Me gusta Schneider

Cuando te quieres dar cuenta, ya se ha consumido una semana de Eurocopa y la sensación es la misma que después de los primeros días de vacaciones: todo avanza muy deprisa, los días ya no te parecen regalos nuevos a estrenar y ya empiezas a intuir la nostalgia preventiva del día que terminan. 

Nostalgia preventiva me da también Gareth Bale, por el jugador que pudo ser y no quiso ser. Bale lo tenía todo para ser el mejor jugador del mundo durante varios años, especialmente esos años de vacío entre el comienzo del declive de Messi y Cristiano y el aterrizaje del próximo crack mundial. Ese era el momento de Gareth, un jugador que es rápido, un portento físico, tiene buen disparo, va bien de cabeza, regatea y probablemente por encima de todas esas cosas, tiene la capacidad de marcar en los partidos gordos. Pero esos años nunca llegaron. De momento, Bale le da la razón a Miqui Otero en Simón, cuando dice que la única manera digna de utilizar el talento es derrochándolo. Eso es lo que siento al ver a Bale con Gales en la Eurocopa, un desperdicio de talento. Espero que algún día sepamos por qué Bale no quiso ser el mejor jugador del mundo. 

Más nostalgia da todavía acordarse de los años buenos de la selección española, que nadie quiere darse cuenta de que fueron ya hace diez años (yo el primero). Por casualidades que no vienen al caso, acabé viendo el España-Suecia en La Cartuja, y hasta me vine arriba comprándome una bufanda conmemorativa. España hizo todo lo que tenía que hacer en un primer partido de Eurocopa: dominar de principio a fin, crear ocasiones y minimizar las del contrario, además de no encajar. Pero faltó el gol que cambia todos los análisis. De lo que más se habló después fue de los pitos a Morata y del estado del césped en La Cartuja. Ahora son todos muy malos y Luis Enrique tiene algo contra el Real Madrid por no haber convocado a Nacho. Si hoy ganamos fácil a Polonia, todo será al revés, pero estas cosas siempre han sido así y no las vamos a cambiar ahora. 

Por terminar hablando de nostalgia, una anécdota. Hace años quedé con un amigo en un bar para ver un Real Madrid-Villarreal. Con este amigo había tenido una gran relación hacía años, pero en ese momento ya estaba algo desgastada por abandono mutuo, cosas de la vida. En un momento del partido, no sé muy bien quién sacó a la mesa un tema algo personal. Quizás nos preguntamos por nuestras novias, o por nuestro futuro a medio plazo, no importa demasiado. El caso es que la conversación se atascó a los pocos minutos y nos quedamos los dos callados mirando la pantalla. Intentando romper ese incómodo silencio, mi amigo me preguntó: “¿Te gusta Schneider?”, y la conversación volvió a fluir. Terminamos de ver el partido agusto y nos fuimos contentos a casa. En ocho días de Eurocopa, ya he intercambiado quince audios por wasap con este amigo. Efectivamente, no nos hemos preguntado por nuestras novias.  

Los Osos de Warwick

El otro día fui a la dentista, y mientras me hacía la limpieza de rigor, me dio un consejo relacionado con mi salud dental: si alguna vez te caes al suelo, procura no caer directamente con la boca porque eso es muy malo para los dientes, me dijo muy seria ¿Para qué complicarme la vida diciéndole que use más a menudo la seda dental o que se compre pasta de dientes en la farmacia, si no me va a hacer caso?, debió pensar la dentista. A estas alturas, consejos sencillos, de primero de primaria: si te caes al suelo, no pongas la boca. Y que pase el siguiente. 

La mayoría de las veces damos demasiadas vueltas a las cosas, y deberíamos simplificar, como mi dentista. Que si perdimos el partido por salir de inicio con tres centrales, o por jugar con los extremos a pie natural. Tendemos a racionalizarlo todo y a buscar explicaciones complejas a lo que sucede en el campo, cuando casi siempre es todo más sencillo. Fuimos peores, no hay más. Mi equipo ha quedado penúltimo este año en segunda y hemos bajado de división ¿Por qué? Porque hemos sido el segundo peor equipo de la categoría, y ya está. 

