Pepa y el Loco Bielsa

Hace un año, más o menos, un tuitero al que sigo rescató a un lorito que estaba solo en la calle, probablemente a punto de morir. El tuitero se llevó a casa al loro (a quien bautizó como Pepa), lo limpió, le dio de comer, y mantuvo a la audiencia tuitera informada sobre su evolución. Después de un año de convivencia feliz, hace pocos días contó que Pepa se había escapado en un descuido suyo. Estaba muy preocupado porque sabía que no sobreviviría ni dos días a espacio abierto, acostumbrada ya a una vida cómoda sin depredadores. Puso carteles por el barrio e informó a los adolescentes de la plaza de que si la veían, por favor le llamaran, y de que habría una recompensa en ese caso. 

Anoche mi equipo se jugaba ascender a Segunda división después de diez años, a un partido, en un campo sin público. El partido empezó bien porque nos adelantamos en el marcador en el minuto 15 con un gol del central derecho. Tras el gol, mi equipo se echó atrás y dejó que el rival dominara el juego, esperando pacientemente una ocasión a la contra que sentenciara el partido y el ascenso de categoría. 

También ayer por la tarde, antes del partido, el tuitero contó que hacía pocos minutos, un niño se había puesto en contacto con él para decirle que había visto a Pepa en el parque. El tuitero, que estaba a kilómetros de distancia, cogió la bici y llegó al parque en tiempo de récord del mundo. 

A partir del minuto 45 empezó el miedo. Ese miedo innecesario al que nos sometemos de manera voluntaria los aficionados al fútbol por algo que ni nos va ni nos viene. Un miedo artificial, totalmente evitable y mal dirigido, un poco como ese miedo absurdo del que hablaba Svetlana Alexeievich en Voces de Chernóbil, cuando decía que los empleados de la central nuclear tenían más miedo de sus superiores que del átomo radioactivo. El equipo rival empató en el 83 y nos fuimos a la prórroga. 

El tuitero llegó al parque para comprobar que allí ya no estaban ni Pepa ni el niño, que se había tenido que ir a cenar. Fue a por una linterna y buscó metódicamente en todos los árboles del parque durante varias horas. Los adolescentes habituales, con el botellón ya en marcha, empezaron a reírse de él. 

Aunque estuviéramos con un jugador más, la prórroga terminó también en empate y nos fuimos a los penaltis. En la tanda, mi equipo falló tres de los cinco lanzamientos y nos quedamos sin ascender. A esa misma hora, el tuitero, un hombre de mi edad, se peleaba con los adolescentes del parque. Volvió a casa herido, preocupado por si le caía una denuncia por abuso de menores, y sin Pepa. 

En mi casa, yo me iba a la cama hundido por ambos acontecimientos, diciéndome una vez más que aquel sufrimiento no merecía la pena. En un último vistazo al móvil me encontré con unas declaraciones recientes de Marcelo Bielsa, que había confirmado estos días su ascenso con el Leeds a la Premier: “Acepten la injusticia, traguen el veneno; que todo se equilibra al final”. 

Si lo dice el Loco, habrá que creer un poco más. El jueves y el domingo volvemos a intentarlo. Igual hasta vuelve a aparecer Pepa en el parque.

11/07/2020: Gol de Iniesta

Ya lo habréis leído en todos los periódicos, pero os lo recuerdo yo también: hoy se cumplen diez años desde que España ganó el Mundial de Sudáfrica. No quería escribir sobre esto porque ya está todo el mundo escribiendo sobre ello y porque ya he sacado yo el tema suficiente por aquí y no quiero ser pesado, pero al final me liaré. 

Yo quería hoy hablar del dueño del bar al que bajo a ver el fútbol, el Márquez, que llama Enchufati a Ansu Fati, no tengo muy claro si en broma o porque de verdad piensa que se llama Enchufati. La primera vez que lo dijo me reí porque pensaba que estaba haciendo un chiste, pero como el Márquez no se reía yo he dejado de hacerlo también. Quería enlazar esta anécdota con algo que me pasaba a menudo cuando vivía en Inglaterra: no debía de pronunciar bien mi nombre, porque cada vez que decía que me llamaba David (pronunciado “Deivid”), mi interlocutor entendía que me llamaba “Baby”, que obviamente suena mucho peor que Enchufati. 

