La mejor época

2020 sonaba muy bien como año para que pasaran cosas guays. Un número redondo, par, estéticamente impecable y con bastante poder simbólico. Esto se dice mucho: cuando de pequeños pensábamos en el futuro (2020, por ejemplo), nos imaginábamos cosas muy locas. Yo, por ejemplo, no creo que me imaginara el 2020 como una realidad llena de coches voladores. Lo que seguro que tampoco pensaba es que la principal novedad de este año fuera que para atenderte en el dentista te pusieran un gorrito de ducha. 

Así que el futuro era esto: gorritos de ducha en el dentista y gel desinfectante en la puerta del Zara. Mi novia hablaba el otro día con una amiga inglesa, quien le preguntaba que cómo sentía por entrar en fase 2 (en UK todavía andaban por la 1), a lo que ella le respondió que “like normal life, but weirder”. Esto es exactamente el futuro: lo mismo que antes, pero más chungo. Tan chungo como perder unas zapatillas de deporte en tu propia casa y que las opciones más plausibles que se te ocurren sean que se las ha llevado un mapache o que las has tirado tú mismo a la basura, nunca lo sabré. A veces pasan cosas chungas, y mejor no saber del todo qué ha pasado, porque imaginarme que alguien ha escalado hasta mi balcón para llevarse unas zapatillas viejas me asusta y me da risa a partes iguales.  

Hablando de cosas chungas, me jode que la mejor época del año la vamos a vivir en 2020 en medio de esta situación extraña. La mejor época del año -esa en la que los días empiezan a ser larguísimos, hace calor sin llegar a sofocar, vas por primera vez a la playa y el agua aún está fría- en realidad dura muy poco. Tan poco que cuando te quieres dar cuenta, no has hecho nada especial esos días, la noche más corta del año ya ha pasado, el calor molesta, alguien del Sky ha ganado el Tour, Septiembre está a la vuelta de la esquina y el verano se te ha esfumado otra vez. Luego llega Noviembre y nadie espera nada de él. Que igual te están pasando cosas maravillosas y ni te enteras porque es el puto Noviembre y a ver si se acaba de una vez y llega la Navidad. 

En esta época del año siempre ando muy nervioso, precisamente por eso, por querer disfrutar a tope de la mejor época del año. Por ese ansia de tener que hacer algo, especialmente ahora, en esta época. Ayer salimos a cenar con amigos y después a tomar una copa. En cada mesa del bar había un cartelito que te avisaba que, dadas las circunstancias excepcionales, el tiempo de permanencia en la mesa era de máximo una hora por grupo (empezando a contar desde que te sirven la copa, nos aclaró el camarero). A disfrutar, pero solo una hora chavales, que hay gente a la cola. 

Pues eso, like normal life, but weirder. Algo parecido dijo alguien el otro día en Twitter: 2020, si todo sale bien, habrá sido un año de mierda.

Ese aficionado barbudo

Hay semanas en las que miras atrás y dices: no ha pasado nada. Luego te esfuerzas un poco más y te das cuenta de que no, que no ha pasado nada relevante; que lo más rescatable de los últimos días es que fuiste a la oficina a recoger un portátil nuevo, que te desinfectaron con Sanytol hasta la tarjeta de entrada y que el informático te atendió en remoto desde una pantalla dentro de una sala de reuniones enorme y vacía. Al terminar le pregunté si me podía dar un ratón también, y para eso ya vino desde donde estuviera y me lo dio en mano, envuelto en un papel de los de secarse las manos. Parece que tecnológicamente hemos resuelto lo de solucionar problemas informáticos a distancia pero todavía no lo de hacer entrega de hardware. Fantaseo un poco con que el ratón me lo debería haber entregado un dron o un robot mayordomo, que a poder ser se hubiera autodestruido al hacer la entrega, por aquello de evitar contagios. Me encanta hacer bromas sobre robots, no lo puedo evitar. 

