Brócoli morado

El otro día lo preguntaba Sergio Vázquez en su columna de Marcador Internacional: hasta cuando tiene lógica seguir felicitando el año nuevo. Yo no lo tengo claro pero sí puedo compartir mi experiencia: a partir del día 2 ya no se lo felicito a nadie, a excepción de a mi frutero Pepe, pero es que a Pepe le permito casi cualquier cosa, hasta que me venda brócolis morados. 

Los brócolis morados me sirven para tocar también el tema de los propósitos de año nuevo. Estaría bien saber si esto es algo que se ha hecho toda la vida por aquí o si lo hemos importado de los yankis igual que Halloween. También haríamos bien en ponernos de acuerdo si es buena idea seguir haciéndolo, y es que los propósitos tienen un problema: para que sirvan para algo hay que cumplirlos. 

Un propósito de año nuevo: mi novia y yo queremos este año desengancharnos un poco del móvil, y para ello decidimos que después de la cena los meteríamos en una cajita y no estaría permitido mirarlos hasta el día siguiente. Creo que no hace falta que cuente que este propósito duró exactamente un día, pero lo voy a decir igual. A las 24 horas de habernos propuesto este objetivo los móviles vuelven a utilizarse por esta casa con total impunidad, y cero reproches, oiga. Me he borrado la cuenta de Twitter y esto sí parece funcionar. Ahora entro en Internet y no sé muy bien qué mirar, como si fuera obligatorio mirar algo. Internet está hueco sin Twitter. El otro día me puse a ver la Supercopa y terminé haciendo algo que hacía mucho tiempo que no hacía: prestarle toda mi atención al partido. La idea de todo esto es tener más tiempo para leer. Solo espero no dejar de mirar Twitter para leer más el Marca. 

Otro clásico propósito de año nuevo: comer brócolis morados, y verdes también. Y cremas para cenar, fruta en la merienda y galletas realfooding para el almuerzo. Confieso que nos bajamos hace poco la app del realfoodismo, pagamos incluso la suscripción anual, con el objetivo de seguir el menú a rajatabla, y ahí sigue la app, que yo sepa, con cero accesos desde entonces y esos 36 euritos ganados cómodamente por Carlos Ríos sin hacer nada. Negocio redondo como un tomate orgánico (perdón). 

Es difícil comer bien. Durante el confinamiento extremo del año pasado le pregunté a un amigo que si estaba comiendo bien o mal en esas semanas de encierro. Con lógica aplastante me dijo que estaba comiendo bien y mal: que primero se comía la fruta, la verdura, el pescado azul y el pan integral; y ya después todo lo demás: la carne roja, las papas con sabor a huevo frito y los phoskitos. A mí me pasa a menudo también: me entra un hambre tremenda a la hora de la merienda y para no comerme una palmera de chocolate me como un plátano y una manzana. Enseguida recuerdo lo que dice Javier Cercas en El Impostor, que nadie está obligado a ser un héroe, y bajo a comprarme la palmera igualmente. 

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