El padre de mi amigo

El sábado por la tarde me pongo a ver el Barcelona-Madrid con el objetivo de sacar algo interesante para mencionar en la columna. Terminan los 90 minutos y nada me ha llamado en exceso la atención, más allá del regatito de Modric en el 1-3. Si acaso, que el VAR interviniera para pitar penalty tras un mini-agarrón de Lenglet a Ramos. En principio, el VAR llegaba al fútbol para llevarse para siempre todos los errores arbitrales y las injusticias, lo cual nos pareció a todos perfecto. No obstante, hasta el momento las decisiones arbitrales -de arriba o de abajo- siguen pareciendo aleatorias, las polémicas permanecen y ocurren cosas como que al Liverpool le anulen un gol por fuera de juego de un píxel. El VAR está estropeando el fútbol y hay que empezar a reconocerlo. 

Hay ocasiones en que, queriendo arreglar una situación complicada, la dejas mucho peor de lo que estaba. Hace unos diez años, a un amigo mío, su padre le encontró en la mochila una piedrecita de costo. En lugar de enfadarse de inmediato, el padre de mi amigo hizo una demostración admirable de diplomacia y le permitió que se explicara ¿Qué era aquello y de dónde había salido? le preguntó. Ante esta situación complicada, mi amigo pudo sencillamente haber contado la verdad con naturalidad: que aquello era una piedrecita de costo para hacerse unos porritos con los amigos los fines de semana, pero que no tenía que preocuparse porque no era algo habitual y desde luego no volvería a suceder. Problema resuelto de manera limpia y sencilla, sigan jugando. En cambio, mi amigo optó por la solución más compleja: le dijo a su padre que sí, que aquello era lo que parecía: una piedra de costo, pero añadió la pirueta argumental de que no se preocupara, porque él no se lo fumaba, sino que simplemente se lo vendía a otros (lo cual, además, era falso). Situación inicial: tu padre piensa que eres un fumeta. Situación posterior: tu padre piensa que eres un camello. Claramente existían soluciones mejores ante este problema complejo, querido amigo. Lo que sí consiguió fue que su padre le dejara tranquilo.  

Después de casi un par de años de VAR, el mundo del fútbol podría pararse a pensar y replantear el tema. Reducir el número de casos en los que se utiliza, aclarar los supuestos y reducir su incidencia en los partidos al mínimo imprescindible. Todos queremos que los jugadores vuelvan a celebrar los goles sin freno de mano y que el árbitro no nos agobie con el gesto de la pantallita. No obstante, la experiencia nos dice que lo más probable es que ocurra justo lo contrario. Intentando arreglar este problema, lo agravarán: la normativa se hará más complicada todavía, se multiplicarán los penaltis por roces mínimos y nos acabarán pitando fueras de juego por medio píxel. Es decir, como ya hizo mi amigo hace diez años, el mundo del fútbol le dirá a su padre que no es un fumeta sino que es un camello.  

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