A Florentino le dijo el otro día Zidane que se iba, y sus asesores debieron de freírlo a consejos sobre el entrenador más idóneo para la próxima temporada. Que si Conte y su salida en corto, que si la capacidad de adaptación de Pochettino. Si te descuidas hasta le han mareado con algún entrenador alemán joven y loco y desconocido que presiona al rival en campo propio desde el minuto uno. No me liéis, habrá dicho Floren, que eso ya lo intenté con Queiroz y Luxemburgo con su cuadrado mágico, y salió como salió. Llamad a Carletto y a otra cosa. Decía David Mata en Twitter que traer a Carletto a estas alturas es como ponerte para salir a la calle esa camiseta que venías usando como pijama. Pero qué más da, simplifiquemos la vida, como Florentino, como mi dentista. Que te caes al suelo, no pongas la boca. Que te quedas sin entrenador, trae a Ancelotti.  

Cuando vivía en Inglaterra me apunté a un equipo de baloncesto local, los Osos de Warwick. John, el entrenador, debía de ser amigo de Florentino o de mi dentista, porque su filosofía a la hora de dar consejos era la misma. En uno de los primeros partidos de liga, perdiendo de veinte antes del descanso, John pidió tiempo muerto. A decir verdad, el partido estaba siendo un desastre, porque nos costaba mucho anotar y perdíamos pases constantemente. Nos dirigimos al banquillo en busca de soluciones y las indicaciones del míster fueron de una sencillez abrumadora: “hay que anotar más”, empezó diciendo, “ah, y perded menos pases”, añadió al concluir el tiempo muerto.

Salimos a la cancha con esta información y, efectivamente, terminamos perdiendo el partido por cuarenta puntos o más. Creo que no volví a jugar nunca con ellos y tampoco preguntaron nunca por mí, así que fair enough, Osos de Warwick. Por lo menos no me caí de boca en el último partido. 

Volveremos (a sufrir)

Ver fútbol es un constante sufrir. Sufres porque el equipo que quieres que gane no gana. Sufres porque el equipo que no quieres que gane sí que gana. 

Sufres al ver la clasificación. Los puntos de ventaja que tu equipo tiene sobre los puestos de descenso te parecen pocos, siempre insuficientes. Sufres al ver el calendario. Temes a los partidos contra rivales de la parte alta, pero temes todavía más a los partidos contra rivales directos. Temes hasta los partidos contra el Mirandés, que nunca se juega nada. 

Sufres por si no llegarás a casa a tiempo a ver el partido, y te tocará verlo grabado, sin poder mirar Twitter ni consultar en Mismarcadores los cambios en la clasificación en directo. Esto lo sufres en silencio, porque no quieres hartar a tu novia con tus manías, ni quieres tampoco que el resto de gente piense que eres el típico tío que se va a casa corriendo a ver el fútbol, aunque lo eres. 

El buen sabor de una victoria dura poco en comparación con el temor de la potencial derrota en la jornada siguiente. Si hacemos balance, con el fútbol sufres mucho más de lo que disfrutas, al final de una temporada. 

A falta de una jornada para terminar la Liga, mi equipo ha bajado de categoría. Llegamos al final de temporada con las opciones intactas. Sin embargo, en el momento clave, encadenamos una racha inesperada de cuatro derrotas seguidas, con 0 goles a favor y 8 en contra. A mitad de esta racha terrible cambiamos de nuevo de entrenador, por ver si generaba algún tipo de reacción. Imagino que esperaban provocar algo parecido a lo que generó Luis Aragonés antes de la Final de la Euro 2008 contra Alemania, cuando les dijo a los jugadores en la charla previa al partido que le daba igual que no jugara Wallace, porque si no jugaba Wallace saldría otro que correría más que él y sería aún más peligroso. Evidentemente, Luis quería decir Ballack pero lo llamó Wallace, aunque eso nos debería dar igual, porque la charla funcionó: España salió a tope en la Final, nos la llevamos por 1-0 y ahí empezó todo lo que vino después. Aquí no funcionó: echamos a Garrido, trajimos a Escobar, no sé qué les diría antes del partido, volvimos a perder contra el Rayo y descendidos matemáticamente a falta de un partido. 