Tampoco quería escribir sobre la final del Mundial 2010 porque creo que lo gracioso ya lo dije aquí hace unas semanas. No sé si ya dije que ese día desayuné helado a las seis de la tarde porque acababa de sobrevivir a la peor resaca de mi vida, después de una noche de fiesta con una camiseta de imitación de la Cibona de Zagreb. Esa final nos flipó tanto a mi grupo de amigos que decidimos quedar todos los 11 de Julio siguientes para ver el partido repetido. Evidentemente, no lo hicimos nunca y pasó a engrosar el cajón de todos los planes locos que haces con tus amigos que nunca llegas a cumplir, pero la intención estaba ahí. En otra ocasión, también decidimos reproducir Días de Fútbol escena por escena, y hasta me senté un par de tardes a escribir el guión, también hasta que me di cuenta de que el tiempo es finito y que mejor dedicarlo a cosas que uno pueda terminar.   

Enchufati tenía 8 años en 2010, así que igual hasta vió la final desde su casa en Guinea-Bissau. Un día, para evitar que la persona que tenía enfrente pensara que me llamaba Baby, improvisé contestando que me llamo Dave (pronunciado “Deif”), diciéndolo muy despacio y exagerando mucho la pronunciación de las consonantes, pero no arregló nada, porque lo que entendió fue que me llamaba Babe (como el cerdito valiente). 

Otro motivo para no escribir sobre la final de aquel Mundial es que corría el riesgo de ponerme melodrámatico. Como no quería que nadie me molestara en mi nerviosismo, vi todos los partidos en casa. Cuando el árbitro pitó el final de la prórroga, los cuatro miembros de mi familia corrimos a abrazarnos delante de la tele. Fue un abrazo torpe de tres o cuatro segundos, y no tendría más historia si no fuera porque es la única vez que recuerdo que nos hayamos abrazado los cuatro a la vez. Tampoco somos muy de abrazarnos en mi casa, también te lo digo.

Gente normal

Últimamente me he obligado a apuntar en una libretita frases que leo en libros y me parecen interesantes, con la idea de incluirlas en algún momento en los textos que publico aquí. Lo que sucede a menudo es que abro la libretita días después esperando encontrar un material increible que me inspire a escribir columnas muy profundas, pero no les veo nada de especial a las cosas que he apuntado. Las miro, las releo y no les encuentro la gracia o la genialidad por ningún lado, y me quedo sin entender qué vio allí mi yo del pasado en aquella frase insulsa. Esta es la última que me he encontrado, sacada de la novela Gente Normal de Sally Rooney: “su personalidad le parecía como algo externo a sí mismo, gestionado por las opiniones de otros, más que algo que hiciera o produjera él individualmente”. Dime qué quieres que haga con esto, yo del pasado. 

Me pasa algo parecido con Netflix (y Amazon Prime y Filmin y todas las otras plataformas). Cuando no tengo tiempo de ver nada, me entretengo mirando los catálogos en busca de novedades y de joyas ocultas. Casi siempre encuentro varias películas o documentales que me parecen interesantísimos, me los guardo en favoritos y me entran unas ganas tremendas de verlos, cuando tenga tiempo. Días después, con horas libres por delante, reviso la lista de favoritos y no me apetece ver nada de lo que hay allí. Todo me parece muy serio o muy largo y me pregunto de nuevo qué le vi de interesante a aquellos documentales tan raros. Así que casi siempre termino por no ver nada, o por ponerme una peli que ya he visto, con lo que la lista de favoritos va incrementándose hasta el infinito sin llegar a haber visto ninguna de esas maravillas. 

