10/04/2020: Un montón de cosas

Decía el otro día Geraldine Schwarz en El País que le sorprendía lo rápido que la gente, en nuestra época, es capaz de renunciar a la libertad en nombre la seguridad. No vamos a entrar a valorar aquí lo acojonante de esta afirmación porque no hemos venido a hablar de cosas serias, pero lo utilizaré para hilarlo con algo que he estado pensando últimamente: lo fácil que nos acostumbramos a situaciones nuevas que hasta hace nada hubiera sido inverosímil incluso imaginarlas. 

Me despierto por la mañana y ya no se me hace raro pensar que hoy no saldré de casa aunque sea día de fiesta: es lo normal, ya me he acostumbrado. Desayuno dos veces mientras leo varios periódicos online, trabajo un par de horas en un proyecto de decoración con mi novia, cocinamos unas sobras del día anterior, comemos mientras vemos Bojack Horseman. En lugar de hacer la siesta, subo a la azotea a escuchar un podcast. Al terminar, leo un rato en mi nuevo rincón favorito del mini piso -junto al balconcito que da al patio interior-, preparo unas gyozas y cenamos viendo una comedia francesa. Aunque es víspera de festivo otra vez, me acuesto pronto sin ir borracho y con la preocupante sensación de haberlo pasado jodidamente bien hoy, lo que da que pensar. 

Cuando volvamos a la normalidad -o cuando volvamos a la otra normalidad, la de hacer un montón de cosas sin parar-, ¿volveremos a hacer un montón de cosas sin parar? ¿Aprenderemos que no tiene sentido vivir con esta continua sensación de miedo a estar perdiéndose cosas? ¿Hay que aprender algo de todo esto? Yo qué sé. La vida es aburrida muchas veces y en realidad no pasa nada. Hasta hace nada, escuchar un podcast era una actividad secundaria que hacía mientras llevaba a cabo la actividad principal: correr, conducir, ir de un sitio a otro. Subir a la azotea a escuchar un podcast es ahora el mejor plan del día, y me parece bien. Tengo un vecino que lleva dos semanas poniendo música de Semana Santa de manera ininterrumpida, a todas horas. Se pasa el día silbando sus canciones mientras hace vete tú a saber qué. Por la alegría con la que silba apostaría fuerte a que lo está pasando de puta madre, pero nunca lo sabré, porque ni sé quién es ni iré a saludarle cuando termine todo esto. 

Me sentía culpable el otro día por escribir estas columnas en tono ligero, teniendo cuenta la cantidad de gente que había muriendo no solo aquí, sino en todo el mundo. Ayer supe de la primera persona conocida por mí que ha fallecido por esta enfermedad. Era una tía abuela a quien seguramente no veía desde hace más de quince años, pero me dio pena, claro. Era monja, tenía 94 años y vivía en Madrid desde que tengo recuerdos de ella. Cuando todavía era relativamente joven, nos visitaba cada dos o tres veranos durante unos días. Se reía muchísimo y tenía un acento castellano-manchego muy marcado. En su pueblo la querían tanto que le pusieron una calle a su nombre. Se llamaba Sole.

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