Horizonte

Llevo veintitrés días confinado y empiezo a notar que me falta el espacio. Me falta espacio en el móvil, concretamente, de tanto meme, video de niño gracioso y audio falso de médico del Gregorio Marañón. Me va muy lento el móvil con tan poco espacio y me dedico a borrar fotos viejas y a eliminar apps que no he usado estos días ni usaré en semanas. Me desinstalo la app de alquiler de patinetes eléctricos pero me niego a quitarme la de resultados deportivos porque por algún motivo aún tengo la esperanza de ver los cuartos de final de Champions de la 19/20.

Espacio empieza a faltar también en casa, para qué vamos a engañarnos, que cuando alquilamos este piso, la variable cuarentena no la tuvimos en cuenta al mismo nivel que la orientación, el precio o la cercanía a un barrio molón. El resultado es el que es: faltan metros cuadrados por todos lados, la distribución es demencial al punto de que impide casi por completo teletrabajar a dos personas a la vez y las vistas al exterior se reducen a un patio interior de metro y medio de ancho. Para terminar de arreglarlo, han aparecido notas en la escalera, sin duda dirigidas a mí, recordando que no está permitido hacer lo que hasta ahora me mantenía dentro de los límites de la cordura: subir a la azotea a dar un paseo o a hacer series de sentadillas. A modo de venganza, entro en Fotocasa y compruebo que empiezan a estar disponibles para alquilar todas las viviendas que hasta ahora se utilizaban como apartamento turístico. Por tiempo limitado, eso sí, que en cuanto termine la pandemia hay que volver a forrarse como hasta hace nada. No me voy a poner muy digno con esto porque llevo años viajando solo con Airbnb, pero confieso que empiezo a arrepentirme un poco. 

Donde hace tiempo que está perdida la batalla del espacio es en la cocina, que los bricks de leche, latas de atún y sobre todo, botellines de cerveza consumidos durante videollamadas, se han apoderado completamente del banco junto al fregadero. Será la emoción de ver a gente después de días aislado, pero las cervezas me las bebo el doble de rápido si estoy en videollamada que en la vida real, no sé si solo me pasa a mí. El caso es que de tres domingos en confinamiento, dos me he levantado con resaca. 

Unos amigos tienen un hijo que, después de tantos días metido en casa sin hacer nada, cada vez que se despierta de la siesta se piensa que es un día nuevo, da los buenos días y pide el desayuno. Esto todavía no me sucede a mí, pero no descarto en comenzar a tener síntomas parecidos pronto, ahora que se empieza a rumorear que quizás no sea solo Abril el mes que nos pasemos metidos en casa. Entiendo la estrategia del Gobierno de no soltar todas las malas noticias de golpe, pero esto de no saber con exactitud cuándo termina el encierro, me desgasta poco a poco. No sé si esta viene a cuento, pero me apetecía meter ya mi primera cita literaria: ayer leía en El Colgajo, de Philippe Lançon que, por definición, el horizonte no está hecho para llegar a él, y la verdad es que tiene razón. Pero en estas circunstancias, saber mínimamente en qué fechas podré darme un paseo por la calle que dure más de lo que me cuesta ir hasta el kiosko de la esquina, me ayudaría a gestionar mejor la falta de espacio. 

Bacon frito

Hay que cosas que no se pueden parar, con pandemia o sin pandemia. No tengo Tinder, pero sí mucha curiosidad en saber qué estará pasando en esta red social estos días. Le pregunto a un amigo que entiende de estos temas y le hago el chiste de que si la gente está haciendo en Tinder igual que hacemos en Netflix, que nos guardamos lo que nos gusta a primera vista para consumirlo más tarde. Me dice que el chiste no tiene gracia porque eso ya se hacía en Tinder antes del confinamiento, así que nada nuevo. 