Encuéntrale explicación a esto, si puedes. Cosas que nos parecen interesantes para un futuro cercano, pero no para el presente. Es un poco como quien se compra seda dental porque se lo dice el dentista, se emplaza a sí mismo a usarla a diario pero termina guardándola en el armario del baño junto al resto de sedas dentales anteriores. 

A punto de que terminara el confinamiento, con la Liga a punto de volver, me dije que bajaría casi todas las noches al Bartolina a ver el partido de cada noche. El plan me parecía interesantísimo, porque no solo estaría al día de lo que sucede en el campeonato, sino que ayudaría al comercio local a recuperarse, me haría casi íntimo del Márquez y podría empezar a conocer a fondo a los curiosos clientes habituales, que igual te comentan el arte con la que ponía las banderillas El Fandi que lo bien que está gestionando su carrera Miley Cirus. Incluso vería Bundesliga si hacía falta, para comprobar si de verdad es tan bueno Dani Olmo o si Haaland las mete tan fácil como parece en los resúmenes. 

El resultado de este plan magnífico no hace falta que lo cuente pero se lo puede uno imaginar. He bajado dos noches al Bartolina y no he hablado con nadie.  

21/06/2020: Bolivia, Vietnam, Guatemala

A lo mejor ya nunca voy a Bolivia, o a Vietnam, o a Guatemala o a ningún otro de esos otros sitios locos a los que en algún momento me apeteció ir en los últimos años. A lo mejor el concepto de viajar cambia tanto que el turismo vuelve a ser como era hace cuarenta años, cuando volar era una extravagancia. Leo muchas cosas últimamente sobre el futuro inmediato del turismo en un mundo post-pandemia. Decía hoy Elvira Lindo en El País que no iba a echar de menos ese mundo de hace cuatro meses en el que se viajaba porque sí, ya fuera por trabajo o por placer, en el que perdíamos tantas horas en aeropuertos que podían llegar a sumar días al cabo del año. 

No voy a decir la chorrada de que viajar está sobrevalorado porque no lo está, porque viajando conoces mejor a la gente con la que viajas y aprendes cosas y te diviertes y construyes recuerdos. Me lo dice mucho una amiga lo de construir recuerdos, y viajar va mucho de eso, de construirlos y de idealizarlos poco después. 

Eso sí lo hacemos, o lo hago yo al menos: quedarte solo con lo bueno de un viaje aunque siendo justos haya sido flojete. A principio de este año estuve en Nápoles con mi novia y aunque nos reímos mucho con las gilipolleces habituales, nos cuesta reconocer que el destino elegido fue un error, que hubo que hacer cola hasta para comernos una pizza de dos ingredientes, que no nos salimos de las cuatro calles habituales por miedo a las bandas de niños de las que habla Roberto Saviano y que ni rastro de estatuas venerando a Maradona en el Barrio Español. 

No pasa nada por idealizar. En 2004 fui de Interrail con un colega y el viaje resultó ser un desastre porque no nos conocíamos demasiado, agotamos todas las conversaciones interesantes en el primer tren, y ni nos conocimos más, ni nos caímos mejor en las tres semanas siguientes alrededor de Francia y el Benelux. Aun así, guardo buen recuerdo del viaje y de mi colega y cuento a menudo las dos o tres anécdotas graciosas del viaje. En 2007 fui con otros tres amigos a Albacete, en una de las pocas veces que he acompañado a mi equipo de fútbol en campo contrario. Recordar como épico un partido en el Carlos Belmonte que terminó 0-1 gol de Nákor es sin duda idealizar, pero qué más da. Una hora antes del partido estábamos completamente borrachos hablando con gente de la Curva Rommel en el Bar Estadio y uno de mis amigos, puestos a idealizar, decía que aquellas eran las mejores gambas al ajillo que había probado en su vida. Gambas al ajillo. En Albacete. Céntrate, Tomás, por favor. Al terminar el partido, el central titular de mi equipo lanzó la camiseta a la grada y la agarré yo, casi quitándosela de las manos a un niño que tenía al lado. Unos meses después, todavía no sé muy bien por qué, se la regalé del puntazo a una chica que había conocido poco antes en un viaje también idealizado. 

