Gol de Iniesta

Ya lo habréis leído en todos los periódicos, pero os lo recuerdo yo también: hoy se cumplen diez años desde que España ganó el Mundial de Sudáfrica. No quería escribir sobre esto porque ya está todo el mundo escribiendo sobre ello y porque ya he sacado yo el tema suficiente por aquí y no quiero ser pesado, pero al final me liaré. 

Yo quería hoy hablar del dueño del bar al que bajo a ver el fútbol, el Márquez, que llama Enchufati a Ansu Fati, no tengo muy claro si en broma o porque de verdad piensa que se llama Enchufati. La primera vez que lo dijo me reí porque pensaba que estaba haciendo un chiste, pero como el Márquez no se reía yo he dejado de hacerlo también. Quería enlazar esta anécdota con algo que me pasaba a menudo cuando vivía en Inglaterra: no debía de pronunciar bien mi nombre, porque cada vez que decía que me llamaba David (pronunciado “Deivid”), mi interlocutor entendía que me llamaba “Baby”, que obviamente suena mucho peor que Enchufati. 

Tampoco quería escribir sobre la final del Mundial 2010 porque creo que lo gracioso ya lo dije aquí hace unas semanas. No sé si ya dije que ese día desayuné helado a las seis de la tarde porque acababa de sobrevivir a la peor resaca de mi vida, después de una noche de fiesta con una camiseta de imitación de la Cibona de Zagreb. Esa final nos flipó tanto a mi grupo de amigos que decidimos quedar todos los 11 de Julio siguientes para ver el partido repetido. Evidentemente, no lo hicimos nunca y pasó a engrosar el cajón de todos los planes locos que haces con tus amigos que nunca llegas a cumplir, pero la intención estaba ahí. En otra ocasión, también decidimos reproducir Días de Fútbol escena por escena, y hasta me senté un par de tardes a escribir el guión, también hasta que me di cuenta de que el tiempo es finito y que mejor dedicarlo a cosas que uno pueda terminar.   

Enchufati tenía 8 años en 2010, así que igual hasta vió la final desde su casa en Guinea-Bissau. Un día, para evitar que la persona que tenía enfrente pensara que me llamaba Baby, improvisé contestando que me llamo Dave (pronunciado “Deif”), diciéndolo muy despacio y exagerando mucho la pronunciación de las consonantes, pero no arregló nada, porque lo que entendió fue que me llamaba Babe (como el cerdito valiente). 

Otro motivo para no escribir sobre la final de aquel Mundial es que corría el riesgo de ponerme melodrámatico. Como no quería que nadie me molestara en mi nerviosismo, vi todos los partidos en casa. Cuando el árbitro pitó el final de la prórroga, los cuatro miembros de mi familia corrimos a abrazarnos delante de la tele. Fue un abrazo torpe de tres o cuatro segundos, y no tendría más historia si no fuera porque es la única vez que recuerdo que nos hayamos abrazado los cuatro a la vez. Tampoco somos muy de abrazarnos en mi casa, también te lo digo.

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