El hat-trick de Mbappé

Ya habíamos oído hablar de ellos, pero esta semana han irrumpido de verdad en nuestras vidas Erling Haaland y Kylian Mbappé, muy probablemente los dos próximos grandes genios del fútbol mundial. 

El tiempo pasa y todo se renueva, para que las cosas terminen quedándose más o menos como estaban. Messi y Cristiano declinan y quien los sustituyen son dos chicos que por características parecen renovar la misma rivalidad: Kylian es el más fino, el de la filigrana y el disparo sutil al ángulo; Erling es el tanque, la fuerza bruta y la potencia al servicio del gol. La década del 20 al 30 será suya. 

En el PC Fútbol de los noventa pasaba algo parecido. Cuando ya llevabas 20 años siendo entrenador del Cacereño y habías ganado la Champions cuatro veces, la base de datos del juego se iba renovando automáticamente con jugadores de características idénticas a los originales, pero con nombre distinto. En el Flamengo aparecía el nuevo Savio (llamándose por ejemplo G. Paulista), y en algún equipo Yugoslavo aparecía el nuevo Mijatovic (bajo el seudónimo de S. Kovac). Me encantaba encontrarme en el juego a los nuevos Savio o Mijatovic, igual que me flipa encontrarme ahora a Haaland y Mbappé en la vida real. 

Me voy a hacer un lío con las edades de las nuevas figuras. Hasta ahora tenía bastante habilidad en conocer la edad de los futbolistas comparándola con la mía. Torres e Iniesta son de mi año; Villa tres años más viejo y Cristiano un año más joven, por ejemplo. Sumas y restas fáciles. No obstante, este truquito se ha terminado. No me veo en un futuro cercano diciendo: “ah sí, tal jugador tiene veinte años, lo sé porque tiene diecisiete menos que yo”. Poco práctico para hacer cálculos y demasiado friki para la sociedad en general. 

Una sensación parecida de renovación la tuve el otro día paseando al lado del río. Había mogollón de gente haciendo botellón. Como yo ya no hago botellón, pensaba que nadie lo hacía tampoco, pero allí estaban aquellos centenares de post-adolescentes para ponernos en mi sitio a mí y a mis amigos. Da cosita darte cuenta de que eres el que está al otro lado del botellón: fuera del botellón. Da cosita pero es normal, hay que dejar paso a las nuevas figuras. Cuando yo tenía 16 y ya empezaba a salir, mi tío me dijo que él dejó de hacerlo el día que llegó a la Plaza de los Dolores en Benicassim y no conocía a nadie. Se dio la vuelta y se marchó a casa para siempre. Yo me he ahorrado ese mal trago porque ahora está prohibido salir y también porque casi ni me apetece, pero sospecho que estaré ahí, ahí. 

Ahora tengo amigos que coleccionan vinilos o cámaras de fotos antiguas, pero no pasa nada, hay que quererlos igual. No estará relacionado, pero el mismo día que vi el botellón masivo junto al río soñé con un amigo con quien he hecho muchos botellones y ahora hace tiempo que no veo. En mi sueño él llevaba bastante mala vida y yo presenciaba cómo lo detenía la policía, pero no le saludaba porque me sabía mal. Me desperté sobresaltado y con mal cuerpo, pero no le llamé ni le envié un whatsapp, ni nada. Me vestí con la ropa de correr y mientras se calentaba la leche en el micro, me puse otra vez en el móvil el hat-trick de Mbappé.

Acertar el captcha

Esta semana vuelven los octavos de final de Champions, y menos mal. Hay semanas en las que no pasa absolutamente nada de interés. Semanas en las que los días se arrastran uno detrás de otro sin mucho que llevarte a la boca. Enero suele ser ese mes lleno de semanas en las que no pasa nada, y este enero todavía más, por motivos obvios. 

Esta es una temporada mala para contar cosas interesantes sobre tu vida. El otro día me escribió un colega para preguntar qué tal y lo única información interesante que tuve para compartir era que había salido a correr un par de días, a pasear junto al río y a escuchar cuatro podcasts. Es decir, exactamente lo mismo que le había contado hace un mes. 