A lo mejor ya no voy a Bolivia, Vietnam o Guatemala, pero no pasa nada. Poco tiempo después de regalarle la camiseta, esta chica terminó tratándome fatal. Mi equipo se salvó ese año pero bajó dos categorías seguidas en los dos años siguientes. La camiseta del central titular de mi equipo no la volví a ver nunca y si te descuidas el Bar Estadio ha cerrado durante el confinamiento. Cuidado con idealizar.

14/06/2020: Bandeja de riñones

Esta semana hizo un año que me mudé a esta ciudad (y a este país, en realidad). Me encanta acordarme de esos primeros días en una ciudad de la que no conocía casi nada. Días que en aquel momento los vivía como vulgares y que hoy recuerdo como súper intensos. Siempre pasa esto. Nos ocurren cosas flipantes y no nos enteramos hasta meses después. 

Comenté este aniversario con una chica que acababa de conocer y lo primero que me preguntó al respecto fue si había podido hacer amigos durante este año, porque hacer amigos se le hacía a ella cada vez más difícil a esta edad. También pasa esto, y da bastante pena. Cumplimos treinta, nos ponemos a currar -y algunos incluso a tener hijos- y de repente hacer amigos es más difícil que subir de Segunda B a Segunda A. Me contaba esta chica que su novio siempre dice que hay que saber algo de fútbol para poder romper el hielo con otros tíos, no quedarse fuera de las conversaciones y así poder hacer amigos. Por supuesto le di la razón a su novio y por poco le cuento la historia de mi amigo Michal el checo, que a la mínima que puedo la suelto (aquí ya la conté). También sobre esto dijo el otro día Layla Martínez en Twitter: hacer amigos a partir de los 30 es como poner pegatinas que no se pegan, o algo así. 

Sobre hacer amigos va Euphoria, la última que he visto en HBO, una serie repleta de penes explícitos y historias fascinantes de peña de quince años que se monta a unas fiestas a las que yo no he ido en mi vida, y que ya no iré. Que mi mayor aspiración a los quince años era seguir jugando un gol-portero bajo de casa, joder, y esta gente tiene una facilidad para drogarse y tener sexo con gente guapísima que acojona. Que igual lo más parecido que he tenido yo en mi vida a Euphoria fue cuando en mi veinticinco cumpleaños nos quedamos todos en calzoncillos en el piso de un amigo, un poco porque me los acababan de regalar y otro poco por aburrimiento y por hacer la gracia. Después de Euphoria me he puesto a ver Girls y la cosa no mejora en ese sentido. Me gustan mucho las dos series, eso sí. 

He tenido alguna vez esa sensación de las pegatinas que no se pegan. Quedar con alguien para ver la ida de los octavos de final de Champions, ilusionarte con haber conocido a un tío majo, y esperar como un tonto a que te manden un wasap para ver el partido de vuelta (sin éxito). Eso no me pasaba hace diez años: en junio de 2008 quedé una tarde con el colega del piso en el que nos quedamos en calzoncillos para ver el partido inaugural de la Eurocopa de 2008 y prácticamente del tirón y sin haberlo planeado nos vimos el torneo entero en el mismo bar, el Paco´s, que estaba a dos minutos de su casa. Un bar en el que cada vez que entrábamos, sin habernos saludado, el dueño entraba en la cocina a prepararnos cualquier cosa sin preguntarnos qué queríamos tomar. Mi colega y yo creíamos firmemente que Paco nos cocinaba lo mejor que tenía en la despensa, aunque lo que muy probablemente hacía el cabrón era sacarnos lo que ese día tenía a punto de caducar. Le cogimos cariño a Paco también, aunque no viera ni un minuto del Croacia-Turquía con nosotros. Una noche nos sacó una bandeja de riñones de vete a saber qué animal y nos la comimos entera como si fueran ostras. El bar tampoco se llamaba Paco´s, pero nos gustaba llamarlo así.

