Tranquilo, fiera

Hace unos cuantos años me apunté con unos amigos a la típica liga local de fútbol 7, una de esas ligas en la que abundan las patadas innecesarias y escasean los goles por la escuadra. Yo era sin discusión el peor jugador del equipo, así que se decidió de manera unánime que yo me colocara de delantero centro, ya que allí habría menos posibilidades de cometer algún error fatal. Mis dos funciones principales serían: a) intentar cazar algún balón suelto que cayera dentro del área, y b) presionar sin descanso a los centrales cuando sacaran el balón jugado. Como a) ocurría en muy contadas ocasiones, mis esfuerzos estaban dedicados de manera casi única a la presión al rival. 

En uno de estos partidos, me topé con el clásico defensa central que lleva quince años jugando en ligas de carácter local, que te mete el codo en cada córner, te hace volar con un tackle en el centro del campo y protesta al árbitro diciendo que ha tocado balón. En una de mis alocadas presiones contra este central me pudo el entusiasmo, alargué la pierna más de lo debido y acabé dándole una patada fuerte en la espinilla. Lo razonable hubiera sido que dicho central respondiera con un empujón por la espalda, una buena patada en el tobillo o como mínimo, insultos graves contra mi y mi familia. Sin embargo, el defensa central me dio una pequeña lección de vida a muchos niveles: sacó el balón jugado limpiamente, no protestó al árbitro y me susurró al oído lo siguiente: tranquilo, fiera. 

Tranquilo, fiera. Dos palabras y un tono al decirlas, que lo tenía todo. Clase y elegancia, por responder con mesura a una entrada torpe, dura e innecesaria. Al mismo tiempo, ironía, condescendencia y un leve desprecio ante mi presión que no le había impedido iniciar la jugada sin problemas. Aquel defensa central podría haberme gritado “dónde vas flipao de mierda” pero eligió “tranquilo, fiera”, y yo le correspondí incorporando la expresión de manera inmediata a mi vocabulario cotidiano. Ahora me lo digo a la mínima. Cuando me pongo nervioso, me acelero e intento hacer tres o cuatro cosas al mismo tiempo, me digo tranquilo fiera, y las hago todas bien de una en una. Cuando los planes no salen como espero y me bloqueo en la toma de decisiones: tranquilo, fiera, a seguir. Y sigo. 

2020 ha sido un año raro, qué os voy a contar. Un año malo, y sino que se lo pregunten al técnico que cometió el fallo de cableado que provocó la pérdida de un cohete espacial de 200 millones de euros a los ocho minutos de haber sido lanzado. Hoellebecq dice en Serotonina que un ambiente de catástrofe global atenúa siempre las catástrofes individuales. Espero que el técnico tuviera a alguien al lado que le dijera esto mismo, o al menos que le susurrara al oído dulcemente las dos palabras mágicas que titulan esta columna. 

A veces pasa un poco al revés: que te sabe mal que un año de absoluta catástrofe global haya sido bueno para ti a nivel personal. O muy bueno, incluso, pero eso ya sería casi obsceno reconocerlo. En cualquier caso, uno nunca sabe dónde y cuándo va a aprender cosas que le marcarán de por vida. En ocasiones ocurre durante el confinamiento extremo en medio de una terrible pandemia mundial, y en otras al comienzo de un intrascendente partido de la liga local de fútbol 7. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s