He vuelto a caer en lo mismo, una vez más. Todos son idiotas menos tú, como decía el titular del artículo de El Confidencial que leí esta mañana. Al parecer, el 69% de los españoles creemos estar cumpliendo con el confinamiento a la perfección, pero pensamos que solo el 6% del resto lo hacen. Los números no me salen. Al parecer tiene nombre esto: sesgo de correspondencia (que ante un comportamiento que puede ser percibido como erróneo, nos resulta más fácil justificar nuestro incumplimiento que el de los demás). La próxima vez no hago bromas de que el informático me haya dado el ratón envuelto en una servilleta. 

Ha sido una semana tan insulsa que hace un par de días leí que las estatuas de cabezas de la Isla de Pascua están colocadas dándole la espalda al mar y me pareció lo más interesante y bizarro que había leído en meses y quería contárselo a todo el mundo y no encontraba el contexto, como cuando Joey de Friends solo pudo comprarse la letra V de una enciclopedia completa y forzaba para hablar todo el rato de volcanes, Venecia y vasectomías. Ha pasado tan poco esta semana que me he visto la docuserie de Netflix sobre el Sunderland AFC casi de una sentada. Y es normal: está tan bien explicado que empatizas completamente con ese aficionado barbudo que va al estadio con su hijo y se ilusiona porque han fichado a un delantero del Wigan; con esos directivos que han comprado el club viniendo de Oxford y que se les ve sufrir como si se hubieran criado en el Noreste de Inglaterra. Joder, empatizo tanto que veo el último episodio nervioso y dando indicaciones a los jugadores aunque soy consciente de que es un partido que se jugó hace dos años y ya sepa cómo terminó. Me meto de lleno hasta el punto de que me emociono un poco con esa mujer que al final del playoff de ascenso le pregunta entre lágrimas a su marido que por qué nunca son ellos los que celebran cosas mientras mira con envidia a la grada donde están los aficionados del Charlton Athletic.

Lo normal

Por poco no escribo nada esta semana, y es que por repetitivo, todo empieza a dar muchísima pereza. Mi novia y yo empezamos el confinamiento marcando en el calendarios los días que pasábamos encerrados, que nos hacía casi ilusión rodear con un circulito los días que pasaban en Marzo, pero ya da pereza hasta esto. Me había propuesto escribir sobre el concepto de Nueva Normalidad pero no sé muy bien cómo afrontarlo. 

Tuiteaba el otro día Ignatius Farray algo así como que si hay Nueva Normalidad, por fuerza tiene que haber Nueva Gilipollez, lo que abre un gran abanico de divertidas posibilidades. Ayer, por ejemplo, dando un paseo que no tengo muy claro si entraba dentro de la legalidad en fase 1, me encontré con una concentración plagada de banderas de España en la que los manifestantes reclamaban con muchas ganas “libertad, libertad”, paradójicamente en un entorno de gran libertad, puesto que nadie les impedía juntarse, moverse, protestar e incluso llamar asesino al Presidente del Gobierno. Luego llegó la policía nacional, que se llevó una fenomenal ovación, produciéndose el momento tierno del día. Pero que no me liéis, que esto no son columnas políticas. 

Un poco gilipollas sí me siento cuando salgo de casa con la mascarilla, los cascos y las gafas de sol puestas a la vez, que pocos orificios corporales me quedan ya por sellar. A menudo me hago un lío y se me enredan los cables de los cascos con las gomas de la mascarilla, creándose nudos marineros en mi cara que no habría sido capaz de hacer a propósito. Del tema de las gafas no hablo porque ya está muy manido, pero tengo verdadero interés en saber qué mecanismo físico hace que se te empañen si el aire de la nariz sale hacia abajo. Otra duda como usuario de mascarillas, ésta ya para otro día: ¿si estornudo me la tengo que retirar o he de comerme yo solito todo el asunto ahí dentro? Disculpad lo guarro del asunto, pero es un tema que está ahí y habrá que hablarlo. 

