ganará seguridad y después de muchos años bajará a recepción y pedirá que por favor dejen de llamarle Carlos, que su nombre es Jose María Pardo, que lo cambien en el sistema, y que pasen muy buena tarde.

El padre de mi amigo

El sábado por la tarde me pongo a ver el Barcelona-Madrid con el objetivo de sacar algo interesante para mencionar en la columna. Terminan los 90 minutos y nada me ha llamado en exceso la atención, más allá del regatito de Modric en el 1-3. Si acaso, que el VAR interviniera para pitar penalty tras un mini-agarrón de Lenglet a Ramos. En principio, el VAR llegaba al fútbol para llevarse para siempre todos los errores arbitrales y las injusticias, lo cual nos pareció a todos perfecto. No obstante, hasta el momento las decisiones arbitrales -de arriba o de abajo- siguen pareciendo aleatorias, las polémicas permanecen y ocurren cosas como que al Liverpool le anulen un gol por fuera de juego de un píxel. El VAR está estropeando el fútbol y hay que empezar a reconocerlo. 

Hay ocasiones en que, queriendo arreglar una situación complicada, la dejas mucho peor de lo que estaba. Hace unos diez años, a un amigo mío, su padre le encontró en la mochila una piedrecita de costo. En lugar de enfadarse de inmediato, el padre de mi amigo hizo una demostración admirable de diplomacia y le permitió que se explicara ¿Qué era aquello y de dónde había salido? le preguntó. Ante esta situación complicada, mi amigo pudo sencillamente haber contado la verdad con naturalidad: que aquello era una piedrecita de costo para hacerse unos porritos con los amigos los fines de semana, pero que no tenía que preocuparse porque no era algo habitual y desde luego no volvería a suceder. Problema resuelto de manera limpia y sencilla, sigan jugando. En cambio, mi amigo optó por la solución más compleja: le dijo a su padre que sí, que aquello era lo que parecía: una piedra de costo, pero añadió la pirueta argumental de que no se preocupara, porque él no se lo fumaba, sino que simplemente se lo vendía a otros (lo cual, además, era falso). Situación inicial: tu padre piensa que eres un fumeta. Situación posterior: tu padre piensa que eres un camello. Claramente existían soluciones mejores ante este problema complejo, querido amigo. Lo que sí consiguió fue que su padre le dejara tranquilo.  

Después de casi un par de años de VAR, el mundo del fútbol podría pararse a pensar y replantear el tema. Reducir el número de casos en los que se utiliza, aclarar los supuestos y reducir su incidencia en los partidos al mínimo imprescindible. Todos queremos que los jugadores vuelvan a celebrar los goles sin freno de mano y que el árbitro no nos agobie con el gesto de la pantallita. No obstante, la experiencia nos dice que lo más probable es que ocurra justo lo contrario. Intentando arreglar este problema, lo agravarán: la normativa se hará más complicada todavía, se multiplicarán los penaltis por roces mínimos y nos acabarán pitando fueras de juego por medio píxel. Es decir, como ya hizo mi amigo hace diez años, el mundo del fútbol le dirá a su padre que no es un fumeta sino que es un camello.  

Mi primo no es Camavinga

En pocos días se entrega el Golden Boy 2020, premio que otorgan periodistas especializados al mejor futbolista del mundo menor de 21 años: algo así como el Balón de Oro de los futbolistas jóvenes. Uno de los favoritos este año es Eduardo Camavinga, centrocampista congoleño que juega en el Rennes, nacido en 2002. No he visto jugar a Camavinga, pero los expertos en fútbol internacional destacan de él su físico (muy desarrollado para su edad) y su madurez en la comprensión del juego. De Camavinga no se destaca su capacidad goleadora, el regate vistoso o la velocidad sin control propia de la post-adolescencia. De Camavinga, con los 18 todavía por cumplir, se valora que juega como si fuera mayor de lo que es. 

Tengo un primo que esta semana ha cumplido los 18. Le escribí por Whatsapp para felicitarle y me ofrecí para hablar un rato este fin de semana, que me contara qué tal sus primeras semanas en la universidad, quizás colarle algún consejillo sin haberlo pedido, todo eso que se hace cuando eres el primo mayor. Como única opción, me ofreció llamarme el domingo por la noche. Esto no me lo dijo mi primo, pero ya me lo digo yo: el resto del finde estoy demasiado ocupado como para hablar con alguien que literalmente me dobla la edad. Sé que estamos todos muy sensibles, como diría la Johnson, pero no pude evitar que me doliera un poquito el orgullo. Qué manera tan gratuita de desperdiciar unos cuantos consejos gratis, pensé. Ahí mi primo no ha sido muy Camavinga. 

A quién quiero engañar: yo habría hecho exactamente lo mismo. 

Los 18 son esa edad a la que de repente te obligan a tomar posición política. Ya sé que no es obligado votar, pero se escucha mucho eso de que no votar también es una posición política. Si en el instituto te ha ido medio bien, a los 18 te piden también que elijas carrera universitaria, decisión que marcará tu vida de una manera tan trascendental que no eres capaz ni de imaginar. A los 18 a muchos nos ponen también al volante de un coche viejo y esperan que sobrevivamos a la locura de conducir por primera vez. Si lo pienso bien, me doy cuenta de que a los 18 nos piden, fundamentalmente, que todos seamos como Camavinga.  

Cuando yo cumplí 18, mi madre se ofreció a regalarme algo especial, lo que quisiera. Viéndolo ahora en perspectiva, podría haber pedido un montón de cosas interesantes: un viaje alrededor de Europa para el verano siguiente, una buena bici o incluso la equipación del Liverpool con el 9 de Robbie Fowler, que siempre me hizo mucha ilusión. Sin embargo, en una decisión que todavía intento descifrar a día de hoy, para mi mayoría de edad le pedí a mi madre una cadenita de plata para el cuello. No recuerdo cuántas veces llevé esta cadenita, ni en qué contexto, pero sí recuerdo mi seguridad al respecto. Para los 18, mamá, cadenita de plata. Reconozco que al cumplir mis 18 tampoco hice una gran demostración del estilo Eduardo Camavinga.