Más cosas que no cambian: yo planteando temas de debate en el grupo de wasap de primos (en el que soy el mayor) y que el interés sea cercano a cero. Temo seriamente que empiecen a verme como el meme del Señor Burns con el gorrito. En esta ocasión pregunto por el Top 10 de galletas de cada uno pero desisto enseguida al comprobar que los únicos que contribuímos somos los tres mayores del grupo, que pasamos ampliamente la treintena. Si algo he aprendido de esto es que la Generación Z está demasiado ocupada como para ponerse a hablar de galletas en medio de una pandemia mundial. Nueva lección de humildad. 

Los bancos, por ejemplo, parece que de momento tampoco cambian. Hace un par de días volvió a llamarme mi banco ofreciéndome un préstamo de varios miles de euros para “ese proyectito” que tenía aparcado desde hace un tiempo o simplemente para darme un capricho en estos días complicados. Con el FIB parece que tampoco va la pandemia, que me sigue enviando spam ofreciendo su abono de cuatro días a precio super reducido, a pesar de llevar casi diez años sin ir. Diez años sin ir al FIB y quiero que mis primos no me vean como al Señor Burns con gorrito, pero dónde voy.  

Otras cosas sí cambian, y no tengo explicación. Vivo en un edificio de vecinos ruidosos y mis ventanas dan a un patio interior que magnifica el sonido, con lo que oigo los mensajes de voz de la vecina de arriba, la puerta chirriante del de al lado y las discusiones por los deberes de los de más allá. Curiosamente, con el confinamiento, estando todos a la vez dentro de casa, se les escucha menos. Mi novia dice que es porque todos estamos muy concienciados de que hay que estar en casa y que tenemos que molestarnos lo menos posible los unos a los otros, y yo le digo que no sé. 

Mi novia dice también que estoy un poco arisco estos días, y yo le digo que no, y que me deje en paz de una vez, joder. Arisco estaba hace un rato, en el Mercadona, intentando abrir las bolsas de plástico de la fruta con los guantes que me han dado en la entrada, que me he pasado cinco minutos moviendo los deditos, bloqueando por completo el acceso al cajón de los aguacates. Ella insiste en que estoy de mal humor y busca remedio rápido: me pone en Youtube el video del bacon frito de Hora de Aventuras en varios idiomas. Escucho que en portugués cantan panqueques e tozinho y se me pasa todo.

Autoficción

En el grupo de wasap de amigos soy el tonto que se cree más listo que el resto porque desmiente todos los bulos. Formo parte de la brigada anti-bulo. Todos nos creemos más listos que los demás. No lo digo yo, lo dice Dunning-Kruger, que es el nombre del efecto según el cual los seres humanos tendemos a considerarnos más inteligentes que el resto, midiendo de manera equivocada nuestras habilidades por encima de lo real. 

A medida que pasan los días, la rutina se va estableciendo y los temas se empiezan a desgastar. Me despierto por la mañana y ya no se me hace raro pensar que hoy no saldré de casa. Bromear diciendo que te alegras de tener que ir a hacer la compra ya no tiene gracia porque ya lo ha dicho todo el mundo en twitter, y mucho mejor que tú además. Las cosas se agotan, y pasa un poco lo mismo en la prensa digital, que la consulta diaria de periódicos estos días se me hace cada vez más repetitiva. Para satisfacernos, una vez que el recuento diario de muertos se nos ha hecho aburrido, han comenzado con la modalidad extreme de esta actividad: el recuento diario de famosos muertos. 

No quiero que esto termine convirtiéndose en una columna en la que solo se habla de la escritura amateur, pero la mente se me va ahí estos días, por algún motivo. Hablaba el otro día sobre lo de dejar de escribir. De alguna manera siempre eché la culpa de haberlo abandonado a cosas como la falta de tiempo provocada por la entrada en la vida adulta, a mi primer empleo en la empresa privada y a vivir de manera independiente por primera vez. Pero nada de todo eso era cierto, porque quien mató mis ganas de escribir fue Twitter. Yo era feliz con mi blog, con mis diez o doce puntuales lectores a quien nunca respondía en los comentarios, con mis posts repetitivos y con mi Dunning-Kruger en su apogeo, hasta que me instalé Twitter y me di cuenta de que allí siempre habrá centenares de personas que están escribiendo todo el tiempo sobre los mismos temas que escribes tú, pero desde perspectivas más originales, con más gracia, y más rápido. El poco tiempo que ya de por sí le dedicaba a escribir, ahora se lo dedicaba a la aplicación, y me pareció bien. Esbocé un par de veces un post de despedida, pero no me salió nada, así que lo abandoné para siempre como quien se va a dormir sin avisar mientras se celebra una fiesta en su casa. Una fiesta con poca gente en este caso. 