Leía el otro día en el periódico que la ciudadanía está cansada de vivir tiempos extraordinarios e interesantes, y yo digo que sí, que vale, que entiendo que se refieren a la pandemia, y que tenemos ganas de que dejen de agobiarnos con medidas de confinamiento y cifras de contagiados. Pero igual lo que nos hace falta es que nos pasen más cosas, igual no extraordinarias, pero sí más, en cantidad. Que nos estamos acostumbrando a que a las ocho de la tarde no se oiga ni un ladrido en la calle y eso no puede ser bueno, que a ver quién aguanta luego a los juerguistas cantando flamenquito a medianoche en las mesas del Pelícano. 

Siempre hace ilusión cuando vuelven los octavos de final de la Champions, y eso que todos los años en un poco lo mismo. A veces pienso en si llegará algún enero en que me dé exactamente igual si vuelven los octavos de final de la Champions o no, si encontraré algo mejor que hacer en todo ese tiempo. Tengo amigos a los que les ha ocurrido. Amigos a los que les gustaba esto tanto como me gusta a mí, que dormían con las sábanas de su equipo favorito y que hoy no saben ni a qué hora es el partido. Me sabe mal por estos amigos. 

Hay semanas en las que no pasa casi nada, y está bien, hay que conformarse con lo poco que traigan. Como Michael en un capítulo de The Office, que frente a una experiencia traumática, ve pasar la vida ante sus ojos y resulta que en el futuro tiene cuatro hijos, y una casa flotante, y una mujer runner, y es feliz, y rico, y además inmortal. Y que sabe que no parece mucho, pero que él se conforma. 

Hay que saber conformarse con lo bueno que venga, aunque a veces sea poco, como hace nuestro querido Michael Scott. Esta semana me conformaré con acertar el captcha del Zoom a la primera, que cada vez me cuesta más demostrarle que no soy un robot. A veces solo hace falta eso, aceptar el captcha a la primera y afeitarte por la mañana para sentirte mejor. Eso y acordarte de que el martes vuelven los octavos de final de la Champions.

Tres victorias seguidas

Ya lo dije aquí hace dos semanas: al empezar este año desactivé mi cuenta de Twitter para tener más tiempo para hacer otras cosas. ¿Qué cosas, concretamente? Me preguntó el otro día un colega, y era una buena pregunta. Hay ratos en la vida en los que lo único que puedes hacer es mirar el Twitter. 

Una consecuencia clara de dejar Twitter después de mucho tiempo dentro es esta: no me entero de nada de lo que pasa. O más bien, me entero de las cosas a la velocidad a la que nos enterábamos no hace tanto tiempo: a los pocos días, sin urgencias, por el periódico o porque te lo cuenta tu novia en el desayuno. Al parecer ha habido estos días unos chavales en Estados Unidos que han troleado a grandes fondos de inversión comprando masivamente acciones de empresas al borde de la quiebra. Algo así. No me he enterado muy bien porque el periódico daba por supuesto que yo era un experto en inversiones. Con Twitter en el móvil tampoco lo habría entendido mejor, pero al menos me habría enterado antes, y ahora ya estaría a otra cosa. Echo un poco de menos, debo confesar, a Mr Winters, La Crono o Arroba Mongolear. 

Mi equipo ha echado al entrenador al acabar la primera vuelta, de eso sí que me he enterado. Casi siempre da pena que echen al entrenador, sobre todo en temporadas en las que el principal y casi único problema es que la plantilla es muy floja. Más todavía cuando fue el entrenador que te salvó de bajar a Tercera y el que te subió a Segunda poco después. Echar al entrenador que te subió a Segunda es un poco como romper con una pareja con la que te pasaron cosas chulas. Al principio de la crisis quieres aguantar por los buenos tiempos, con fe de que el equipo responda y lleguen tres victorias seguidas. El caso es que casi nunca llegan las tres victorias y al entrenador hay que echarlo. Hay veces que no hacer nada es la decisión más arriesgada. 

