Piedras diminutas

Joel Barish, el personaje que interpreta Jim Carrey en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, sostiene que la arena está sobrevalorada, que en realidad solo son un montón de piedras diminutas. Y puede que tenga razón. Casi cualquier cosa, si la analizas al detalle, se queda en nada, se convierte en un montón de piedras diminutas. 

Hay muchas cosas sobrevaloradas, más allá de la arena. Trabajar desde casa, sin ir más lejos, está sobrevalorado. Después de seis meses haciéndolo ininterrumpidamente, puedo confirmar que las ventajas son escasas: te ahorras desplazamientos, le ganas alguna hora al día y puedes trabajar en pijama. Ya está. 

Inconvenientes, muchos. Las posibilidades de despiste se incrementan al máximo: cualquier chorrada que sucede en la calle siempre tendrá mayor interés que la pantalla del ordenador (“teletravago” lo llaman en Pantomima Full). Teleconferencias, qué os voy a contar: horas enteras dedicadas a mirarte a ti mismo en el recuadrito de abajo. Contaban el otro día en Hotel Jorge Juan que hay estudios que demuestran que almacenamos mucha más información en videoconferencias en las que solo hay audio, y me lo creo. Tu casa, que por mucho que la acondiciones y te compres una buena silla, no es una oficina. Lo dijo hace poco Alberto Olmos en su columna: que trabajar desde casa suena muy guay hasta que te das cuenta de que la casa tiene que ser la tuya. Que hace mucho calor en verano y hará frío en invierno y será una ruina la calefacción, lo veo venir. 

El no ver a nadie en todo el día, también. El otro día nos juntamos unos cuantos en una videoconferencia y me dio pena, ver ahí todas esas cabecitas juntas, sin poder vernos en la máquina para un café. Que son compañeros de trabajo y tal, pero me caen bien. Que si avanzo en una parte importante del proyecto no puedo ir al despacho de al lado a celebrarlo. 

Algo parecido debe estar pasando en el fútbol, y en el deporte en general, imagino. Lo contaba Murray, jugando el US Open: se le hacía muy raro hacer un puntazo con un passing en carrera, y que lo único que escuchara ante la proeza fuera el silencio absoluto, los pasos del rival caminando hacia el otro lado de la pista, al árbitro diciendo: 30-15. Y ya está, a seguir. Qué aliciente tiene para un futbolista creativo hacer un regate arriesgado fuera de sitio por motivos puramente estéticos, si no va a haber nadie para asombrarse en el estadio. Lo pienso, y en los partidos que he visto desde junio, no recuerdo haber visto a ningún jugador tribunero esprintar hacia la banda intentando llegar a un balón imposible, buscando únicamente el aplauso facilón. Qué raro debe ser celebrar un gol importante, correr hacia la grada por pura inercia y acordarte de que está todo el mundo en su casa en pijama, y quedarte ahí solo en la pista de atletismo. Algo así debió pensar el otro día Zlatanovic, que marcó en el descuento el gol de la tranquilidad tras debutar en el minuto 80, y a los únicos a los que escuchó fue a sus compañeros desde el banquillo. 

Un poco de esta manera me encuentro últimamente. La semana pasada terminé una parte importante de un proyecto, con unos resultados ilusionantes y unas gráficas en Excel guapísimas. Guardé el archivo, miré alrededor buscando aprobación y lo único que escuché fue algo así como: 40-15, sigan jugando.

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