Normal es ya dar vueltas buscando una terraza y volverte a casa sin tomar nada porque al estar todas al 30% no hay ni un solo sitio libre. Normal es ya tomarte entonces la cerveza en casa y ponerte pedo enseguida, que tampoco nos viene mal, por otra parte. Normal es hacer cola en el súper y que la de atrás proteste porque han dejado entrar antes a una señora de 79 años. Normal veremos pronto también que se celebren goles como lo hizo Haaland ayer, haciendo un bailecito en el córner de un campo vacío con sus compañeros mirándolo a tres metros. 

Pues eso, que muchas cosas que antes eran normales dejarán de serlo. Leía antes en el periódico que los vuelos del mes de Abril de este año se han reducido en un 99% en comparación al mismo mes del año pasado, y ojo con eso. Decían también que cuando podamos volver a volar, dejarán las filas centrales vacías y no se permitirá el reparto de revistas o alimentos durante vuelos cortos. A lo mejor la nueva normalidad es que Ryanair deje de agobiarte con el rasca y gana, y en ese caso habremos salido ganando.

Panenka

Desde hace una semana está permitido salir a la calle a dar paseos o a hacer deporte, en unas franjas horarias muy concretas y con instrucciones precisas en cuanto a duración, distancia y acompañamiento. Teníamos tantas ganas de hacer estas cosas que en cuanto lo hacemos se produce lo inevitable: salir a la calle a correr es un absoluto anticlímax. El primer día, me pongo las zapatillas, estiro, corro por la avenida, llego al río, me jodo la rodilla, vuelvo, me ducho, son las nueve de la mañana y sigo metido en casa para el resto del día hasta las ocho de la tarde. ¿Y ahora qué?

A las ocho de la tarde salimos a pasear, y el “salimos” no lo digo por mi novia y por mí, sino por todo el mundo. Hay una sensación extraña en esos paseos que es difícil de explicar y creo que tiene que ver con lo que decía el otro día a Mr Winters en Twitter. Pasear tiene sentido si solo eres tú el que pasea mientras el resto de gente sigue con su vida, yendo al trabajo o de camino a un restaurante. Si todos paseamos a la vez, a la misma hora y sin rumbo, el paseo deja de ser paseo para convertirse en gilipollez. Se me ocurre un símil loco: hace unos años, creo que viendo las semifinales de la Eurocopa 2012, una persona muy cercana me preguntó por qué Pirlo había tirado un penalty a lo Panenka, y yo le expliqué que si lo tiraba así, picándola flojito por el centro de la portería, engañaba al portero y era gol seguro. Con toda la lógica del mundo, esta persona me preguntó entonces que por qué no se tiraban todos los penalties a lo Panenka, si eran siempre gol. Un poco lo mismo con los paseos. O eres tú solo el que pasea o la cosa deja de tener sentido y el portero te la para fácil sin esforzarse. 

Salir a pasear estando todo cerrado revela también una de las verdades incómodas que resulta difícil aceptar: la calle es una mierda si no hay bares o tiendas en las que puedas entrar. Mis primeros años en Inglaterra viví en un barrio residencial, el típico con casitas bajas de ladrillo, jardín detrás y vecino amable al lado. En un principio estaba encantado con este barrio y me preguntaba cómo había podido vivir todos los años anteriores en un edificio de ocho pisos, tan lejos de la calle y sin jardín. Con el tiempo, precisamente saliendo a dar paseos por este barrio en el que solo había casas y más casas, me di cuenta de que echaba muchísimo de menos encontrarme una panadería al girar la esquina y casi le cogí manía al barrio y a mi casa. Ahora vivo en un barrio de características opuestas, y encantado de la vida, aunque seguramente vuelva a cambiar de opinión en pocos años, la vida es así. 