Una decisión habitual de las directivas en estas circunstancias es volver a traer al típico entrenador de la casa, que sería el equivalente de liarte con una ex-novia. No hace falta que explique que esto casi nunca sale bien, y sino acordaos de Radomir Antic y el Atlético, que se lo trajeron en 1999 para que salvara el equipo, solo tres temporadas después de haber ganado el doblete y terminaron bajando a Segunda. Una amiga me lo dijo hace tiempo: enrollarte con tu ex-pareja debería considerarse necrofilia. Suena bestia, pero había verdad en esas palabras. Un brazo, Rado. 

Al final hemos terminado trayendo a Juan Carlos Garrido, uno que entrenó al equipo del pueblo de al lado hace unos años, que vendría a ser como enrollarte con la ex de un colega, pero voy a parar ya con estas analogías que no llegan a ningún sitio. De Garrido dije muy convencido hace años que pronto estaría entrenando al Barcelona, y de ahí en adelante su carrera fue: Brujas, Betis, Al-Ahly, Al-Ettifaq, Raja, Al-Ain, Étoile Sahel y Wydad. Así que mucho caso tampoco me hagáis con estas cosas.

Brócoli morado

El otro día lo preguntaba Sergio Vázquez en su columna de Marcador Internacional: hasta cuando tiene lógica seguir felicitando el año nuevo. Yo no lo tengo claro pero sí puedo compartir mi experiencia: a partir del día 2 ya no se lo felicito a nadie, a excepción de a mi frutero Pepe, pero es que a Pepe le permito casi cualquier cosa, hasta que me venda brócolis morados. 

Los brócolis morados me sirven para tocar también el tema de los propósitos de año nuevo. Estaría bien saber si esto es algo que se ha hecho toda la vida por aquí o si lo hemos importado de los yankis igual que Halloween. También haríamos bien en ponernos de acuerdo si es buena idea seguir haciéndolo, y es que los propósitos tienen un problema: para que sirvan para algo hay que cumplirlos. 

Un propósito de año nuevo: mi novia y yo queremos este año desengancharnos un poco del móvil, y para ello decidimos que después de la cena los meteríamos en una cajita y no estaría permitido mirarlos hasta el día siguiente. Creo que no hace falta que cuente que este propósito duró exactamente un día, pero lo voy a decir igual. A las 24 horas de habernos propuesto este objetivo los móviles vuelven a utilizarse por esta casa con total impunidad, y cero reproches, oiga. Me he borrado la cuenta de Twitter y esto sí parece funcionar. Ahora entro en Internet y no sé muy bien qué mirar, como si fuera obligatorio mirar algo. Internet está hueco sin Twitter. El otro día me puse a ver la Supercopa y terminé haciendo algo que hacía mucho tiempo que no hacía: prestarle toda mi atención al partido. La idea de todo esto es tener más tiempo para leer. Solo espero no dejar de mirar Twitter para leer más el Marca. 

Otro clásico propósito de año nuevo: comer brócolis morados, y verdes también. Y cremas para cenar, fruta en la merienda y galletas realfooding para el almuerzo. Confieso que nos bajamos hace poco la app del realfoodismo, pagamos incluso la suscripción anual, con el objetivo de seguir el menú a rajatabla, y ahí sigue la app, que yo sepa, con cero accesos desde entonces y esos 36 euritos ganados cómodamente por Carlos Ríos sin hacer nada. Negocio redondo como un tomate orgánico (perdón). 

Es difícil comer bien. Durante el confinamiento extremo del año pasado le pregunté a un amigo que si estaba comiendo bien o mal en esas semanas de encierro. Con lógica aplastante me dijo que estaba comiendo bien y mal: que primero se comía la fruta, la verdura, el pescado azul y el pan integral; y ya después todo lo demás: la carne roja, las papas con sabor a huevo frito y los phoskitos. A mí me pasa a menudo también: me entra un hambre tremenda a la hora de la merienda y para no comerme una palmera de chocolate me como un plátano y una manzana. Enseguida recuerdo lo que dice Javier Cercas en El Impostor, que nadie está obligado a ser un héroe, y bajo a comprarme la palmera igualmente. 