07/06/2020: Protocolos de limpieza

La vuelta a la normalidad está siendo tan progresiva que ahora mismo no soy capaz de distinguir si estoy confinado o estoy haciendo vida normal. Recuerdo que hace un par de meses fantaseaba con el día en que nos dejaran salir de casa a hacer las cosas que nos gustan hacer, y me lo imaginaba como un día muy loco, en el que todos nos lanzaríamos a las calles como animales, nos pediríamos siete cervezas de golpe y nos abrazaríamos con el primero que nos encontráramos en el portal de casa. 

La vida, sin embargo, ha vuelto a ser tan anticlimática como lo es casi siempre. Nos dejan hacer vida normal, pero no del todo. Terrazas abiertas, pero al 50%, no os flipéis. Ve a hacer la compra a la hora que quieras, pero ponte esta bolsa de plástico en las manos al entrar. Vuelve la Liga y habrá fútbol todos los días hasta no se sabe cuándo, pero no habrá público en los estadios. Las piscinas, al parecer, van a tener una normativa tan compleja -con protocolos de limpieza cada ocho horas, sistemas de turnos y control de aforo- que muchas urbanizaciones han decidido no abrirlas. Las discotecas ya pueden hacerlo, pero los clientes no pueden bailar. Un poco como aquel colegio en el que el patio era tan pequeño que los niños no tenían permitido correr. Me habría gustado ver ese colegio con niños jugando al fútbol andando (la infancia soñada de Antonio Cassano).   

Salen síndromes nuevos estos días. Del que se habla ahora es del síndrome de la cabaña: gente que lleva tanto tiempo confinada que le ha cogido miedo a la calle y ahora ya no quiere salir de casa, aunque pueda. A mi no me pasa lo de la cabaña, tengo ganas de salir a la calle, y es que vivo en un piso con vistas solo a un patio interior con una sonoridad tal que oigo a mi vecina hasta cuando come pipas, sin exagerar. 

Así que salgo y paseo durante horas como si eso fuera lo único que está permitido hacer. Con un espíritu ciudadano ejemplar, salgo siempre con la mascarilla puesta con la intención de no quitármela hasta que vuelva a casa, pero esta buena intención me dura cada vez menos y me guardo la mascarilla en la mochila a la mínima excusa. Me pasa un poco lo mismo con lo de felicitar los cumpleaños. Todos los comienzos de enero me propongo que ese año voy a felicitar a todo el mundo, que a todos nos hace ilusión que se acuerden de nosotros aunque sea un día al año. Empiezo mi ronda de felicitaciones con muy buena intención, pero poco a poco me voy desinflando hasta que llega septiembre y ya no me acuerdo de nadie y menos mal que mis padres cumplen a principio de año. Esto provoca una extraña asimetría de aprecios entre mis conocidos: hay unas cuantas personas de principios de enero que deben pensar que les quiero una barbaridad y les echo muchísimo de menos, mientras que hay gente nacida en diciembre que debe haber olvidado hasta de que existo. Me gustaría saber qué piensa esa gente de principios de enero. Por qué demonios sigue felicitándome este chaval si hace años que no nos vemos. Las felicitaciones se acumulan de manera ridícula en el whatsapp porque el resto del año no hablamos de nada. Es mi síndrome de la cabaña particular: tengo miedo de dejar de felicitar a la gente, y que llegue el mío y no se acuerde ni Christopher.

31/05/2020: La mejor época

2020 sonaba muy bien como año para que pasaran cosas guays. Un número redondo, par, estéticamente impecable y con bastante poder simbólico. Esto se dice mucho: cuando de pequeños pensábamos en el futuro (2020, por ejemplo), nos imaginábamos cosas muy locas. Yo, por ejemplo, no creo que me imaginara el 2020 como una realidad llena de coches voladores. Lo que seguro que tampoco pensaba es que la principal novedad de este año fuera que para atenderte en el dentista te pusieran un gorrito de ducha. 