La vida es un poco anticlímax, con pandemia o sin pandemia. Las cosas que molan de la vida, quiero decir, muchas veces molan más con el tiempo que mientras las estás viviendo, una vez has puesto perspectiva y has borrado convenientemente detalles que no te interesan, pero no estoy inventando nada aquí. El verano de 2010, del que hablaba el otro día, probablemente no fue para tanto. Esa fiesta que hoy recuerdo como mítica, seguro que ni siquiera fue la mejor de aquel año, pero qué más da. Seguramente dentro de unos años hablaré del primer día que salí a correr tras el confinamiento como de un día liberador y trascendental, lo diré convencido, y me parece bien. 

Torpedo Zhodino

Por lo visto hay un humorista en El Hormiguero cuyo chiste estrella estos días es confundir la palabra confinar con la palabra confitar. A mi padre le hace esto muchísima gracia y no para de repetir que estamos confitados en nuestras llamadas telefónicas diarias. Lo repite tanto que yo mismo he estado a punto de hacer el mismo chiste un par de veces en mi vida cotidiana, y sospecho que terminaré haciéndolo. La rabia que dan a veces nuestros padres y lo mucho que nos vamos pareciendo a ellos a medida que pasa el tiempo. Ayer me llevé un periódico al cuarto de baño, no te digo más, que tal y como lo abrí lo tiré al suelo y me enfadé conmigo mismo por cometer semejante ranciofact. Pero qué espero, en realidad, si estoy más cerca de los cincuenta que de los veinte. 

Se anunció esta semana lo de las fases de la desescalada y la vuelta a la nueva normalidad, que mucho me temo, poco se parecerá a la normalidad de hace mes y medio. De entrada, hace mes y medio compraba todos los vegetales en la verdulería de la esquina, como consumidor responsable que soy. Con el confinamiento, he empezado a hacer toda la compra en el supermercado, por aquello de reducir el tiempo de permancencia en el exterior. Hoy he vuelto a la verdulería y he comprobado que el verdulero ha montado una barrera con cajas en la puerta del establecimiento y nos va atendiendo desde ahí. Le comento lo de la barrera de cajas en plan broma y él me responde que la barrera de cajas ya la puso hace un mes, sutil manera de reñirme por no comprarle tomates durante todo este tiempo. Me siento culpable y le compro el doble de fruta de la que en realidad me hace falta, por compensar. 

A la normalidad tendrán ganas también de volver en muchos de los podcasts que escucho, que en uno de ellos la falta de contenidos ha llegado al punto de verse obligados a comentar resultados de la liga bielorrusa. Y ahí estoy yo como fiel oyente, haciéndome fan del Torpedo Zhodino, que va tercero a dos puntos del líder y lleva ya tres partidos sin perder. Esta anécdota ya la he contado otras veces, pero es que me gusta mucho y tiene algo que ver con esto: hace un tiempo viví unos meses en Bélgica y no tenía casi amigos. Uno de los pocos era Michal, un checoslovaco con el que lo único que hacía era ver fútbol. Nos daba igual que fuera la final de la Copa del Rey en España que un partido intrascendente de la liga belga. Al terminar la final de la Champions -el último partido de la temporada en un verano en el que no había ni Eurocopa ni Mundial-, apurando la cerveza, me quedé un poco triste porque pensé que ya no tendríamos nada que hacer juntos y quizás hasta dejáramos de vernos, que los tíos somos un poco así, que si no tenemos algo concreto que hacer, no quedamos. Le pregunté a Michal medio en broma medio en serio que qué íbamos a hacer a partir de ahora, que no había más fútbol hasta Septiembre. Por suerte, mi amigo ya lo tenía todo bajo control porque rápidamente me dijo que no me preocupara, que nos íbamos a seguir viendo porque la Liga Rusa acababa de comenzar. 

