22/03/2020: Tremendas agujetas

Ya lo han comentado en mil sitios, pero es cierto: la cuarentena está provocando la paradoja de que, estando encerrados, hablemos mucho más con nuestros familiares y amigos. 

De hecho, uno de mis pequeños placeres estos días es subir a la azotea y hablar por teléfono con gente con quien nunca había tenido llamadas de más de un minuto. Esta tarde, por ejemplo, he hablado con un buen amigo, a quien informo de las tremendas agujetas que me han provocado las abdominales de hace dos días. Mi amigo, que es policía, me informa de que las abdominales están ya obsoletas, que ahora lo que se hace es plancha (o planking). Mi amigo el policía también me dice que está algo preocupado. Que de momento, la gente se está portando bastante bien, que no hay casi nadie en la calle y que a quien encuentran, entiende perfectamente que no debería estar allí. El otro día encontraron a un chico sentado en un banquito que les dijo que estaba allí porque justo allí tenía wifi. Pero mi amigo teme que dentro de dos semanas la gente se harte de la cuarentena, desconfíe de todo y empiece a salir de casa cada vez más. Que espera equivocarse, pero que ya veremos. 

En la azotea casi siempre me encuentro al mismo vecino, que pasea de la mano de su hija de unos cuatro años, siempre vestida de la protagonista de Frozen, muy contenta porque dice que está en el recreo. Otra cosa que está provocando el confinamiento es que los niños estén más contentos, contra todo pronóstico. Mi novia dice que es porque están pasando más tiempo que nunca con sus padres, y probablemente tenga razón. La cuarentena está siendo la edad de oro para ser niño o para ser perro. El padre de Frozen suele aprovechar para fumarse un cigarro y siempre se despide llamándome vecino. 

Con mis padres, por otro lado, en lugar de hablar solo un día a la semana los domingos por la tarde, como hacía antes, ahora estoy hablando todos los días. Y todos los días nos contamos un poco lo mismo, porque no hay mucho que contar, pero no deja de ser curioso que estas conversaciones, más divertidas me resultan cuanto menos contenido tienen. 

Una conversación típica estos días es preguntar qué has comido, y no solo con mis padres, sino con todo el mundo. De repente, a todos nos interesa muchísimo saber qué ha comido el otro, nos enviamos fotos y compartimos recetas. Y nos interesa de verdad, aunque ya sepamos la respuesta porque todos hemos comido un poco lo mismo: spaguetti, o pechuga de pollo o ensalada con aguacate. Es como una vuelta a hablar solo de lo básico e importante. Hace años tenía un amigo que cuando alguien del grupo de colegas se iba de viaje, a la vuelta solo le preguntaba dos cosas: que si había follado, y en caso afirmativo, que con cuántas. Y lo preguntaba sinceramente, el resto le daba todo igual. Lo preguntaba siempre aunque también supiera ya la respuesta, porque casi siempre era la misma.

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