Así que el futuro era esto: gorritos de ducha en el dentista y gel desinfectante en la puerta del Zara. Mi novia hablaba el otro día con una amiga inglesa, quien le preguntaba que cómo sentía por entrar en fase 2 (en UK todavía andaban por la 1), a lo que ella le respondió que “like normal life, but weirder”. Esto es exactamente el futuro: lo mismo que antes, pero más chungo. Tan chungo como perder unas zapatillas de deporte en tu propia casa y que las opciones más plausibles que se te ocurren sean que se las ha llevado un mapache o que las has tirado tú mismo a la basura, nunca lo sabré. A veces pasan cosas chungas, y mejor no saber del todo qué ha pasado, porque imaginarme que alguien ha escalado hasta mi balcón para llevarse unas zapatillas viejas me asusta y me da risa a partes iguales.  

Hablando de cosas chungas, me jode que la mejor época del año la vamos a vivir en 2020 en medio de esta situación extraña. La mejor época del año -esa en la que los días empiezan a ser larguísimos, hace calor sin llegar a sofocar, vas por primera vez a la playa y el agua aún está fría- en realidad dura muy poco. Tan poco que cuando te quieres dar cuenta, no has hecho nada especial esos días, la noche más corta del año ya ha pasado, el calor molesta, alguien del Sky ha ganado el Tour, Septiembre está a la vuelta de la esquina y el verano se te ha esfumado otra vez. Luego llega Noviembre y nadie espera nada de él. Que igual te están pasando cosas maravillosas y ni te enteras porque es el puto Noviembre y a ver si se acaba de una vez y llega la Navidad. 

En esta época del año siempre ando muy nervioso, precisamente por eso, por querer disfrutar a tope de la mejor época del año. Por ese ansia de tener que hacer algo, especialmente ahora, en esta época. Ayer salimos a cenar con amigos y después a tomar una copa. En cada mesa del bar había un cartelito que te avisaba que, dadas las circunstancias excepcionales, el tiempo de permanencia en la mesa era de máximo una hora por grupo (empezando a contar desde que te sirven la copa, nos aclaró el camarero). A disfrutar, pero solo una hora chavales, que hay gente a la cola. 

Pues eso, like normal life, but weirder. Algo parecido dijo alguien el otro día en Twitter: 2020, si todo sale bien, habrá sido un año de mierda.

20/05/2020: Ese aficionado barbudo

Hay semanas en las que miras atrás y dices: no ha pasado nada. Luego te esfuerzas un poco más y te das cuenta de que no, que no ha pasado nada relevante; que lo más rescatable de los últimos días es que fuiste a la oficina a recoger un portátil nuevo, que te desinfectaron con Sanytol hasta la tarjeta de entrada y que el informático te atendió en remoto desde una pantalla dentro de una sala de reuniones enorme y vacía. Al terminar le pregunté si me podía dar un ratón también, y para eso ya vino desde donde estuviera y me lo dio en mano, envuelto en un papel de los de secarse las manos. Parece que tecnológicamente hemos resuelto lo de solucionar problemas informáticos a distancia pero todavía no lo de hacer entrega de hardware. Fantaseo un poco con que el ratón me lo debería haber entregado un dron o un robot mayordomo, que a poder ser se hubiera autodestruido al hacer la entrega, por aquello de evitar contagios. Me encanta hacer bromas sobre robots, no lo puedo evitar. 

He vuelto a caer en lo mismo, una vez más. Todos son idiotas menos tú, como decía el titular del artículo de El Confidencial que leí esta mañana. Al parecer, el 69% de los españoles creemos estar cumpliendo con el confinamiento a la perfección, pero pensamos que solo el 6% del resto lo hacen. Los números no me salen. Al parecer tiene nombre esto: sesgo de correspondencia (que ante un comportamiento que puede ser percibido como erróneo, nos resulta más fácil justificar nuestro incumplimiento que el de los demás). La próxima vez no hago bromas de que el informático me haya dado el ratón envuelto en una servilleta. 