Y ahora qué hago con todo ese tiempo invertido a lo largo del año, me pregunto. Esas tardes enfadado porque no hay nadie que remate los centros de Marc Mateu. Esas horas de sueño perdidas, quedándome hasta tarde para ver el partido grabado medio dormido después del capítulo de El cuento de la criada. Voy a descansar un poco del fútbol, me digo ayer mismo. Me voy a tomar la Euro con calma y la temporada que viene no pienso abonarme a Footters. 

El mismo día que pienso esto me veo haciendo planes con un amigo para ver la Final de la Europa League y comprobando qué pinta tiene el estadio del Atlético Sanluqueño, que el año que viene iremos allí de visitantes. No aprendo. Volveremos (a sufrir).

N’golo Kanté y una rana

Una amiga caminaba una noche por una calle un poco oscura y le pareció ver una rana en el suelo. Se paró en la acera y comenzó a acercarse a la rana muy poco a poco, con cuidado de no asustarla, para verla de más cerca. Cuando su cara estaba ya a escasos centímetros del animal, mi amiga se dio cuenta de la confusión: lo que había en la acera no era una rana sino una caca de perro. 

La vida está llena de confusiones y malentendidos. Hacia el final de una larga y dura noche de fiesta con mi hermana, lo único que yo alcanzaba a balbucear era algo parecido a lo siguiente: “¡Quiero movida!”, no paraba de repetir. Ante su petición de aclaraciones, mi respuesta solo era: “¡Movida pa mi boca!”. Mi hermana, alarmada por mi sorprendente y repentina búsqueda de drogas duras, me pidió que le hablara claro de una vez. A qué venía todo aquello y qué tipo de movida era la que quería meterme en la boca. Todo se aclaró cuando me encontré de frente con una barra de bar llena de comida: la única coca que me apetecía meterme en la boca era la de tomate. Movida pa mi boca se ha convertido en parte de nuestro vocabulario habitual, evidentemente.

Hay cosas que no son lo que parecen. Nos volvió a pasar algo parecido esta semana con N’golo Kanté. A base de repetir su parecido físico y de posición con Claude Makélélé, nos hemos creído que son el mismo jugador. También nos afecta, claro está, aquello que tan bien contaba Enrique Ballester sobre los negrocampistas: si eres negro y juegas de centrocampista, van a destacar tu físico, no importa lo que hagas con tu carrera. Después de la exhibición técnica de Kanté en las semifinales de Champions, igual ya no se nos olvida lo bueno que es N’golo con la pelota, pero lo dudo. Hay cosas que no son lo que parecen y hay cosas que no cambian. 

Hay otras cosas que sí cambian, y me parece bien. Hace unas semanas, por ejemplo, me sorprendí a mí mismo cogiendo un Cabify en la puerta de casa para ir directamente a una tienda de juegos de mesa, hecho que no supe si interpretar como adaptación perfecta al mundo moderno o de estupidez suprema (todavía no lo he resuelto). 

Más muestras de aceptación del cambio y de adaptación al mundo moderno: precisamente para ver las semifinales de Champions invité a casa a un tío que había conocido hace poco y con el que me había llevado bien. Le mandé un mensaje antes del partido para preguntarle qué le apetecía para cenar y fue ahí cuando recordé que el chico era vegano. En un gesto que me honra, no cancelé la cita ni nada, sino que preparé una ensalada para los dos, y así pasamos la noche del martes, viendo al bueno de Kanté no fallar ni un pase mientras nos comíamos una ensalada tropical. Al final, para pasar una buena semana, todo se reduce un poco a esto: comer sano, no drogarse, ver un par de buenos partidos de fútbol y asegurarse de que lo que vas a acariciar es efectivamente una rana y no una mierda de perro. 

