Protocolos de limpieza

La vuelta a la normalidad está siendo tan progresiva que ahora mismo no soy capaz de distinguir si estoy confinado o estoy haciendo vida normal. Recuerdo que hace un par de meses fantaseaba con el día en que nos dejaran salir de casa a hacer las cosas que nos gustan hacer, y me lo imaginaba como un día muy loco, en el que todos nos lanzaríamos a las calles como animales, nos pediríamos siete cervezas de golpe y nos abrazaríamos con el primero que nos encontráramos en el portal de casa. 

La vida, sin embargo, ha vuelto a ser tan anticlimática como lo es casi siempre. Nos dejan hacer vida normal, pero no del todo. Terrazas abiertas, pero al 50%, no os flipéis. Ve a hacer la compra a la hora que quieras, pero ponte esta bolsa de plástico en las manos al entrar. Vuelve la Liga y habrá fútbol todos los días hasta no se sabe cuándo, pero no habrá público en los estadios. Las piscinas, al parecer, van a tener una normativa tan compleja -con protocolos de limpieza cada ocho horas, sistemas de turnos y control de aforo- que muchas urbanizaciones han decidido no abrirlas. Las discotecas ya pueden hacerlo, pero los clientes no pueden bailar. Un poco como aquel colegio en el que el patio era tan pequeño que los niños no tenían permitido correr. Me habría gustado ver ese colegio con niños jugando al fútbol andando (la infancia soñada de Antonio Cassano).   

Salen síndromes nuevos estos días. Del que se habla ahora es del síndrome de la cabaña: gente que lleva tanto tiempo confinada que le ha cogido miedo a la calle y ahora ya no quiere salir de casa, aunque pueda. A mi no me pasa lo de la cabaña, tengo ganas de salir a la calle, y es que vivo en un piso con vistas solo a un patio interior con una sonoridad tal que oigo a mi vecina hasta cuando come pipas, sin exagerar. 

Así que salgo y paseo durante horas como si eso fuera lo único que está permitido hacer. Con un espíritu ciudadano ejemplar, salgo siempre con la mascarilla puesta con la intención de no quitármela hasta que vuelva a casa, pero esta buena intención me dura cada vez menos y me guardo la mascarilla en la mochila a la mínima excusa. Me pasa un poco lo mismo con lo de felicitar los cumpleaños. Todos los comienzos de enero me propongo que ese año voy a felicitar a todo el mundo, que a todos nos hace ilusión que se acuerden de nosotros aunque sea un día al año. Empiezo mi ronda de felicitaciones con muy buena intención, pero poco a poco me voy desinflando hasta que llega septiembre y ya no me acuerdo de nadie y menos mal que mis padres cumplen a principio de año. Esto provoca una extraña asimetría de aprecios entre mis conocidos: hay unas cuantas personas de principios de enero que deben pensar que les quiero una barbaridad y les echo muchísimo de menos, mientras que hay gente nacida en diciembre que debe haber olvidado hasta de que existo. Me gustaría saber qué piensa esa gente de principios de enero. Por qué demonios sigue felicitándome este chaval si hace años que no nos vemos. Las felicitaciones se acumulan de manera ridícula en el whatsapp porque el resto del año no hablamos de nada. Es mi síndrome de la cabaña particular: tengo miedo de dejar de felicitar a la gente, y que llegue el mío y no se acuerde ni Christopher.

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