Me apunté una vez a un taller de escritura de novela, pero no escribí nada durante el mes que estuve inscrito. Llevé aquel proyecto de novela que había intentado escribir años atrás esperando quizás que la profesora me propusiera para el Nobel de Literatura, aunque su reacción fue más bien pedirme que dejara de leer porque en cuatro páginas había detectado cierto tono machista. No volví, por supuesto. Mientras dura el confinamiento estoy inscrito en otro taller de autoficción a distancia para el que tampoco escribiré nada, pero que pagaré religiosamente. Lo que hace la mayoría con el gimnasio lo hago yo con los talleres de escritura creativa. Menuda ostia tengo, ya me lo digo yo. 

Una fiesta

Hace años escribía. No mucho, pero algo escribía. Relatos cortos en un taller de escritura creativa, posteaba de vez en cuando en un blog sobre mí mismo, cosas así. Dejé de hacerlo abruptamente, sin motivo.

Tres años después de mi último post en aquel blog empecé a escribir lo que debería haber sido una novela. Durante tres meses, escribí todos los días al menos una hora, pero odié profundamente la experiencia. Lo dejé cuando llevaba cincuenta páginas o así y me di cuenta de que el resultado estaba siendo muy decepcionante. Me dije que mejor descansar un tiempo y posponer el tema de la escritura para cuando tuviera un poco más de ganas. La vida me arrolló y he pasado seis años sin escribir una sola palabra. 

Todo se pospone estos días. El otro día la UEFA confirmó que se posponía la Eurocopa de este año para el verano de 2021. Por si esto no era ya suficiente disgusto, mañana confirmarán también el retraso de los Juegos Olímpicos. Ya puestos, podrían posponer directamente el verano entero, porque para lo que va a quedar, pues casi mejor. En Sevilla han pospuesto también la Semana Santa y la Feria. Al ser mi primer año viviendo aquí, había decidido quedarme aquí en ambos festejos, aunque no sea yo muy amigo ni de las costumbres religiosas ni de las muchedumbres, pero ha tenido que venir una pandemia mundial a ponerme en mi sitio. 

Algo parecido le debe estar sucediendo al SanSan, el gafe de los festivales de música levantinos. El año pasado, a pocas horas de iniciarse el primer concierto, AEMET anunció algo parecido a un huracán para esos días y se vieron obligados a cancelar. Devolvieron el dinero de todas las entradas y anunciaron que volverían al año siguiente con más fuerza que nunca, pero también tuvo que venir la pandemia a ponerles en su sitio. Pobre SanSan. Yo, por si acaso, no haría muchos planes para la fecha que anuncien en 2021. 

La Selectividad, al parecer, también se pospone. Qué intensito, el año de Selectividad, los propios días de la Selectividad. Aquellos días, recuerdo haberme hecho un planning perfecto en el que, durante dos semanas iba a dedicar diez horas por asignatura para refrescar todo lo aprendido durante ese año. Recuerdo perfectamente también cómo la realidad se abrió paso y me pasé las tardes jugando a tenis con el amigo del que hablaba hace unos días. El primer día de exámenes, recuerdo que nos encontramos en la puerta de la universidad con un amigo nuestro un año mayor que nosotros que ya estaba terminando primero, y nos gritó de manera enigmática que Selectividad era una fiesta. En aquel momento no entendí aquel énfasis, pero sí tiempo después, porque pocas épocas de mi vida recuerdo con más fuerza. 

