Te quiero amordazar

Me pasa a veces. Leo un libro sobre una problemática que me interesa muchísimo y al terminar me quedo un poco como estaba al principio: me han explicado el problema con claridad y datos interesantes pero no me han aportado soluciones al final. Me ha ocurrido de nuevo con el último que he leído, La era del capitalismo de la vigilancia, de Soshana Zuboff, un tocho de ochocientas páginas sobre cómo las grandes tecnológicas se aprovechan de los datos que les proporcionamos para enriquecerse a nuestra costa. 

Cuenta muchas cosas Zuboff en este libro. Datos muy locos como que si una persona hiciera una lectura detenida de todas las políticas de privacidad con las que se encuentra a lo largo de un año, dedicaría 76 jornadas laborales completas. Menos mal que yo no leo ni una y puedo dedicar todo ese tiempo a mirar la clasificación del Grupo IV de la Segunda División B, que está increíble. 

Me cuenta Soshana también que las grandes tecnológicas mapean mi casa cada vez que pongo a funcionar la Roomba, pero no acabo de tener claro para qué querrá Facebook saber dónde tengo puesta la alfombra. Insiste Zuboff que Google se aprovecha de nuestra experiencia vital para convertirla en una materia prima que se acumula y se analiza al servicio de los fines mercantiles de otros. Entendido Soshana, ¿pero qué puedo hacer yo para evitar todo este desastre? No me lo ha dicho y no me lo dirá.   

Las grandes tecnológicas están aquí para hacernos la vida más fácil, te dirán sus defensores. Será a otros, les diré yo. Cada vez que escribo la palabra “cojo” en el Whatsapp (cojo el autobús), el teclado predictivo escribe directamente “cojonudo”. La otra noche le mandé a mi novia un mensaje de buenas noches y el teclado predictivo, en lugar de escribir “te quiero amor” prefirió “te quiero amordazar”. En otra ocasión, quise recomendar la serie Breaking Bad pero terminé sugiriendo la secuela “Breaking Badajoz”. Y así hasta el infinito. 

Esto ya lo sabemos todos: las grandes tecnológicas utilizan nuestro historial de internet para colarnos anuncios. A mi solo intentan venderme dos tipos de productos: camisetas en las sale impreso un gorila gigante y medias sexys. No sabría decirte cómo ha llegado Facebook a esa conclusión sobre mi. 

En el fútbol pasa lo mismo. El VAR venía a librarnos por fin de las polémicas y para que en prensa se hablara solo del juego en sí, pero lo único que ha conseguido hasta el momento ha sido complicar el reglamento y doblar el número de polémicas por jornada. La teoría estaba clara: el VAR se emplearía únicamente en casos muy concretos para corregir errores graves del árbitro de campo, pero la práctica nos dice que al mínimo roce dentro del área mandan revisarlo todo a cámara lenta. Abusar de la tecnología para resolver problemas sencillos nos complica la existencia, deberíamos haberlo aprendido ya, y sin necesidad de haber leído a Soshana Zuboff.  

Con el VAR, me atrevería a sugerir el enfoque que tienen mis padres con su Alexa. La tienen en la cocina pero solo la utilizan para lo verdaderamente importante: preguntarle el tiempo que va a hacer ese día y poner la Cadena SER.

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