Y un poco lo mismo me pregunto yo sobre la nueva normalidad. ¿Dejaremos de hacer las cosas que nos hemos acostumbrado a hacer durante estas semanas? ¿Seguiremos aplaudiendo a las ocho? ¿Abandonaré mi rutina diaria de plancha y sentadillas? ¿Volveré a llamar a mis padres una vez a la semana en lugar de todos los días? Al no estar confitados, digo confinados, igual ya no hay motivo para seguir haciendo todas estas cosas y volvemos a nuestra vertiginosa rutina pre-confi. En fin, preguntas que no tengo tiempo de responder ahora mismo, que empieza el partido de mi Torpedo querido y esa cerveza no se va a beber sola.

Aprendizaje

Se sigue diciendo a menudo lo de que vamos a aprender mucho de esta época de confinamiento. Por aprender, hay quien estos días aprende por qué la plancha tiene la forma que tiene. Aunque mejor no sigo con el chiste sobre lo poco que habrá plantado ese hombre en esta vida porque seguro que menos habré planchado yo, y no por pereza sino por convicción. Siempre digo que la vida es demasiado corta como para planchar o para ponerse a aprender alemán. Hace no mucho estuve llevando en coche al trabajo a un becario de unos diez años menos que yo, que se ponía de punta en blanco para ir a la oficina. No sé cómo salió el tema pero le comenté mis ideas sobre la plancha y el carpe diem. Me preguntó asqueado que si entonces iba siempre al trabajo “de arrugao” mientras me miraba como si yo le hubiera defendido que no pasaba nada por llevar la camisa llena de caca. 

A planchar no estoy aprendiendo estos días pero sí a otras cosas, como por ejemplo a llamar por teléfono a la gente a ver qué tal está. Siempre he sido de llamadas escuetas, de propósito concreto, secas y al grano. Cualquier llamada de más de un minuto y de propósito incierto se me hacía muy cuesta arriba. Con catorce años tuve que llamar a una chica con la que se supone que estaba saliendo para cortar con ella. No es que yo quisiera cortar precisamente, sino que ella vivía en otro pueblo a siete kilómetros de mi casa y las relaciones a distancia eran muy complicadas en los noventa. Recuerdo que antes de llamar apunté en un papel la lista de temas que quería tocar durante la llamada, incluyendo el último ítem: “cortar”. Si soy sincero, no tengo ni idea de cuáles fueron los otros cuatro o cinco asuntos del orden del día, pero imagino que serían cosas del estilo “qué tal el insti”, “has visto a tal o cual persona” o vete a saber qué. Daría ahora mismo una buena cantidad de dinero por leer ese guión magistral. De la llamada recuerdo también tirando a nada, más allá de mi sudor y el corazón a mil por hora. Sospecho que después del segundo tema fue ella la quien cortó conmigo y colgó rápidamente. 

Con el confinamiento le estoy cogiendo práctica a llamar porque sí y sin avisar a un colega, sin miedo a molestar o a ser pesado. Contra todo pronóstico, observo que no solo no molestan las llamadas sino que la gente las agradece e incluso parece pasarlo bien ese ratito. Ayer llamé a un compañero de trabajo a quien se le ha terminado el contrato estos días para preguntarle cómo lo llevaba y horas después me mandó un wasap para agradecerme la llamada. Casi se me salta un lágrima. 

Aprendizaje sorprendente: a la gente le gusta que le pregunten qué tal está y que les escuches un rato, quién lo iba a decir, eh. El siguiente nivel de aprendizaje es el de coger el teléfono cuando me llamen a mí, pero ese ya para la siguiente pandemia. 

Pantalón corto

Decía el otro día Juan Tallón en una entrevista que todos tenemos un verano en el que nos sentimos invencibles. Ese verano en el que no te sientes ni demasiado joven ni demasiado viejo, sales mucho, conoces gente, ligas un poco y en el que parece que todo te sale bien. Tú en ese momento no lo sabes, claro, porque de esas cosas uno solo es consciente años después, y menos mal, porque si uno supiera que en esos instantes está viviendo el verano de su vida, menuda presión. Y menuda decepción, porque la idealización de los buenos tiempos también juega un papel ahí. 