Qué opinará Neville de la Superliga

Gary Neville, el ex-jugador del Manchester United, habló ayer de la Superliga para decir que le parece una absoluta desgracia, pura codicia, y que es un acto criminal de los clubes involucrados hacia los aficionados. No seré yo quien se ponga a matizar al bueno de Gary. Aprovecho la ocasión para contar que cuando viví en Inglaterra conocí a otro Neville (en este caso, era su nombre de pila). 

Los miércoles, al salir del trabajo, nos juntábamos unos cuantos en el instituto de Kineton para echar un partido de fútbol 7. Estos partidos tenían la mezcla perfecta de colegueo y competitividad. El nivel de los jugadores era aceptable y había siempre buen ambiente. Jugar a cero grados bajo una lluvia fina de enero era un aliciente más. La media de edad en estos partidos era de unos treinta años. Neville rompía esta tendencia. Alto, zurdo, algo lento pero con buen pie, discreto y con cierto parecido al John Locke de Perdidos, debía estar cerca de los cincuenta, pero daba el nivel. 

Una tarde de septiembre, hacia el final de un partido igualado, Neville y yo fuimos fuerte a por un balón dividido. Los dos saltamos al mismo tiempo y caímos juntos al suelo. Yo no me hice nada. Nada más tocar el suelo, Neville gritó. Me levanté con prisa y miré atrás. Neville se agarraba la pierna sin dejar de gritar. El pie izquierdo le colgaba en un ángulo extraño. Le había roto el tobillo a Neville. 

No me desmayé al verlo, pero faltó poco. Enseguida nos organizamos para llevarle al hospital. Acordamos que lo mejor sería que alguien cogiera el coche de Neville y se lo llevara de vuelta a Oxford (de donde él era). No tuve más remedio que presentarme voluntario. Metimos como pudimos a Neville en el asiento del copiloto de su Mercedes años 80 y me puse al volante. Yo no conocía mucho a Neville. Le acababa de romper el tobillo y ahora tenía que llevármelo en su propio coche durante una hora y media de viaje hasta Oxford. Temía que, en cuanto nos quedáramos solos, me gritara, me insultase, me dijera que era un inútil y que me iba a denunciar por violento. 

No sucedió nada de eso. Al minuto de arrancar, me dijo que no me preocupara en absoluto. Que sabía que había sido fortuito, mala suerte, que yo no tenía culpa de nada. Y cambió de tema al instante. No lloré al escuchar esto, pero faltó poco. Me preguntó por mi ciudad, por mi anterior trabajo, por mi equipo de fútbol. Debía de dolerle el tobillo horrores, pero no se quejó ni una vez, no me reprochó nada. Llegamos a Oxford y hasta me presentó a su mujer. Me dio una lección de elegancia, de generosidad, de empatía, de muchas cosas más, difícil de igualar. 

Poco elegantes, poco generosos, poco empáticos, han estado esta semana los doce grandes clubes europeos que han anunciado la creación inminente de la Superliga europea. Por no aburrir, no voy a repetir aquí todos los argumentos que ya se están dando por todas partes en contra de este triste plan, pero os los podéis imaginar. Me pregunto qué opinará Neville sobre la creación de la Superliga europea de fútbol.

Vinicius y los gofres

Hay gente que hace una cola muy larga para comprarse un gofre con forma de pene. Aparentemente, el gofre en sí no tiene nada de especial en cuanto a propiedades o sabor. Simplemente, tiene forma de pene. Lo vi el otro día en un video del Whatsapp: gente en Valencia esperando durante horas para comerse un dulce con forma de polla gigante. Pensé que algo así solo podía ser cosa de valencianos y que esta moda no llegaría a la ciudad en la que vivo. Por supuesto, me equivoqué. 

