Torres quiere contarnos una historia

Cuando me preguntan porqué me gusta el fútbol, siempre digo que por la capacidad de generar historias. La carrera de Maradona tiene mil. Nunca vi jugar a Maradona, pero en el documental de Asif Kapadia -el mismo director de “Senna”- se cuentan muchas de estas historias. Aquí una.

Maradona llega a Nápoles -un club que prácticamente no tenía títulos- en 1984. Al poco de llegar, Maradona revoluciona el Calcio. Gana dos Ligas, una Copa y una UEFA, máximo goleador sin ser delantero. En poco tiempo se convierte en un dios en Nápoles, en la persona más famosa de Italia y en el mejor jugador del mundo. A medida que va ganando títulos, la fascinación y el odio por Diego crecen al mismo ritmo en toda la Italia que no es Nápoles. Cada vez que su equipo viaja al Norte se les recibe con un repertorio de insultos racistas que a día de hoy serían impensables (“Vesubio, lávalos con fuego”). 

El clímax de odio a Maradona se alcanza en 1990. Ese verano se disputa el Mundial en Italia. Aunque la Argentina de Maradona ha ganado el campeonato anterior, el equipo local parte como favorito. Los dos equipos van avanzando rondas y, como no podía ser de otra manera, se encuentran en la semifinal. ¿Dónde está previsto que se juegue esa semifinal? Por supuesto, en San Paolo, en Nápoles. Bum, la Historia. Toda Italia excepto Nápoles odia a Maradona y la semifinal del Mundial se juega precisamente allí. Para añadir drama al asunto, Maradona dice antes del partido que está seguro que los Napolitanos animarán a Argentina. 

Lo que sucede a continuación ya casi da igual porque la historia ya está ahí, ya es redonda. Si lo hubiera escrito un guionista para una película, lo habríamos despreciado por excesivo, pero el fútbol tiene estas cosas.  

Las historias en el fútbol a veces duran un partido y otras veces más de diez años. En ocasiones, ni siquiera llegan a ocurrir, basta con imaginarlas. Un poco de esto último tiene la vuelta de Fernando Torres al Atlético en Enero de 2016, después de su largo Erasmus en Inglaterra. A los pocos días de llegar, marca dos goles en el Bernabéu (“Torres ha venido para esto”, se me escapó al verlo). Cinco meses después, los dos equipos vuelven a encontrarse en la Final de la Champions. El partido termina en empate y se llega a la tanda. Torres, que es un mal lanzador de penaltis, se ofrece voluntario para tirar el quinto, el decisivo. Torres, que lo ganó todo fuera pero nunca ganó nada con el club de su vida, quiere la gloria de marcar el último penalti o la responsabilidad de fallarlo. Torres quiere contarnos una historia. 

Sin embargo, la historia en este caso, no es como esperas. Juanfran falla el cuarto penalti del Atlético, Cristiano marca el quinto del Madrid, el partido termina ahí y Torres no llega a lanzar el suyo. Podría haberlo tirado y marcar, y Torres sería hoy aún más símbolo de lo que ya es. O podría haberlo tirado y fallar, y entonces le podrían haber dicho lo que cuenta José Lobo en Yonkis y Gitanos: que nunca se tiene más orgullo, amor propio y vista larga que en la derrota. Pero Torres no llega a tirar porque se ha reservado para lanzar el último. 

A veces las historias terminan de manera rara y no sabemos muy bien qué significan. Que Torres no llegara a tirar su penalti significa algo, eso está claro, pero aún no sabemos muy bien el qué. Torres ya se ha retirado y no ha ganado la Champions con el Atlético ni ha marcado un penalti decisivo. Quizás, lo que sucede, es que esta historia aún no ha terminado.

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