Se habla mucho estos días sobre cómo recordaremos lo que nos está pasando ahora mismo. Sobre si se estudiará en los libros de texto o si generará cambios en la forma de comportarnos e incluso de organizarnos como sociedad. Tengo la impresión de que hay quien está viviendo esto como una experiencia catártica, de la que hay sacar que salir transformados y casi mejores personas. No lo tengo claro, pero puede que tengan razón. No me quería poner serio, así que no intentaré rebatir esa actitud, pero me cuesta imaginarme qué puedo sacar en claro de pasarme dos meses saliendo de casa solo para ir al Mercadona o a la azotea. 

También es verdad que a las ocho de la tarde subo a la azotea y se me salta la lagrimilla, así que igual me termina pasando como con Selectividad, que en su momento no supe ver que era una fiesta, pero años después no podría estar más de acuerdo. 

Tartar de atún

Esta mañana he limpiado a fondo el baño mientras escuchaba un disco de Kanye West. Pasar el estropajo por el váter mientras escuchas a un rapero millonario en los cascos: sé que hay un chiste fácil ahí que no me acaba de salir. 

Hoy tendría que haber hecho una 10k. Mi padre me contó ayer por teléfono que Martín Fiz, el maratoniano español, ha recomendado en su cuenta de Instagram que se puede correr en casa, en un metro cuadrado, y me hace una demostración, moviendo las piernas y los brazos haciendo como que corre pero sin moverse del sitio. No vamos a desconfiar de Martín Fiz a estas alturas de la vida, pero me permito el lujo de adelantar que no lo voy a intentar, Martín. 

No voy a ser uno de esos runners llorones que vienen a quejarse a Twitter por perder días de entrenamiento, porque sé que todos teníamos planes estos días que ya no vamos a poder hacer. Yo, sin ir más lejos, volvía a mi ciudad natal el Viernes 13 de Marzo a casarme, ni más ni menos. Mi novia ya me advirtió que ella pasaba de casarse en Viernes 13 y al final mira, una pandemia mundial, terminó teniendo razón. En realidad no íbamos a casarnos, solo teníamos cita en el registro civil para abrir el expediente matrimonial, pero creo que se entiende la idea. 

Todos teníamos planes y de repente el futuro es un espacio vacío. Yo quería ir a hacer trekking a Eslovenia en Pascua, luego lo cambié para finales de Mayo aunque me coincidiera con la final de la Champions, y ahora ya no sé si iré nunca. El otro día decían en Twitter que pasará mucho tiempo hasta que podamos volver a hacer turismo, y yo no sé a qué se refieren exactamente con mucho tiempo o con hacer turismo. Ni siquiera sé muy bien quién lo dijo en Twitter, así que no me hagáis mucho caso, pero el tema es que me dejó preocupado. 

Pensando en viajes futuros que igual ya no se hacen, me he acordado de viajes pasados y me he puesto a ordenar fotos de los últimos años en el ordenador. Enseguida he recordado también por qué hacía tanto tiempo que no lo hacía, y es que no hay manera humana de clasificar de manera lógica tanto selfi borroso y foto de tartar de atún. Más tarde me dicen que hay aplicaciones que te lo organizan todo automáticamente y me desmoralizo porque ya he invertido mucho tiempo en hacerlo manualmente y ya he perdido las ganas hasta de ver las fotos. 

Ese ansia que nos ha dado a todos por hacer turismo y estar constantemente viajando, de dónde nos viene. Que me voy de viaje mínimo tres veces al año y aún tengo la sensación de que me pierdo cosas y de que hay que irse más lejos o a subir montañas más altas. Esas preparaciones de viajes tan exhaustivas, que cuando llegas al destino llevas tanto tiempo esperando y te lo has estudiado a un nivel de detalle que ya no te sorprende nada. 

Esta mañana han anunciado también que el periodo de cuarentena se alargará otros 15 días mínimo, lo cual tampoco ha sorprendido ya a nadie.