Alguien acostumbrado a equivocarse es Vinicius Junior. Algo tiene Vinicius que hace fácil identificarse con él. Yo creo que es esa capacidad de fallar una vez más, cuando parece que ya no se puede equivocar otra vez. No tengo el dato a mano, pero sí la impresión de que los cinco primeros goles que marcó con el Madrid fueron de rebote. Remates que iban a fuera de banda que terminaron en la portería tras golpear en un defensa. 

Todos cometemos errores; lo ideal sería no repetirlos y aprender de ellos. Vinicius falla constantemente porque se cree mejor de lo que es. Vinicius falla mucho, también, porque afronta cada jugada como si fuera el último minuto de una final que su equipo pierde por 0-1. Ninguna de estas dos cosas es necesariamente mala: demuestran una confianza en sus capacidades que ya nos gustaría tener a muchos. 

Por cosas de la vida, terminé haciendo una tesis doctoral. Terminar la tesis me costó dios y ayuda porque constantemente cometía errores de principiante en los planteamientos y en los cálculos que retrasaban todas las fechas de entrega. Con la tesis ya terminada, el día que imprimí y encuaderné la primera versión, mi supervisora me llamó a su despacho para avisarme de otro error grave en un cálculo crucial. Me vine muy abajo. Pensé que los evaluadores -que ya tenían sus respectivas copias- se darían cuenta e invalidarían todo el trabajo hecho durante los cuatro años anteriores. Tuve ganas de quemar la copia que tenía en mis manos y mandarlo todo a la mierda. Creo que hasta lloré. 

No ocurrió nada. Los evaluadores no se dieron cuenta del error. Mi supervisora y yo corregimos el fallo discretamente y volví a imprimir la versión arreglada. A veces te equivocas, todo parece muy grave, y no sucede absolutamente nada.

Vinicius tiene solo veinte años y ha estado a punto de convertirse en un meme. Cada error ridículo delante del portero se añadía a la ristra de errores ridículos anteriores, sin importar la cantidad de buenas jugadas que hubiera hecho entre medias. Hace poco lo sentencié, diciendo que en su carrera solo aspiraba a ser el quince o el veinte mejor jugador del mundo, como si eso fuera poco. Parece que tenemos prisa por ver a la gente fracasar. Vemos a alguien hacer cola para comerse un gofre con forma de pene y ya pensamos que todos los gofres que se comerá en su vida tendrán forma fálica. Y no. La gente aprende.

Vini vivió su gran noche la semana pasada contra el Liverpool. Un gran gol, mezcla de velocidad, control y definición nos dejó a todos con la boca abierta. Después marcó otro, llegando desde atrás, y el fin de semana le complicó muchísimo la vida al Barcelona saliendo rápido al contraataque con el balón bien controlado. Al marcar su primer gol contra el Liverpool, no se volvió loco en la celebración y sonrió a cámara con tranquilidad. No sé de qué os sorprendéis, parecía decirnos, yo siempre he sido así de bueno. 

Te quiero amordazar

Me pasa a veces. Leo un libro sobre una problemática que me interesa muchísimo y al terminar me quedo un poco como estaba al principio: me han explicado el problema con claridad y datos interesantes pero no me han aportado soluciones al final. Me ha ocurrido de nuevo con el último que he leído, La era del capitalismo de la vigilancia, de Soshana Zuboff, un tocho de ochocientas páginas sobre cómo las grandes tecnológicas se aprovechan de los datos que les proporcionamos para enriquecerse a nuestra costa. 

Cuenta muchas cosas Zuboff en este libro. Datos muy locos como que si una persona hiciera una lectura detenida de todas las políticas de privacidad con las que se encuentra a lo largo de un año, dedicaría 76 jornadas laborales completas. Menos mal que yo no leo ni una y puedo dedicar todo ese tiempo a mirar la clasificación del Grupo IV de la Segunda División B, que está increíble. 