Tranquilo, fiera

Hace unos cuantos años me apunté con unos amigos a la típica liga local de fútbol 7, una de esas ligas en la que abundan las patadas innecesarias y escasean los goles por la escuadra. Yo era sin discusión el peor jugador del equipo, así que se decidió de manera unánime que yo me colocara de delantero centro, ya que allí habría menos posibilidades de cometer algún error fatal. Mis dos funciones principales serían: a) intentar cazar algún balón suelto que cayera dentro del área, y b) presionar sin descanso a los centrales cuando sacaran el balón jugado. Como a) ocurría en muy contadas ocasiones, mis esfuerzos estaban dedicados de manera casi única a la presión al rival. 

En uno de estos partidos, me topé con el clásico defensa central que lleva quince años jugando en ligas de carácter local, que te mete el codo en cada córner, te hace volar con un tackle en el centro del campo y protesta al árbitro diciendo que ha tocado balón. En una de mis alocadas presiones contra este central me pudo el entusiasmo, alargué la pierna más de lo debido y acabé dándole una patada fuerte en la espinilla. Lo razonable hubiera sido que dicho central respondiera con un empujón por la espalda, una buena patada en el tobillo o como mínimo, insultos graves contra mi y mi familia. Sin embargo, el defensa central me dio una pequeña lección de vida a muchos niveles: sacó el balón jugado limpiamente, no protestó al árbitro y me susurró al oído lo siguiente: tranquilo, fiera. 

Tranquilo, fiera. Dos palabras y un tono al decirlas, que lo tenía todo. Clase y elegancia, por responder con mesura a una entrada torpe, dura e innecesaria. Al mismo tiempo, ironía, condescendencia y un leve desprecio ante mi presión que no le había impedido iniciar la jugada sin problemas. Aquel defensa central podría haberme gritado “dónde vas flipao de mierda” pero eligió “tranquilo, fiera”, y yo le correspondí incorporando la expresión de manera inmediata a mi vocabulario cotidiano. Ahora me lo digo a la mínima. Cuando me pongo nervioso, me acelero e intento hacer tres o cuatro cosas al mismo tiempo, me digo tranquilo fiera, y las hago todas bien de una en una. Cuando los planes no salen como espero y me bloqueo en la toma de decisiones: tranquilo, fiera, a seguir. Y sigo. 

2020 ha sido un año raro, qué os voy a contar. Un año malo, y sino que se lo pregunten al técnico que cometió el fallo de cableado que provocó la pérdida de un cohete espacial de 200 millones de euros a los ocho minutos de haber sido lanzado. Hoellebecq dice en Serotonina que un ambiente de catástrofe global atenúa siempre las catástrofes individuales. Espero que el técnico tuviera a alguien al lado que le dijera esto mismo, o al menos que le susurrara al oído dulcemente las dos palabras mágicas que titulan esta columna. 

A veces pasa un poco al revés: que te sabe mal que un año de absoluta catástrofe global haya sido bueno para ti a nivel personal. O muy bueno, incluso, pero eso ya sería casi obsceno reconocerlo. En cualquier caso, uno nunca sabe dónde y cuándo va a aprender cosas que le marcarán de por vida. En ocasiones ocurre durante el confinamiento extremo en medio de una terrible pandemia mundial, y en otras al comienzo de un intrascendente partido de la liga local de fútbol 7. 

El tumbao de la barrera

Quien dice que no le gusta el fútbol moderno es que no se ha fijado bien: ahora, cuando se produce una falta peligrosa en contra al borde del área, se ha puesto de moda colocar un jugador tumbado detrás de la barrera para evitar que el rival chute raso y el balón se cuele por ahí debajo. A ese jugador, sea quien sea el sacrificado, yo siempre le cojo cariño y sé que no es original, pero a mi me gusta llamarlo “el tumbao”.