El mío fue el de 2010, por cierto. Viajé por Europa del Este, desfasé en un par de festivales de música, estuve en fiestas de pueblos por encima de mis posibilidades y además España ganó el Mundial de fútbol. Me encanta hablar de ese Mundial, lo reconozco. No soy supersticioso, pero vi el campeonato entero con la misma camiseta. A partir de octavos de final, vi todos los partidos de la selección de pie en el salón de mi casa. La víspera de la Final dormí tirado en un campo de almendros. Ya paro porque seguro que todos tenéis batallitas parecidas.  

Hablaba el otro día con no sé quién sobre si era bueno o malo que el confinamiento hubiera caído justo en esta época del año. Había quien decía que mejor ahora que en invierno, que los días son todavía más cortos y oscuros y hubiera sido todo todavía más triste. Algún otro argumentaba que al habernos confinado a mitad Marzo nos estábamos perdiendo la primavera, que mola mucho lo del cambio de temperatura, el primer día que te pones pantalón corto, el alargamiento progresivo de los días y todo eso. En lo que estuvimos todos de acuerdo fue en que habíamos tenido suerte -de momento- es en que no hubiera caído en verano. Creo que si todavía estamos todos medianamente tranquilos es porque aún tenemos esperanzas de que va a existir el verano 2020. Que no nos quedemos sin verano, por favor. 

A veces le escribo a algún amigo diciéndole cosas superfluas como esa, y me pone un poco en mi sitio diciéndome que en realidad tenemos suerte, que tenemos casa, trabajo, entretenimiento casi infinito y nadie cercano que esté muy enfermo o fallecido -también de momento- y me siento mal por preocuparme si voy a tener verano o no, pero qué le voy a hacer, pienso en el verano. 

El primer día que me he puesto pantalón corto en 2020 ha sido para subir a la azotea a fingir que tendía, y la verdad es que fue una gran tarde. Es muy probable que para el verano todavía no esté permitido viajar al extranjero, con lo que las vacaciones las utilizaremos para ir a visitar más días a nuestros padres y a los amigos de siempre. De festivales casi mejor ni hablamos y hay hasta dudas de si podremos ir a cenar por ahí. Eurocopa y Olimpiadas ya dijimos que se aplazaron a 2021 y hasta el Tour parece que será este año en otoño. Pero qué queréis que os diga, dadas las circunstancias, tengo la sensación de que a poco que tengamos este año un poco de verano -libro en la playa, cervezas en el paseo y torrà al aire libre- poco le faltará al de 2020 para igualar a ese verano en el que nos sentimos invencibles. 

Un montón de cosas

Decía el otro día Geraldine Schwarz en El País que le sorprendía lo rápido que la gente, en nuestra época, es capaz de renunciar a la libertad en nombre la seguridad. No vamos a entrar a valorar aquí lo acojonante de esta afirmación porque no hemos venido a hablar de cosas serias, pero lo utilizaré para hilarlo con algo que he estado pensando últimamente: lo fácil que nos acostumbramos a situaciones nuevas que hasta hace nada hubiera sido inverosímil incluso imaginarlas. 

Me despierto por la mañana y ya no se me hace raro pensar que hoy no saldré de casa aunque sea día de fiesta: es lo normal, ya me he acostumbrado. Desayuno dos veces mientras leo varios periódicos online, trabajo un par de horas en un proyecto de decoración con mi novia, cocinamos unas sobras del día anterior, comemos mientras vemos Bojack Horseman. En lugar de hacer la siesta, subo a la azotea a escuchar un podcast. Al terminar, leo un rato en mi nuevo rincón favorito del mini piso -junto al balconcito que da al patio interior-, preparo unas gyozas y cenamos viendo una comedia francesa. Aunque es víspera de festivo otra vez, me acuesto pronto sin ir borracho y con la preocupante sensación de haberlo pasado jodidamente bien hoy, lo que da que pensar. 