Me cuenta Soshana también que las grandes tecnológicas mapean mi casa cada vez que pongo a funcionar la Roomba, pero no acabo de tener claro para qué querrá Facebook saber dónde tengo puesta la alfombra. Insiste Zuboff que Google se aprovecha de nuestra experiencia vital para convertirla en una materia prima que se acumula y se analiza al servicio de los fines mercantiles de otros. Entendido Soshana, ¿pero qué puedo hacer yo para evitar todo este desastre? No me lo ha dicho y no me lo dirá.   

Las grandes tecnológicas están aquí para hacernos la vida más fácil, te dirán sus defensores. Será a otros, les diré yo. Cada vez que escribo la palabra “cojo” en el Whatsapp (cojo el autobús), el teclado predictivo escribe directamente “cojonudo”. La otra noche le mandé a mi novia un mensaje de buenas noches y el teclado predictivo, en lugar de escribir “te quiero amor” prefirió “te quiero amordazar”. En otra ocasión, quise recomendar la serie Breaking Bad pero terminé sugiriendo la secuela “Breaking Badajoz”. Y así hasta el infinito. 

Esto ya lo sabemos todos: las grandes tecnológicas utilizan nuestro historial de internet para colarnos anuncios. A mi solo intentan venderme dos tipos de productos: camisetas en las sale impreso un gorila gigante y medias sexys. No sabría decirte cómo ha llegado Facebook a esa conclusión sobre mi. 

En el fútbol pasa lo mismo. El VAR venía a librarnos por fin de las polémicas y para que en prensa se hablara solo del juego en sí, pero lo único que ha conseguido hasta el momento ha sido complicar el reglamento y doblar el número de polémicas por jornada. La teoría estaba clara: el VAR se emplearía únicamente en casos muy concretos para corregir errores graves del árbitro de campo, pero la práctica nos dice que al mínimo roce dentro del área mandan revisarlo todo a cámara lenta. Abusar de la tecnología para resolver problemas sencillos nos complica la existencia, deberíamos haberlo aprendido ya, y sin necesidad de haber leído a Soshana Zuboff.  

Con el VAR, me atrevería a sugerir el enfoque que tienen mis padres con su Alexa. La tienen en la cocina pero solo la utilizan para lo verdaderamente importante: preguntarle el tiempo que va a hacer ese día y poner la Cadena SER.

Muy poca épica

Para empezar, un chiste malo. Hoy se cumple justo un año de dos hechos históricos y desgraciados: el gobierno declaró el estado de alarma en España por la pandemia de covid-19 y yo empecé a escribir estas columnas.

Hay curiosidad por ver cómo se percibirán aquellos días dentro de veinte o treinta años. Mucha gente sostiene que será nuestro 23-F. ¿Qué hacías el 14 de Marzo de 2020?, nos preguntaremos unos a otros dentro de unos cuantos años. Mi respuesta tendrá muy poca épica: me fui a El Corte Inglés a comprar algo para la cena, diré.  

Tengo dos amigas que el día que se declaró el estado de alarma se fueron al campo a buscar espárragos. Y bien que hicieron. Hubo mucho cachondeo en el grupo de amigos del whatsapp con lo de los espárragos, y todavía lo hay. Los espárragos se han convertido en una especie de símbolo, no sé muy bien de qué. Cuando alguien se queja de lo poco que cumple la gente las normas anti-covid, otro alguien saca de nuevo a la luz el tema de los espárragos, y nos reímos un rato. 

Ahora suena a chiste macabro, pero el día que nos encerraron en casa, mi principal preocupación era si se disputaría la Final de Copa del Rey, que ese año se jugaba en la ciudad en la que vivo y se esperaba un ambiente fantástico. La Final estaba prevista para el 4 de abril. Ese día se notificaron 932 fallecidos en España, el segundo día con más muertos por la pandemia. A día de hoy, ese partido todavía no se ha jugado. Muy bien ubicadas mis prioridades el 14 de Marzo de 2020. 

