Pepa y el Loco Bielsa

Hace un año, más o menos, un tuitero al que sigo rescató a un lorito que estaba solo en la calle, probablemente a punto de morir. El tuitero se llevó a casa al loro (a quien bautizó como Pepa), lo limpió, le dio de comer, y mantuvo a la audiencia tuitera informada sobre su evolución. Después de un año de convivencia feliz, hace pocos días contó que Pepa se había escapado en un descuido suyo. Estaba muy preocupado porque sabía que no sobreviviría ni dos días a espacio abierto, acostumbrada ya a una vida cómoda sin depredadores. Puso carteles por el barrio e informó a los adolescentes de la plaza de que si la veían, por favor le llamaran, y de que habría una recompensa en ese caso. 

Anoche mi equipo se jugaba ascender a Segunda división después de diez años, a un partido, en un campo sin público. El partido empezó bien porque nos adelantamos en el marcador en el minuto 15 con un gol del central derecho. Tras el gol, mi equipo se echó atrás y dejó que el rival dominara el juego, esperando pacientemente una ocasión a la contra que sentenciara el partido y el ascenso de categoría. 

También ayer por la tarde, antes del partido, el tuitero contó que hacía pocos minutos, un niño se había puesto en contacto con él para decirle que había visto a Pepa en el parque. El tuitero, que estaba a kilómetros de distancia, cogió la bici y llegó al parque en tiempo de récord del mundo. 

A partir del minuto 45 empezó el miedo. Ese miedo innecesario al que nos sometemos de manera voluntaria los aficionados al fútbol por algo que ni nos va ni nos viene. Un miedo artificial, totalmente evitable y mal dirigido, un poco como ese miedo absurdo del que hablaba Svetlana Alexeievich en Voces de Chernóbil, cuando decía que los empleados de la central nuclear tenían más miedo de sus superiores que del átomo radioactivo. El equipo rival empató en el 83 y nos fuimos a la prórroga. 

El tuitero llegó al parque para comprobar que allí ya no estaban ni Pepa ni el niño, que se había tenido que ir a cenar. Fue a por una linterna y buscó metódicamente en todos los árboles del parque durante varias horas. Los adolescentes habituales, con el botellón ya en marcha, empezaron a reírse de él. 

Aunque estuviéramos con un jugador más, la prórroga terminó también en empate y nos fuimos a los penaltis. En la tanda, mi equipo falló tres de los cinco lanzamientos y nos quedamos sin ascender. A esa misma hora, el tuitero, un hombre de mi edad, se peleaba con los adolescentes del parque. Volvió a casa herido, preocupado por si le caía una denuncia por abuso de menores, y sin Pepa. 

En mi casa, yo me iba a la cama hundido por ambos acontecimientos, diciéndome una vez más que aquel sufrimiento no merecía la pena. En un último vistazo al móvil me encontré con unas declaraciones recientes de Marcelo Bielsa, que había confirmado estos días su ascenso con el Leeds a la Premier: “Acepten la injusticia, traguen el veneno; que todo se equilibra al final”. 

Si lo dice el Loco, habrá que creer un poco más. El jueves y el domingo volvemos a intentarlo. Igual hasta vuelve a aparecer Pepa en el parque.

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