Sentadillas

Hoy después de comer le he dicho a mi novia que tengo la sensación estos días de estar todo el rato poniendo y quitando la mesa, y ella rápidamente me ha puntualizado que no es una sensación, que es que estoy todo el rato poniendo y quitando la mesa. Estamos tan acostumbrados a estar casi siempre haciendo actividades de todo tipo que solo unos días de rutina sin poder salir de casa nos obliga a buscar diversión a cualquier precio. 

Una de las opciones de entretenimiento más populares estos días es el deporte indoor. Antes de comer, mientras mi novia estudia en la mesa del comedor, yo hago ejercicios en la alfombra. Me pongo a hacer sentadillas y a la tercera, mi novia deja de teclear e interviene para decirme que las estoy haciendo mal, lo cual me hace darme cuenta de que esta es otra de las actividades más populares estos días: señalar lo que los otros hacen mal. El que sube a la azotea lo hace mal. El que saca al perro y no le limpia las patitas lo hace mal. El que se va a la casa de la playa lo hace mal. El Gobierno lo está haciendo mal. Los que critican al Gobierno lo están haciendo también mal. Todo mal. Es curiosa esta tendencia que tiene la gente a valorar lo mal que lo hacen el resto o lo mal que lo hacen los que no son de los suyos. Enseguida me doy cuenta de que yo mismo juzgo de manera diferente un tuit de Ayuso que uno de Echenique, aunque el contenido de los dos sea igual de ridículo, así que mejor me callo y paso a otra cosa. 

Otra actividad muy común estos días también son los consejos prácticos de cara a la cuarentena. Cómo hacer tu propio gel desinfectante. Cómo y cuántas veces hay que lavarse las manos. Cuál es la mejor manera de organizar la compra para no tener que salir demasiadas veces y cómo conseguir no engordar sin poder salir de casa. La madre de mi novia, que es médico, nos dijo el otro día, que durante el confinamiento hay que intentar también beber agua al menos una vez cada 15 minutos, aunque no acabo de tener claro si esto era un consejo médico o un challenge viral. 

Al final de la tarde, mi novia y yo salimos al balcón a aplaudir, y la vecina de enfrente, a quien no hemos visto nunca, nos cuenta que su suegra, o la suegra de una amiga, ahora no recuerdo, se ha muerto, y que al entierro han podido ir solo cuatro, y gracias. Si es Sábado, como hoy, la gente además se prepara un cubata y pone remember a todo volumen en el balcón. Se abusa últimamente del remember, en mi opinión, un género músical que debería estar reservado solamente para momentos épicos de fin de fiesta, de lo contrario se pierde la gracia y el sentido. He llegado a estar en una fiesta en la que la primera canción que se pinchaba era el Flying Free, a palo seco. Empezar una fiesta poniendo el Flying Free: el único equivalente que se me ocurre a esto es mi compañero de pupitre en primaria, Tito, que empezaba su jornada escolar comiéndose una bolsa de Jumpers.

Un disco al día

Hace diez años o así escuchaba mucha música, muchísima. Lo hacía casi como quien hace deberes. Cada semana me ponía en el Spotify dos o tres discos de los grupos de moda en el momento y me los escuchaba del tirón varias veces, hasta el punto de poder decir que de verdad había escuchado ese disco y que podía formarme una opinión, y que si ese verano los veía en el FIB reconocería al menos dos o tres canciones. Siguiendo esta implacable rutina, todas las semanas durante varios años, llegué a la conclusión ingenua de pensar que estaba puestísimo en el tema musical, y me hice super fan de cosas como Devotchka o Micah P. Hinson o Liars. 

Hoy en día no escucho casi nada, o al menos casi nada nuevo, y me da pena, y también sensación de que me estoy perdiendo cosas. El año pasado me encontré con un artículo que decía que a partir de los treinta, la gente es menos receptiva a descubrir grupos nuevos por algún motivo triste que ya no recuerdo. Esto no lo decía el artículo, pero lo añado yo: a partir de los treinta también estamos menos receptivos a aprender idiomas y a conocer gente. No quiero jugar a ser psicólogo, así que no profundizaré más en esta idea. 