No sé si les ocurrirá a otros, pero con el tiempo he ido idealizando algunas de las cosas del confinamiento extremo. Las subidas a la azotea a escuchar Carne Cruda, las excursiones rápidas al kiosko a por el periódico del domingo y las llamadas por teléfono continuas en las que todo el rato nos contábamos las mismas cosas unos a otros. Pienso en aquellos días y la sensación que me viene es la de estar viviendo algo especial, como una aventura de andar por casa. Es obvio que siento esto porque en ningún momento me afectó de lleno la enfermedad. Pero un poco también porque con el paso del tiempo terminamos por idealizarlo casi todo, desde las fiestas a las que hemos ido, las relaciones que hemos tenido hasta los partidos que más nos marcaron. Los expertos te dirán que es un mecanismo de no sé qué, y me parecerá bien. También tengo claro que nunca me veré repetido el Holanda-Rusia de la Euro 2008, por si acaso.  

Si me preguntan si aprendí algo el año de la pandemia, lo primero que me vendrá a la cabeza será lo siguiente: el truco para no dormirse viendo una película es poner una película buena. Por lo demás, justo un año después todo sigue más o menos igual: mis amigas lo celebraron yéndose otra vez a por espárragos, el estado de alarma sigue declarado y aquí llega una nueva columna sin importancia. 

El espejo del baño

Este es un recurso que utilizo mucho cuando me felicitan por mi cumpleaños: somos mayores, digo, pero todavía estamos a tiempo de jugar un Mundial. Llevo años diciéndolo y siempre hace gracia entre mis amigos hombres. Dentro de poco ya no lo podré utilizar. 

Siempre es un poco extraño el día de tu cumpleaños, por aquello de tener que pasarlo bien y estar contento, cuando quizás lo que te apetece justo ese día es no hacer nada, o estar de mal humor, o trabajar, incluso. Hay que rendir en el día de tu cumpleaños, pasarlo de puta madre y sonreír todo el rato. Los 27 los cumplí en el extranjero, en un sitio al que acababa de llegar y casi no conocía a nadie. Pasé la noche a la fuerza tomando cervezas con unas cuantas personas que había conocido un par de semanas atrás, deseando llegar a casa cuanto antes y ponerme un capítulo de The Wire.  

Hay ocasiones en las que todo el mundo espera que respondas de una manera determinada, que te lo pases bien, que rindas, y por lo que sea no sale. No pasa nada. He jugado muchos años a baloncesto, normalmente ocupándome en mis equipos de aspectos rutinarios del juego. Para variar, hubo un año en que me salía todo. Anotaba con facilidad, daba asistencias y defendía a toda pista el tiempo que fuera necesario. Hacia el final de temporada, en un partido importante en casa del Nules, mi entrenador me cogió aparte antes del partido y con un discurso sencillo pero motivador me pidió que saliera a la pista y me jugara todos los balones que quisiera, que el equipo iba a jugar ese día para mi y que con mi estado de forma me iba a salir. El partido era mío. El resultado de este discurso motivador es fácil de adivinar: hice el peor partido del año. Ninguno de mis tiros tocó aro, perdí cada balón que recibí y pedí el cambio a la desesperada en el segundo cuarto. Perdimos el partido y mi temporada se fue a la mierda a partir de entonces. 

Se habla mucho del paso del tiempo en estas columnas, e igual no es casualidad, aunque si lo pienso me doy cuenta de que se habla mucho del paso del tiempo en la mayoría de columnas que me gustan. Por quien no pasa el tiempo es por Cristiano, otro año máximo goleador de la Serie A con 38 años, y lo que le queda. Tengo curiosidad por ver cómo se hablará de Cristiano dentro de treinta o cuarenta años (en teoría lo viviré). Curiosidad por ver si en el futuro todavía se le hace de menos, criticándolo con comentarios como que “solo sabe meter goles”, que sería más o menos como criticar a un escritor porque solo sabe escribir novelas. 