Cuando volvamos a la normalidad -o cuando volvamos a la otra normalidad, la de hacer un montón de cosas sin parar-, ¿volveremos a hacer un montón de cosas sin parar? ¿Aprenderemos que no tiene sentido vivir con esta continua sensación de miedo a estar perdiéndose cosas? ¿Hay que aprender algo de todo esto? Yo qué sé. La vida es aburrida muchas veces y en realidad no pasa nada. Hasta hace nada, escuchar un podcast era una actividad secundaria que hacía mientras llevaba a cabo la actividad principal: correr, conducir, ir de un sitio a otro. Subir a la azotea a escuchar un podcast es ahora el mejor plan del día, y me parece bien. Tengo un vecino que lleva dos semanas poniendo música de Semana Santa de manera ininterrumpida, a todas horas. Se pasa el día silbando sus canciones mientras hace vete tú a saber qué. Por la alegría con la que silba apostaría fuerte a que lo está pasando de puta madre, pero nunca lo sabré, porque ni sé quién es ni iré a saludarle cuando termine todo esto. 

Me sentía culpable el otro día por escribir estas columnas en tono ligero, teniendo cuenta la cantidad de gente que había muriendo no solo aquí, sino en todo el mundo. Ayer supe de la primera persona conocida por mí que ha fallecido por esta enfermedad. Era una tía abuela a quien seguramente no veía desde hace más de quince años, pero me dio pena, claro. Era monja, tenía 94 años y vivía en Madrid desde que tengo recuerdos de ella. Cuando todavía era relativamente joven, nos visitaba cada dos o tres veranos durante unos días. Se reía muchísimo y tenía un acento castellano-manchego muy marcado. En su pueblo la querían tanto que le pusieron una calle a su nombre. Se llamaba Sole.

Horizonte

Llevo veintitrés días confinado y empiezo a notar que me falta el espacio. Me falta espacio en el móvil, concretamente, de tanto meme, video de niño gracioso y audio falso de médico del Gregorio Marañón. Me va muy lento el móvil con tan poco espacio y me dedico a borrar fotos viejas y a eliminar apps que no he usado estos días ni usaré en semanas. Me desinstalo la app de alquiler de patinetes eléctricos pero me niego a quitarme la de resultados deportivos porque por algún motivo aún tengo la esperanza de ver los cuartos de final de Champions de la 19/20.

Espacio empieza a faltar también en casa, para qué vamos a engañarnos, que cuando alquilamos este piso, la variable cuarentena no la tuvimos en cuenta al mismo nivel que la orientación, el precio o la cercanía a un barrio molón. El resultado es el que es: faltan metros cuadrados por todos lados, la distribución es demencial al punto de que impide casi por completo teletrabajar a dos personas a la vez y las vistas al exterior se reducen a un patio interior de metro y medio de ancho. Para terminar de arreglarlo, han aparecido notas en la escalera, sin duda dirigidas a mí, recordando que no está permitido hacer lo que hasta ahora me mantenía dentro de los límites de la cordura: subir a la azotea a dar un paseo o a hacer series de sentadillas. A modo de venganza, entro en Fotocasa y compruebo que empiezan a estar disponibles para alquilar todas las viviendas que hasta ahora se utilizaban como apartamento turístico. Por tiempo limitado, eso sí, que en cuanto termine la pandemia hay que volver a forrarse como hasta hace nada. No me voy a poner muy digno con esto porque llevo años viajando solo con Airbnb, pero confieso que empiezo a arrepentirme un poco. 

Donde hace tiempo que está perdida la batalla del espacio es en la cocina, que los bricks de leche, latas de atún y sobre todo, botellines de cerveza consumidos durante videollamadas, se han apoderado completamente del banco junto al fregadero. Será la emoción de ver a gente después de días aislado, pero las cervezas me las bebo el doble de rápido si estoy en videollamada que en la vida real, no sé si solo me pasa a mí. El caso es que de tres domingos en confinamiento, dos me he levantado con resaca. 

