21/06/2020: Bolivia, Vietnam, Guatemala

A lo mejor ya nunca voy a Bolivia, o a Vietnam, o a Guatemala o a ningún otro de esos otros sitios locos a los que en algún momento me apeteció ir en los últimos años. A lo mejor el concepto de viajar cambia tanto que el turismo vuelve a ser como era hace cuarenta años, cuando volar era una extravagancia. Leo muchas cosas últimamente sobre el futuro inmediato del turismo en un mundo post-pandemia. Decía hoy Elvira Lindo en El País que no iba a echar de menos ese mundo de hace cuatro meses en el que se viajaba porque sí, ya fuera por trabajo o por placer, en el que perdíamos tantas horas en aeropuertos que podían llegar a sumar días al cabo del año. 

No voy a decir la chorrada de que viajar está sobrevalorado porque no lo está, porque viajando conoces mejor a la gente con la que viajas y aprendes cosas y te diviertes y construyes recuerdos. Me lo dice mucho una amiga lo de construir recuerdos, y viajar va mucho de eso, de construirlos y de idealizarlos poco después. 

Eso sí lo hacemos, o lo hago yo al menos: quedarte solo con lo bueno de un viaje aunque siendo justos haya sido flojete. A principio de este año estuve en Nápoles con mi novia y aunque nos reímos mucho con las gilipolleces habituales, nos cuesta reconocer que el destino elegido fue un error, que hubo que hacer cola hasta para comernos una pizza de dos ingredientes, que no nos salimos de las cuatro calles habituales por miedo a las bandas de niños de las que habla Roberto Saviano y que ni rastro de estatuas venerando a Maradona en el Barrio Español. 

No pasa nada por idealizar. En 2004 fui de Interrail con un colega y el viaje resultó ser un desastre porque no nos conocíamos demasiado, agotamos todas las conversaciones interesantes en el primer tren, y ni nos conocimos más, ni nos caímos mejor en las tres semanas siguientes alrededor de Francia y el Benelux. Aun así, guardo buen recuerdo del viaje y de mi colega y cuento a menudo las dos o tres anécdotas graciosas del viaje. En 2007 fui con otros tres amigos a Albacete, en una de las pocas veces que he acompañado a mi equipo de fútbol en campo contrario. Recordar como épico un partido en el Carlos Belmonte que terminó 0-1 gol de Nákor es sin duda idealizar, pero qué más da. Una hora antes del partido estábamos completamente borrachos hablando con gente de la Curva Rommel en el Bar Estadio y uno de mis amigos, puestos a idealizar, decía que aquellas eran las mejores gambas al ajillo que había probado en su vida. Gambas al ajillo. En Albacete. Céntrate, Tomás, por favor. Al terminar el partido, el central titular de mi equipo lanzó la camiseta a la grada y la agarré yo, casi quitándosela de las manos a un niño que tenía al lado. Unos meses después, todavía no sé muy bien por qué, se la regalé del puntazo a una chica que había conocido poco antes en un viaje también idealizado. 

A lo mejor ya no voy a Bolivia, Vietnam o Guatemala, pero no pasa nada. Poco tiempo después de regalarle la camiseta, esta chica terminó tratándome fatal. Mi equipo se salvó ese año pero bajó dos categorías seguidas en los dos años siguientes. La camiseta del central titular de mi equipo no la volví a ver nunca y si te descuidas el Bar Estadio ha cerrado durante el confinamiento. Cuidado con idealizar.

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