Leer ese artículo me dejó mosqueado y quise rebelarme ante aquella evidencia. Creé con mi hermana una lista compartida que decidimos completar con grupos actuales alejados de nuestros gustos habituales, sin prejuicios o complejos. En pocos días, la llenamos de trap, reggaeton e historias semejantes. Al final de ese mismo año, Spotify me informó de que el artista que más había escuchado en 2019 había sido Bad Gyal, y la verdad es que no supe decir si eso significaba que el año había sido muy bueno o muy malo. A decir verdad, tampoco habría mejorado mucho el año si mi banda más escuchada hubiera sido Liars. 

Uno de los planes que me propuse para la cuarentena fue escuchar un disco nuevo al día. Después de una semana, solo me he puesto medio disco de Blur mientras cocinaba y un montón de podcasts. Ya no escucho música, solo podcasts. A veces todavía hago el esfuerzo de mirar los carteles de los festivales a los que solía ir para escuchar el último disco de los cabeza de cartel al menos, pero me dura poco la motivación y ni siquiera me suenan los nombres, y cuando los escucho, todos me suenan muy parecidos y me aburro rápido, así que enseguida vuelvo al programa de entrevistas, al análisis de la actualidad y de la jornada de fútbol en el Calcio. Me gusta estar informado sobre el Calcio porque mi compañero de oficina es italiano y es una buena manera de iniciar conversación por las mañanas. La verdad es que no he probado a hablarle de Bad Gyal. 

Algún día suelto, sin ningún motivo en particular, al salir del trabajo me pongo la lista de electro y al cruzar el puente, el sol brilla sobre el canal, el ritmo de la canción encaja con mis pasos y el mundo es tan jodidamente perfecto que me emociono. Al día siguiente, salgo de la oficina y me vuelvo a poner otro podcast del pijo del Hotel Jorge Juan, no sé qué cojones me pasa. 

Tremendas agujetas

Ya lo han comentado en mil sitios, pero es cierto: la cuarentena está provocando la paradoja de que, estando encerrados, hablemos mucho más con nuestros familiares y amigos. 

De hecho, uno de mis pequeños placeres estos días es subir a la azotea y hablar por teléfono con gente con quien nunca había tenido llamadas de más de un minuto. Esta tarde, por ejemplo, he hablado con un buen amigo, a quien informo de las tremendas agujetas que me han provocado las abdominales de hace dos días. Mi amigo, que es policía, me informa de que las abdominales están ya obsoletas, que ahora lo que se hace es plancha (o planking). Mi amigo el policía también me dice que está algo preocupado. Que de momento, la gente se está portando bastante bien, que no hay casi nadie en la calle y que a quien encuentran, entiende perfectamente que no debería estar allí. El otro día encontraron a un chico sentado en un banquito que les dijo que estaba allí porque justo allí tenía wifi. Pero mi amigo teme que dentro de dos semanas la gente se harte de la cuarentena, desconfíe de todo y empiece a salir de casa cada vez más. Que espera equivocarse, pero que ya veremos. 

En la azotea casi siempre me encuentro al mismo vecino, que pasea de la mano de su hija de unos cuatro años, siempre vestida de la protagonista de Frozen, muy contenta porque dice que está en el recreo. Otra cosa que está provocando el confinamiento es que los niños estén más contentos, contra todo pronóstico. Mi novia dice que es porque están pasando más tiempo que nunca con sus padres, y probablemente tenga razón. La cuarentena está siendo la edad de oro para ser niño o para ser perro. El padre de Frozen suele aprovechar para fumarse un cigarro y siempre se despide llamándome vecino. 

Con mis padres, por otro lado, en lugar de hablar solo un día a la semana los domingos por la tarde, como hacía antes, ahora estoy hablando todos los días. Y todos los días nos contamos un poco lo mismo, porque no hay mucho que contar, pero no deja de ser curioso que estas conversaciones, más divertidas me resultan cuanto menos contenido tienen. 