El tumbao de la barrera es ese miembro del equipo que se sacrifica para que al resto le vaya mejor. El tumbao es ese amigo que hace bulto al salir de fiesta, que cuenta algún chiste malo de cuando en cuando y que aguanta hasta la hora que haga falta para que otro ligue. El tumbao es ese amigo que vive los éxitos del resto desde fuera y que se alegra igual. El tumbao es ese amigo que folla por proxy, como dicen Hematocrítico y Noel Ceballos en Los Hermanos Podcast. El tumbao de la barrera eres tú la mayor parte del tiempo, en realidad. 

Todos hemos sido en algún momento de nuestras vidas el tumbao de la barrera. Podría rescatar unas cuantas, pero contaré una que ya he contado en otros sitios. Hace diez años -cómo no- andaba detrás de una chica que no me hacía mucho caso. Una noche de domingo me escribió un mensaje de texto para invitarme a ver una peli en su casa, lo cual yo interpreté de la única manera que se podía interpretar. Y que trajera unas coca-colas, añadió. Me presenté en su casa en tiempo récord con mínimas intenciones de ver una película, para encontrarme en el salón a la chica en cuestión y a su compañero de piso, ambos con la firme intención de ver una película y nada más que una película. Gracias por las coca-colas, tumbao de la barrera, les faltó decir a modo de saludo. 

El tumbao de la barrera han sido este año todos los que se iban a ir de erasmus, que no se han ido ni se irán. Hay quien ha terminado haciendo erasmus online, joder, es que no se puede ser más tumbao de la barrera que eso.  

Si lo pienso, me doy cuenta de que este 2020 todos hemos sido un poco el tumbao de la barrera. Todos nos hemos visto obligados a sacrificarnos por nosotros mismos y por los demás, a no viajar, a socializar menos, a no salir por la noche. Resulta extraño pensar que llevamos casi diez meses sin salir de fiesta, pero es así. Hay sábados por la noche en que me doy cuenta de que es sábado por la noche y echo de menos el estar en algún local oscuro, con una cerveza medio caliente en la mano y la última de Rihanna de fondo. No os preocupéis, enseguida se me pasa y me digo a mi mismo que a quién pretendo engañar, que lo que en realidad echo de menos no es salir, sino que me apetezca salir. 

Juega Morata

Hace un par de semanas probé una cafetería nueva para desayunar. Ese día el camarero hizo un chiste sobre la Pantoja. El segundo día me dio el puñito para saludarme. El tercer día me escribió “siempre happy” en la espuma del café. Ahora ya somos casi íntimos y solo desayuno allí. Es reconfortante entrar en un sitio y sentir que te conocen, que caes bien. Sentarte en tu mesa habitual y que te traigan la tostada sin pedirla, que te saluden con el puñito en época de pandemia mundial y que te rían las gracias.  

Con amigos, en tu entorno, todo sale mejor. Estás con un grupo de semi desconocidos y eres reservado, algo rancio. Estás con tus amigos y de repente te conviertes en una mezcla entre Ignatius Farray y Louis CK. Yo soy más gracioso e inteligente con mis amigos alrededor, y sospecho que vosotros también. Algo así le debe de suceder a Morata en la Juve. En Turín, por lo que sea, es el único sitio en el que se encuentra entre amigos. En 2014, con 22 años y cansado de no consolidarse en el Madrid, se fue para allá. En muy poco tiempo, y con minutos escasos, se hizo importante e incluso marcó goles increíbles, como aquel en Múnich. Ante la evidencia, el Madrid no tuvo más remedio que volver a ficharle porque Morata ya se había hecho mayor. No obstante, volvió a no funcionar. Un año más tarde ya estaba en el Chelsea y dos después en el Atlético de Madrid. La historia siempre era la misma. La cosa empezaba bien (el primer chiste hacía gracia), pero a partir de ahí todo iba hacia abajo. Morata empieza a fallar sus primeras ocasiones claras, se mete constantemente en fuera de juego e incluso se hacen memes con él cuando le dan patadas criminales por detrás. Morata en España nos parece un niño pijo, un tío que falla ocasiones clarísimas y siempre está en fuera de juego. Morata en España no está entre amigos. 