Ha sido una semana tan insulsa que hace un par de días leí que las estatuas de cabezas de la Isla de Pascua están colocadas dándole la espalda al mar y me pareció lo más interesante y bizarro que había leído en meses y quería contárselo a todo el mundo y no encontraba el contexto, como cuando Joey de Friends solo pudo comprarse la letra V de una enciclopedia completa y forzaba para hablar todo el rato de volcanes, Venecia y vasectomías. Ha pasado tan poco esta semana que me he visto la docuserie de Netflix sobre el Sunderland AFC casi de una sentada. Y es normal: está tan bien explicado que empatizas completamente con ese aficionado barbudo que va al estadio con su hijo y se ilusiona porque han fichado a un delantero del Wigan; con esos directivos que han comprado el club viniendo de Oxford y que se les ve sufrir como si se hubieran criado en el Noreste de Inglaterra. Joder, empatizo tanto que veo el último episodio nervioso y dando indicaciones a los jugadores aunque soy consciente de que es un partido que se jugó hace dos años y ya sepa cómo terminó. Me meto de lleno hasta el punto de que me emociono un poco con esa mujer que al final del playoff de ascenso le pregunta entre lágrimas a su marido que por qué nunca son ellos los que celebran cosas mientras mira con envidia a la grada donde están los aficionados del Charlton Athletic.

17/05/2020: Lo normal

Por poco no escribo nada esta semana, y es que por repetitivo, todo empieza a dar muchísima pereza. Mi novia y yo empezamos el confinamiento marcando en el calendarios los días que pasábamos encerrados, que nos hacía casi ilusión rodear con un circulito los días que pasaban en Marzo, pero ya da pereza hasta esto. Me había propuesto escribir sobre el concepto de Nueva Normalidad pero no sé muy bien cómo afrontarlo. 

Tuiteaba el otro día Ignatius Farray algo así como que si hay Nueva Normalidad, por fuerza tiene que haber Nueva Gilipollez, lo que abre un gran abanico de divertidas posibilidades. Ayer, por ejemplo, dando un paseo que no tengo muy claro si entraba dentro de la legalidad en fase 1, me encontré con una concentración plagada de banderas de España en la que los manifestantes reclamaban con muchas ganas “libertad, libertad”, paradójicamente en un entorno de gran libertad, puesto que nadie les impedía juntarse, moverse, protestar e incluso llamar asesino al Presidente del Gobierno. Luego llegó la policía nacional, que se llevó una fenomenal ovación, produciéndose el momento tierno del día. Pero que no me liéis, que esto no son columnas políticas. 

Un poco gilipollas sí me siento cuando salgo de casa con la mascarilla, los cascos y las gafas de sol puestas a la vez, que pocos orificios corporales me quedan ya por sellar. A menudo me hago un lío y se me enredan los cables de los cascos con las gomas de la mascarilla, creándose nudos marineros en mi cara que no habría sido capaz de hacer a propósito. Del tema de las gafas no hablo porque ya está muy manido, pero tengo verdadero interés en saber qué mecanismo físico hace que se te empañen si el aire de la nariz sale hacia abajo. Otra duda como usuario de mascarillas, ésta ya para otro día: ¿si estornudo me la tengo que retirar o he de comerme yo solito todo el asunto ahí dentro? Disculpad lo guarro del asunto, pero es un tema que está ahí y habrá que hablarlo. 

Normal es ya dar vueltas buscando una terraza y volverte a casa sin tomar nada porque al estar todas al 30% no hay ni un solo sitio libre. Normal es ya tomarte entonces la cerveza en casa y ponerte pedo enseguida, que tampoco nos viene mal, por otra parte. Normal es hacer cola en el súper y que la de atrás proteste porque han dejado entrar antes a una señora de 79 años. Normal veremos pronto también que se celebren goles como lo hizo Haaland ayer, haciendo un bailecito en el córner de un campo vacío con sus compañeros mirándolo a tres metros. 

