Mi primo no es Camavinga

En pocos días se entrega el Golden Boy 2020, premio que otorgan periodistas especializados al mejor futbolista del mundo menor de 21 años: algo así como el Balón de Oro de los futbolistas jóvenes. Uno de los favoritos este año es Eduardo Camavinga, centrocampista congoleño que juega en el Rennes, nacido en 2002. No he visto jugar a Camavinga, pero los expertos en fútbol internacional destacan de él su físico (muy desarrollado para su edad) y su madurez en la comprensión del juego. De Camavinga no se destaca su capacidad goleadora, el regate vistoso o la velocidad sin control propia de la post-adolescencia. De Camavinga, con los 18 todavía por cumplir, se valora que juega como si fuera mayor de lo que es. 

Tengo un primo que esta semana ha cumplido los 18. Le escribí por Whatsapp para felicitarle y me ofrecí para hablar un rato este fin de semana, que me contara qué tal sus primeras semanas en la universidad, quizás colarle algún consejillo sin haberlo pedido, todo eso que se hace cuando eres el primo mayor. Como única opción, me ofreció llamarme el domingo por la noche. Esto no me lo dijo mi primo, pero ya me lo digo yo: el resto del finde estoy demasiado ocupado como para hablar con alguien que literalmente me dobla la edad. Sé que estamos todos muy sensibles, como diría la Johnson, pero no pude evitar que me doliera un poquito el orgullo. Qué manera tan gratuita de desperdiciar unos cuantos consejos gratis, pensé. Ahí mi primo no ha sido muy Camavinga. 

A quién quiero engañar: yo habría hecho exactamente lo mismo. 

Los 18 son esa edad a la que de repente te obligan a tomar posición política. Ya sé que no es obligado votar, pero se escucha mucho eso de que no votar también es una posición política. Si en el instituto te ha ido medio bien, a los 18 te piden también que elijas carrera universitaria, decisión que marcará tu vida de una manera tan trascendental que no eres capaz ni de imaginar. A los 18 a muchos nos ponen también al volante de un coche viejo y esperan que sobrevivamos a la locura de conducir por primera vez. Si lo pienso bien, me doy cuenta de que a los 18 nos piden, fundamentalmente, que todos seamos como Camavinga.  

Cuando yo cumplí 18, mi madre se ofreció a regalarme algo especial, lo que quisiera. Viéndolo ahora en perspectiva, podría haber pedido un montón de cosas interesantes: un viaje alrededor de Europa para el verano siguiente, una buena bici o incluso la equipación del Liverpool con el 9 de Robbie Fowler, que siempre me hizo mucha ilusión. Sin embargo, en una decisión que todavía intento descifrar a día de hoy, para mi mayoría de edad le pedí a mi madre una cadenita de plata para el cuello. No recuerdo cuántas veces llevé esta cadenita, ni en qué contexto, pero sí recuerdo mi seguridad al respecto. Para los 18, mamá, cadenita de plata. Reconozco que al cumplir mis 18 tampoco hice una gran demostración del estilo Eduardo Camavinga.

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