Esta temporada, ya con 28, Morata ha vuelto a la Juve y muchos nos preguntábamos qué pintaba a estas alturas allí. Pues mucho, al parecer. Se nos olvidaba que algo tiene Turín con Morata y ahí lo tienes en diciembre: máximo goleador de la Champions con seis goles en seis partidos. Seguro que allí no se ríen de él cuando se mete por cuarta vez en fuera de juego. Morata está en su salsa en Turín. 

Cuando veo a Morata siempre me acuerdo del día que conocí a la abuela de mi novia, una mujer de 95 años en aquel momento. Me habían contado tres cosas sobre ella: que era de típico carácter castellano-leonés fuerte, que le gustaba mucho el fútbol y que era del Madrid a muerte. El día en cuestión era verano, llegué a su casa y en la tele estaba a punto de comenzar el típico partido intrascendente de pretemporada. Debía de ser 2013 o 2014, la época en que Morata, ni mucho menos conocido por el aficionado medio, comenzaba a aparecer por el primer equipo y en determinados círculos de entendidos ya se hablaba de él como posible jugador de primera división. Me senté al lado de la señora y por pura cortesía le pregunté cómo veía el partido, esperando que me contestara alguna obviedad como “a ver si ganamos” o similar. 

“Juega Morata”, me dijo ella muy seria, sintetizando a la perfección el verdadero y único punto de interés que tenía aquel partido de pretemporada. Siéntate a ver el fútbol ahora mismo, me dije a mí mismo de inmediato. Estás entre amigos. 

Torres quiere contarnos una historia

Cuando me preguntan porqué me gusta el fútbol, siempre digo que por la capacidad de generar historias. La carrera de Maradona tiene mil. Nunca vi jugar a Maradona, pero en el documental de Asif Kapadia -el mismo director de “Senna”- se cuentan muchas de estas historias. Aquí una.

Maradona llega a Nápoles -un club que prácticamente no tenía títulos- en 1984. Al poco de llegar, Maradona revoluciona el Calcio. Gana dos Ligas, una Copa y una UEFA, máximo goleador sin ser delantero. En poco tiempo se convierte en un dios en Nápoles, en la persona más famosa de Italia y en el mejor jugador del mundo. A medida que va ganando títulos, la fascinación y el odio por Diego crecen al mismo ritmo en toda la Italia que no es Nápoles. Cada vez que su equipo viaja al Norte se les recibe con un repertorio de insultos racistas que a día de hoy serían impensables (“Vesubio, lávalos con fuego”). 

El clímax de odio a Maradona se alcanza en 1990. Ese verano se disputa el Mundial en Italia. Aunque la Argentina de Maradona ha ganado el campeonato anterior, el equipo local parte como favorito. Los dos equipos van avanzando rondas y, como no podía ser de otra manera, se encuentran en la semifinal. ¿Dónde está previsto que se juegue esa semifinal? Por supuesto, en San Paolo, en Nápoles. Bum, la Historia. Toda Italia excepto Nápoles odia a Maradona y la semifinal del Mundial se juega precisamente allí. Para añadir drama al asunto, Maradona dice antes del partido que está seguro que los Napolitanos animarán a Argentina. 

Lo que sucede a continuación ya casi da igual porque la historia ya está ahí, ya es redonda. Si lo hubiera escrito un guionista para una película, lo habríamos despreciado por excesivo, pero el fútbol tiene estas cosas.  