Unos amigos tienen un hijo que, después de tantos días metido en casa sin hacer nada, cada vez que se despierta de la siesta se piensa que es un día nuevo, da los buenos días y pide el desayuno. Esto todavía no me sucede a mí, pero no descarto en comenzar a tener síntomas parecidos pronto, ahora que se empieza a rumorear que quizás no sea solo Abril el mes que nos pasemos metidos en casa. Entiendo la estrategia del Gobierno de no soltar todas las malas noticias de golpe, pero esto de no saber con exactitud cuándo termina el encierro, me desgasta poco a poco. No sé si esta viene a cuento, pero me apetecía meter ya mi primera cita literaria: ayer leía en El Colgajo, de Philippe Lançon que, por definición, el horizonte no está hecho para llegar a él, y la verdad es que tiene razón. Pero en estas circunstancias, saber mínimamente en qué fechas podré darme un paseo por la calle que dure más de lo que me cuesta ir hasta el kiosko de la esquina, me ayudaría a gestionar mejor la falta de espacio. 

Bacon frito

Hay que cosas que no se pueden parar, con pandemia o sin pandemia. No tengo Tinder, pero sí mucha curiosidad en saber qué estará pasando en esta red social estos días. Le pregunto a un amigo que entiende de estos temas y le hago el chiste de que si la gente está haciendo en Tinder igual que hacemos en Netflix, que nos guardamos lo que nos gusta a primera vista para consumirlo más tarde. Me dice que el chiste no tiene gracia porque eso ya se hacía en Tinder antes del confinamiento, así que nada nuevo. 

Más cosas que no cambian: yo planteando temas de debate en el grupo de wasap de primos (en el que soy el mayor) y que el interés sea cercano a cero. Temo seriamente que empiecen a verme como el meme del Señor Burns con el gorrito. En esta ocasión pregunto por el Top 10 de galletas de cada uno pero desisto enseguida al comprobar que los únicos que contribuímos somos los tres mayores del grupo, que pasamos ampliamente la treintena. Si algo he aprendido de esto es que la Generación Z está demasiado ocupada como para ponerse a hablar de galletas en medio de una pandemia mundial. Nueva lección de humildad. 

Los bancos, por ejemplo, parece que de momento tampoco cambian. Hace un par de días volvió a llamarme mi banco ofreciéndome un préstamo de varios miles de euros para “ese proyectito” que tenía aparcado desde hace un tiempo o simplemente para darme un capricho en estos días complicados. Con el FIB parece que tampoco va la pandemia, que me sigue enviando spam ofreciendo su abono de cuatro días a precio super reducido, a pesar de llevar casi diez años sin ir. Diez años sin ir al FIB y quiero que mis primos no me vean como al Señor Burns con gorrito, pero dónde voy.  

Otras cosas sí cambian, y no tengo explicación. Vivo en un edificio de vecinos ruidosos y mis ventanas dan a un patio interior que magnifica el sonido, con lo que oigo los mensajes de voz de la vecina de arriba, la puerta chirriante del de al lado y las discusiones por los deberes de los de más allá. Curiosamente, con el confinamiento, estando todos a la vez dentro de casa, se les escucha menos. Mi novia dice que es porque todos estamos muy concienciados de que hay que estar en casa y que tenemos que molestarnos lo menos posible los unos a los otros, y yo le digo que no sé. 

Mi novia dice también que estoy un poco arisco estos días, y yo le digo que no, y que me deje en paz de una vez, joder. Arisco estaba hace un rato, en el Mercadona, intentando abrir las bolsas de plástico de la fruta con los guantes que me han dado en la entrada, que me he pasado cinco minutos moviendo los deditos, bloqueando por completo el acceso al cajón de los aguacates. Ella insiste en que estoy de mal humor y busca remedio rápido: me pone en Youtube el video del bacon frito de Hora de Aventuras en varios idiomas. Escucho que en portugués cantan panqueques e tozinho y se me pasa todo.