Todos somos Carlos

La otra tarde, en el gimnasio, un chico con cara de ser muy buena persona quería inscribirse. Entre la mascarilla, la mampara de por medio y la timidez del chico, se produjo la siguiente situación: la recepcionista -algo cuadriculada y quizás con problemas de oído- le preguntó el primer apellido, a lo que el chico respondió “Pardo”. “Carlos”, dijo la recepcionista, confundida por la rima asonante. “Pardo”, insistió él. “No te entiendo, cariño”, siguió ella. “Pardo”, volvió a decir el chico. “Sí, Carlos, los apellidos, por favor”, continuó ella. “Pardo-Álvarez”, exclamó él. “Ah, vale, Carlos Álvarez”, tecleó ella. El pobre chico, ya consciente de que su situación tenía público, lo dejó estar y permitió que la recepcionista le inscribiera como Carlos Álvarez, cuando quizá su nombre real fuera Jose María Pardo. Nunca lo sabremos. Hay gente que es buena persona y acata lo que le pidan sin rechistar, por no molestar demasiado. Todos hemos sido Carlos Álvarez alguna vez. 

Pensaba que en este espacio ya no se hablaría más de confinamientos, pero me equivoqué. Este fin de semana nos volvieron a confinar, esta vez por municipios. Puntual a mi cita con los confinamientos, yo tenía billetes de avión comprados para estos días. Dudé hasta el último minuto si viajar o no, por aquello de las recomendaciones de no desplazarse a no ser que fuera causa de fuerza mayor. Técnicamente podría haber viajado, porque podría haber justificado sin demasiados problemas algunas de las excepciones que se incluían en el BOE. Al final decidí quedarme en casa porque hay gente que somos buenas personas y acatamos lo que nos pidan sin rechistar, como le pasa a Carlos Álvarez, que por no molestar, acepta hasta que le cambien de nombre. 

Sospecho que algo de esto le pasa también a Saúl Ñíguez, el centrocampista del Atleti. En 2016, sin haber cumplido todavía los 22, Saúl ya había marcado goles decisivos en semifinales de Champions y con su capacidad de marcar llegando al área se le consideraba una potencial estrella del fútbol europeo: sería el nuevo Lampard. Cuatro años después, el Cholo lo ha puesto ya tantas veces fuera de su posición natural que lo ha convertido en un jugador casi vulgar. Saúl, por no molestar y por ayudar al equipo, acepta lo que le pidan y hace lo que puede en el lateral, cuando podría estar haciendo quince goles al año si le colocaran treinta metros más arriba. 

Todos somos un poco Carlos Álvarez, hasta Saúl el del Atleti, pero algunos más que otros, me temo. Pocas horas después de haber renunciado a viajar me entero de gente que sí lo ha hecho, con motivos de escasa fuerza mayor. No pasa nada, tampoco me voy a cabrear. Soy de los tontos que piensa que al conductor chulo que se te cruza en la carretera le irá peor en la vida que a ti, que al final todo se compensa. Quiero pensar que, de tanto insistir, Saúl se convertirá a los treinta años en uno de los laterales más solventes de Europa. Me gusta creer también que Carlos irá mucho al gimnasio, se pondrá fuerte y guapo, ganará seguridad y después de muchos años bajará a recepción y pedirá que por favor dejen de llamarle Carlos, que su nombre es Jose María Pardo, que lo cambien en el sistema, y que pasen muy buena tarde.

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