Las historias en el fútbol a veces duran un partido y otras veces más de diez años. En ocasiones, ni siquiera llegan a ocurrir, basta con imaginarlas. Un poco de esto último tiene la vuelta de Fernando Torres al Atlético en Enero de 2016, después de su largo Erasmus en Inglaterra. A los pocos días de llegar, marca dos goles en el Bernabéu (“Torres ha venido para esto”, se me escapó al verlo). Cinco meses después, los dos equipos vuelven a encontrarse en la Final de la Champions. El partido termina en empate y se llega a la tanda. Torres, que es un mal lanzador de penaltis, se ofrece voluntario para tirar el quinto, el decisivo. Torres, que lo ganó todo fuera pero nunca ganó nada con el club de su vida, quiere la gloria de marcar el último penalti o la responsabilidad de fallarlo. Torres quiere contarnos una historia. 

Sin embargo, la historia en este caso, no es como esperas. Juanfran falla el cuarto penalti del Atlético, Cristiano marca el quinto del Madrid, el partido termina ahí y Torres no llega a lanzar el suyo. Podría haberlo tirado y marcar, y Torres sería hoy aún más símbolo de lo que ya es. O podría haberlo tirado y fallar, y entonces le podrían haber dicho lo que cuenta José Lobo en Yonkis y Gitanos: que nunca se tiene más orgullo, amor propio y vista larga que en la derrota. Pero Torres no llega a tirar porque se ha reservado para lanzar el último. 

A veces las historias terminan de manera rara y no sabemos muy bien qué significan. Que Torres no llegara a tirar su penalti significa algo, eso está claro, pero aún no sabemos muy bien el qué. Torres ya se ha retirado y no ha ganado la Champions con el Atlético ni ha marcado un penalti decisivo. Quizás, lo que sucede, es que esta historia aún no ha terminado.

La coherencia de Dani Güiza

La otra tarde, mi mejor amigo del colegio me envió por whatsapp la foto de un libro. Concretamente, un libro que fuimos a comprar juntos hará unos 25 años, uno de la colección “elige tu propia aventura”. La aventura consistía en que, como lector, eras el entrenador de un equipo de pueblo que va avanzando rondas en la copa de su país. A medida que ibas leyendo, elegías las opciones que se te presentaban. En función de ellas, el equipo marcaba goles y pasaba de ronda; o fallaba y caía eliminado. Debimos de leer este libro diez o doce veces como mínimo cada uno. Recuerdo que nos lo turnábamos por semanas. Casi se me salta una lagrimilla al ver la foto. Dale ese libro a un adolescente de hoy -decíamos mi amigo y yo- y lo mínimo que hará será reirse en tu cara por lo arcaico del instrumento. 

No me voy a quejar de los adolescentes de hoy porque bastante tienen ya con la que están aguantando. Se les criminaliza muy fácil como si fueran los culpables únicos de la pandemia mundial, por dedicarse a hacer únicamente lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros en su situación: buscar un lugar decente para hacer botellón y enrollarse con la chica que te gusta si suena la flauta. 

Volviendo a lo arcaico. Para cosas antiguas en el mundo del fútbol, los saques de puerta en largo. La imagen del típico defensa fuerte mandando el balón lo más lejos posible ya nos suena a prehistoria. Hasta resulta ya extraño ver al portero enviándola directamente al centro del campo: ahora todos los equipos la sacan jugada desde atrás. Pase en corto del portero al central, este juega con el lateral y si es necesario, de nuevo con el portero, que en ataque se convierte en un jugador de campo más. Atraes la presión del rival y si consigues salir limpio, espacio libre para correr. Si fallas en la salida, a la siguiente lo vuelves a intentar. Y a la siguiente también, aunque hayas encajado gol. Lo importante es mantener la coherencia de tus ideas. Como cuando a Dani Güiza le preguntaron por su película favorita (“Torrente”), su actor favorito (“el que hace de Torrente”) y su actriz favorita (“la que sale en Torrente”). Un tipo coherente, el bueno de Güiza.     

