Ese aficionado barbudo

Hay semanas en las que miras atrás y dices: no ha pasado nada. Luego te esfuerzas un poco más y te das cuenta de que no, que no ha pasado nada relevante; que lo más rescatable de los últimos días es que fuiste a la oficina a recoger un portátil nuevo, que te desinfectaron con Sanytol hasta la tarjeta de entrada y que el informático te atendió en remoto desde una pantalla dentro de una sala de reuniones enorme y vacía. Al terminar le pregunté si me podía dar un ratón también, y para eso ya vino desde donde estuviera y me lo dio en mano, envuelto en un papel de los de secarse las manos. Parece que tecnológicamente hemos resuelto lo de solucionar problemas informáticos a distancia pero todavía no lo de hacer entrega de hardware. Fantaseo un poco con que el ratón me lo debería haber entregado un dron o un robot mayordomo, que a poder ser se hubiera autodestruido al hacer la entrega, por aquello de evitar contagios. Me encanta hacer bromas sobre robots, no lo puedo evitar. 

He vuelto a caer en lo mismo, una vez más. Todos son idiotas menos tú, como decía el titular del artículo de El Confidencial que leí esta mañana. Al parecer, el 69% de los españoles creemos estar cumpliendo con el confinamiento a la perfección, pero pensamos que solo el 6% del resto lo hacen. Los números no me salen. Al parecer tiene nombre esto: sesgo de correspondencia (que ante un comportamiento que puede ser percibido como erróneo, nos resulta más fácil justificar nuestro incumplimiento que el de los demás). La próxima vez no hago bromas de que el informático me haya dado el ratón envuelto en una servilleta. 

Ha sido una semana tan insulsa que hace un par de días leí que las estatuas de cabezas de la Isla de Pascua están colocadas dándole la espalda al mar y me pareció lo más interesante y bizarro que había leído en meses y quería contárselo a todo el mundo y no encontraba el contexto, como cuando Joey de Friends solo pudo comprarse la letra V de una enciclopedia completa y forzaba para hablar todo el rato de volcanes, Venecia y vasectomías. Ha pasado tan poco esta semana que me he visto la docuserie de Netflix sobre el Sunderland AFC casi de una sentada. Y es normal: está tan bien explicado que empatizas completamente con ese aficionado barbudo que va al estadio con su hijo y se ilusiona porque han fichado a un delantero del Wigan; con esos directivos que han comprado el club viniendo de Oxford y que se les ve sufrir como si se hubieran criado en el Noreste de Inglaterra. Joder, empatizo tanto que veo el último episodio nervioso y dando indicaciones a los jugadores aunque soy consciente de que es un partido que se jugó hace dos años y ya sepa cómo terminó. Me meto de lleno hasta el punto de que me emociono un poco con esa mujer que al final del playoff de ascenso le pregunta entre lágrimas a su marido que por qué nunca son ellos los que celebran cosas mientras mira con envidia a la grada donde están los aficionados del Charlton Athletic.

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