Pues eso, que muchas cosas que antes eran normales dejarán de serlo. Leía antes en el periódico que los vuelos del mes de Abril de este año se han reducido en un 99% en comparación al mismo mes del año pasado, y ojo con eso. Decían también que cuando podamos volver a volar, dejarán las filas centrales vacías y no se permitirá el reparto de revistas o alimentos durante vuelos cortos. A lo mejor la nueva normalidad es que Ryanair deje de agobiarte con el rasca y gana, y en ese caso habremos salido ganando.

09/05/2020: Panenka

Desde hace una semana está permitido salir a la calle a dar paseos o a hacer deporte, en unas franjas horarias muy concretas y con instrucciones precisas en cuanto a duración, distancia y acompañamiento. Teníamos tantas ganas de hacer estas cosas que en cuanto lo hacemos se produce lo inevitable: salir a la calle a correr es un absoluto anticlímax. El primer día, me pongo las zapatillas, estiro, corro por la avenida, llego al río, me jodo la rodilla, vuelvo, me ducho, son las nueve de la mañana y sigo metido en casa para el resto del día hasta las ocho de la tarde. ¿Y ahora qué?

A las ocho de la tarde salimos a pasear, y el “salimos” no lo digo por mi novia y por mí, sino por todo el mundo. Hay una sensación extraña en esos paseos que es difícil de explicar y creo que tiene que ver con lo que decía el otro día a Mr Winters en Twitter. Pasear tiene sentido si solo eres tú el que pasea mientras el resto de gente sigue con su vida, yendo al trabajo o de camino a un restaurante. Si todos paseamos a la vez, a la misma hora y sin rumbo, el paseo deja de ser paseo para convertirse en gilipollez. Se me ocurre un símil loco: hace unos años, creo que viendo las semifinales de la Eurocopa 2012, una persona muy cercana me preguntó por qué Pirlo había tirado un penalty a lo Panenka, y yo le expliqué que si lo tiraba así, picándola flojito por el centro de la portería, engañaba al portero y era gol seguro. Con toda la lógica del mundo, esta persona me preguntó entonces que por qué no se tiraban todos los penalties a lo Panenka, si eran siempre gol. Un poco lo mismo con los paseos. O eres tú solo el que pasea o la cosa deja de tener sentido y el portero te la para fácil sin esforzarse. 

Salir a pasear estando todo cerrado revela también una de las verdades incómodas que resulta difícil aceptar: la calle es una mierda si no hay bares o tiendas en las que puedas entrar. Mis primeros años en Inglaterra viví en un barrio residencial, el típico con casitas bajas de ladrillo, jardín detrás y vecino amable al lado. En un principio estaba encantado con este barrio y me preguntaba cómo había podido vivir todos los años anteriores en un edificio de ocho pisos, tan lejos de la calle y sin jardín. Con el tiempo, precisamente saliendo a dar paseos por este barrio en el que solo había casas y más casas, me di cuenta de que echaba muchísimo de menos encontrarme una panadería al girar la esquina y casi le cogí manía al barrio y a mi casa. Ahora vivo en un barrio de características opuestas, y encantado de la vida, aunque seguramente vuelva a cambiar de opinión en pocos años, la vida es así. 

La vida es un poco anticlímax, con pandemia o sin pandemia. Las cosas que molan de la vida, quiero decir, muchas veces molan más con el tiempo que mientras las estás viviendo, una vez has puesto perspectiva y has borrado convenientemente detalles que no te interesan, pero no estoy inventando nada aquí. El verano de 2010, del que hablaba el otro día, probablemente no fue para tanto. Esa fiesta que hoy recuerdo como mítica, seguro que ni siquiera fue la mejor de aquel año, pero qué más da. Seguramente dentro de unos años hablaré del primer día que salí a correr tras el confinamiento como de un día liberador y trascendental, lo diré convencido, y me parece bien.