A los porteros ya casi se les pide que sean tan buenos con los pies como lo son con las manos. El mejor en esto es, por supuesto, Marc André Ter Stegen, el portero del Barcelona, que por costumbre da más pases buenos que bastantes centrocampistas de la Liga. Cada vez que veo a Ter Stegen dar un pase medido de treinta metros, me acuerdo de cuando me llevé a mi novia al bar del Márquez a ver un Madrid-Barça. Por meterla en dinámica de partido, le conté que Ter Stegen era el mejor portero del mundo con los pies. En una demostración de coherencia aplastante, ella me respondió que vale, que entonces mejor que los del Madrid le chutaran por arriba. Cómo no la voy a querer.

Seguir jugando a toda costa

Esta semana se ha retirado Fernando Gago. De Gago recuerdo que cuando llegó al Real Madrid en Enero de 2007, el equipo estaba fatal. Pocos días después de su llegada, antes de un partido en A Coruña, el entonces presidente Ramón Calderón bajó al césped a conversar con Capello. En esta conversación Calderón le preguntaba de manera lastimosa a Capello: “¿Te gusta Gago?”. Lo preguntaba dando muchísima pena, buscando la aprobación de Fabio, que prácticamente no le hacía caso. Estaba clarísimo que a Capello no le gustaba nada Gago, y esto Calderón debía de sospecharlo ya, pero se lo preguntaba de todas formas. Porque a Gago lo había fichado él y necesitaba que Fabio le dijera que sí, que le gustaba mucho y que le auguraba una carrera muy prometedora en el club. Pero Fabio no decía nada. Me recordó Calderón a mí mismo hace unos años, pero en el lugar de Capello estaba mi novia y en el lugar de Gago había un ukelele. 

En ocasiones, la gente toma decisiones incomprensibles. La mía fue precisamente esa: regalarle a mi novia para su cumpleaños un ukelele, cuando ni tocaba un instrumento, ni había mostrado especial interés en hacerlo. Otro ejemplo: el otro día vi a un frutero ecuatoriano en Sevilla que llevaba la camiseta de Higuaín en la Juventus. Qué mecanismos de decisión se han producido ahí para que alguien tome una decisión así -casi contracultural- es algo que me desconcierta. ¿Más decisiones incomprensibles? Más: mi abuela tenía en la mesa camilla, junto a la foto de todos sus hijos y nietos, una foto de Obama. Cada vez que iba a comer un arroz al horno a su casa, allí estábamos todos juntos: mis padres, mis tíos, mis primos y la sonrisa carismática de Barack Hussein Obama. Cómo llegó mi abuela a este nivel de fascinación por el presidente de los Estados Unidos es algo que nunca llegué a comprender, igual que tampoco entenderé cómo llega un frutero ecuatoriano a comprarse la camiseta del Pipita en la Juve. 

Ya volvemos a Gago. A finales de 2018, Fernando Gago se había roto tres veces el tendón de aquiles y una vez el ligamento cruzado. Ese mes de noviembre, cuando ya estaba de vuelta en Boca Juniors, jugando la final de la Libertadores contra River en el Bernabéu, salió en el minuto 89 con empate en el marcador para jugar la prórroga. A los veinte minutos de salir al campo, volvió a romperse el mismo ligamento. Boca, además, perdió contra su rival histórico. 

A causa de estas lesiones, Gago había estado ya más de 800 días de baja. En otra decisión difícilmente comprensible, en lugar de tirar la toalla y retirarse de una vez, se recuperó y siguió jugando, esta vez en Vélez Sarsfield. Evidentemente no vi ningún partido de Gago en Vélez, pero imagino que ya debió jugar medio cojo, lento, quizás solo los minutos de la basura. En Enero de 2020, el ligamento se le volvió a romper y ya no jugó más. Pasó los últimos 200 partidos de su carrera deportiva lesionado, como no podía ser de otra manera. Muy duro seguramente para un jugador a quien con 19 años comparaban con Guardiola y Redondo. Algo habrá que aprender de Fernando Gago y de su decisión incomprensible de seguir jugando a toda costa.