No me puedo quejar. No estoy tan bien como Cristiano pero tampoco me ha pasado aún lo que canta Kurt Vile en Pretty Pimpin, cuando dice que se levantó una mañana y no se reconocía en el espejo del baño. Puedo seguir diciéndolo unos cuantos años más: estoy a tiempo de jugar un Mundial.

El hat-trick de Mbappé

Ya habíamos oído hablar de ellos, pero esta semana han irrumpido de verdad en nuestras vidas Erling Haaland y Kylian Mbappé, muy probablemente los dos próximos grandes genios del fútbol mundial. 

El tiempo pasa y todo se renueva, para que las cosas terminen quedándose más o menos como estaban. Messi y Cristiano declinan y quien los sustituyen son dos chicos que por características parecen renovar la misma rivalidad: Kylian es el más fino, el de la filigrana y el disparo sutil al ángulo; Erling es el tanque, la fuerza bruta y la potencia al servicio del gol. La década del 20 al 30 será suya. 

En el PC Fútbol de los noventa pasaba algo parecido. Cuando ya llevabas 20 años siendo entrenador del Cacereño y habías ganado la Champions cuatro veces, la base de datos del juego se iba renovando automáticamente con jugadores de características idénticas a los originales, pero con nombre distinto. En el Flamengo aparecía el nuevo Savio (llamándose por ejemplo G. Paulista), y en algún equipo Yugoslavo aparecía el nuevo Mijatovic (bajo el seudónimo de S. Kovac). Me encantaba encontrarme en el juego a los nuevos Savio o Mijatovic, igual que me flipa encontrarme ahora a Haaland y Mbappé en la vida real. 

Me voy a hacer un lío con las edades de las nuevas figuras. Hasta ahora tenía bastante habilidad en conocer la edad de los futbolistas comparándola con la mía. Torres e Iniesta son de mi año; Villa tres años más viejo y Cristiano un año más joven, por ejemplo. Sumas y restas fáciles. No obstante, este truquito se ha terminado. No me veo en un futuro cercano diciendo: “ah sí, tal jugador tiene veinte años, lo sé porque tiene diecisiete menos que yo”. Poco práctico para hacer cálculos y demasiado friki para la sociedad en general. 

Una sensación parecida de renovación la tuve el otro día paseando al lado del río. Había mogollón de gente haciendo botellón. Como yo ya no hago botellón, pensaba que nadie lo hacía tampoco, pero allí estaban aquellos centenares de post-adolescentes para ponernos en mi sitio a mí y a mis amigos. Da cosita darte cuenta de que eres el que está al otro lado del botellón: fuera del botellón. Da cosita pero es normal, hay que dejar paso a las nuevas figuras. Cuando yo tenía 16 y ya empezaba a salir, mi tío me dijo que él dejó de hacerlo el día que llegó a la Plaza de los Dolores en Benicassim y no conocía a nadie. Se dio la vuelta y se marchó a casa para siempre. Yo me he ahorrado ese mal trago porque ahora está prohibido salir y también porque casi ni me apetece, pero sospecho que estaré ahí, ahí. 

Ahora tengo amigos que coleccionan vinilos o cámaras de fotos antiguas, pero no pasa nada, hay que quererlos igual. No estará relacionado, pero el mismo día que vi el botellón masivo junto al río soñé con un amigo con quien he hecho muchos botellones y ahora hace tiempo que no veo. En mi sueño él llevaba bastante mala vida y yo presenciaba cómo lo detenía la policía, pero no le saludaba porque me sabía mal. Me desperté sobresaltado y con mal cuerpo, pero no le llamé ni le envié un whatsapp, ni nada. Me vestí con la ropa de correr y mientras se calentaba la leche en el micro, me puse otra vez en el móvil el hat-trick de Mbappé.