El espejo del baño

Este es un recurso que utilizo mucho cuando me felicitan por mi cumpleaños: somos mayores, digo, pero todavía estamos a tiempo de jugar un Mundial. Llevo años diciéndolo y siempre hace gracia entre mis amigos hombres. Dentro de poco ya no lo podré utilizar. 

Siempre es un poco extraño el día de tu cumpleaños, por aquello de tener que pasarlo bien y estar contento, cuando quizás lo que te apetece justo ese día es no hacer nada, o estar de mal humor, o trabajar, incluso. Hay que rendir en el día de tu cumpleaños, pasarlo de puta madre y sonreír todo el rato. Los 27 los cumplí en el extranjero, en un sitio al que acababa de llegar y casi no conocía a nadie. Pasé la noche a la fuerza tomando cervezas con unas cuantas personas que había conocido un par de semanas atrás, deseando llegar a casa cuanto antes y ponerme un capítulo de The Wire.  

Hay ocasiones en las que todo el mundo espera que respondas de una manera determinada, que te lo pases bien, que rindas, y por lo que sea no sale. No pasa nada. He jugado muchos años a baloncesto, normalmente ocupándome en mis equipos de aspectos rutinarios del juego. Para variar, hubo un año en que me salía todo. Anotaba con facilidad, daba asistencias y defendía a toda pista el tiempo que fuera necesario. Hacia el final de temporada, en un partido importante en casa del Nules, mi entrenador me cogió aparte antes del partido y con un discurso sencillo pero motivador me pidió que saliera a la pista y me jugara todos los balones que quisiera, que el equipo iba a jugar ese día para mi y que con mi estado de forma me iba a salir. El partido era mío. El resultado de este discurso motivador es fácil de adivinar: hice el peor partido del año. Ninguno de mis tiros tocó aro, perdí cada balón que recibí y pedí el cambio a la desesperada en el segundo cuarto. Perdimos el partido y mi temporada se fue a la mierda a partir de entonces. 

Se habla mucho del paso del tiempo en estas columnas, e igual no es casualidad, aunque si lo pienso me doy cuenta de que se habla mucho del paso del tiempo en la mayoría de columnas que me gustan. Por quien no pasa el tiempo es por Cristiano, otro año máximo goleador de la Serie A con 38 años, y lo que le queda. Tengo curiosidad por ver cómo se hablará de Cristiano dentro de treinta o cuarenta años (en teoría lo viviré). Curiosidad por ver si en el futuro todavía se le hace de menos, criticándolo con comentarios como que “solo sabe meter goles”, que sería más o menos como criticar a un escritor porque solo sabe escribir novelas. 

No me puedo quejar. No estoy tan bien como Cristiano pero tampoco me ha pasado aún lo que canta Kurt Vile en Pretty Pimpin, cuando dice que se levantó una mañana y no se reconocía en el espejo del baño. Puedo seguir diciéndolo unos cuantos años más: estoy a tiempo de jugar un Mundial.

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