Una conversación típica estos días es preguntar qué has comido, y no solo con mis padres, sino con todo el mundo. De repente, a todos nos interesa muchísimo saber qué ha comido el otro, nos enviamos fotos y compartimos recetas. Y nos interesa de verdad, aunque ya sepamos la respuesta porque todos hemos comido un poco lo mismo: spaguetti, o pechuga de pollo o ensalada con aguacate. Es como una vuelta a hablar solo de lo básico e importante. Hace años tenía un amigo que cuando alguien del grupo de colegas se iba de viaje, a la vuelta solo le preguntaba dos cosas: que si había follado, y en caso afirmativo, que con cuántas. Y lo preguntaba sinceramente, el resto le daba todo igual. Lo preguntaba siempre aunque también supiera ya la respuesta, porque casi siempre era la misma.

Fútbol infame

Se han parado la Liga de fútbol y todo el resto de competiciones deportivas, pero sigo teniendo el tic de coger el móvil y entrar a mismarcadores para comprobar los resultados del día. El fútbol me gusta mucho, qué le voy a hacer. Sé que no me da de comer y todo eso, pero me alegra una tarde de domingo en la que no tengo nada que hacer. 

Con mi mejor amigo del colegio no hablo casi nunca por teléfono y en persona nos vemos menos todavía. De vez en cuando, nos mandamos un enlace a una noticia deportiva que nos llama la atención, sin contexto o saludo previo. Esta mañana, por ejemplo, me ha mandado un video de youtube de tres minutos con un resumen del Francia-Bulgaria del 93, partido en el que Bulgaria remonta en el último minuto para meterse en el Mundial de Estados Unidos. Le digo a mi amigo que me ha encantado el video y que qué bien le pega Kostadinov en el 1-2. Le pregunto que cómo lleva el no poder salir de casa con un bebé de menos de un mes de vida y me intereso también por su mujer, a la que prácticamente no conozco. Me cuenta que lo lleva medio bien, a pesar de un tener un horario de trabajo demencial, en contacto constante con población de riesgo y de que los abuelos solo puedan ver al niño por videollamada. Tiene incluso tiempo de mandarme un selfi gracioso y hacerme una broma sobre pelis de zombis. 

Le envío un mensajito también a otro buen amigo con quien he compartido tardes de fútbol infame en Castalia. Le noto un poco jodido a pesar de estar viviendo un momento personal bastante bueno. Cuando me fui a vivir con mi novia tuve la sensación de que estaba haciendo un movimiento arriesgado, porque solo llevábamos año y medio juntos y además nos mudábamos al extranjero. Mi amigo está preocupado porque se ha ido a vivir con su novia dos días antes de que se declarase la cuarentena. Pequeña lección de humildad para mi. Le mando ánimos y me responde que tiene ganas de verme y que siempre nos quedará Castalia. 

Una vez, con doce años o así, acababan de terminar las fiestas patronales de mi ciudad, una semana de vacaciones. El domingo por la noche no conseguía dormirme porque al día siguiente tenía que volver al colegio y me daba mucha pena. Me daba tanta pena que hubo un momento en que me puse a llorar, yo solo en mi habitación a oscuras. Me sentí ridículo pero sobre todo muy desgraciado. Me puse a pensar en cosas que me apeteciera hacer esa semana, cosas que animaran a ver aquel drama de una manera un poco más positiva. Recordé que el jueves había jornada de UEFA y de que jugaba el Mallorca contra no sé quién. Enseguida me animé un poco y me dormí, tranquilo porque dentro de cuatro días había fútbol en la tele. 

En fin, que el fútbol me gusta y a veces me ayuda, qué queréis que os diga. No es que esté aquí llorando porque no pueda ver los cuartos de final de la Champions, pero creo que os hacéis una idea de lo que quiero decir. 

Realización personal

Un efecto evidente de la cuarentena en la gente es que se agudiza mucho el sentido del humor. Hoy he ido al Mercadona y al volver, mi novia me ha dicho que he comprado mucho pavo, que he comprado pavo-rrir. La quiero mucho, a mi novia, por razones obvias. 

Las tareas domésticas han ganados estos días un prestigio inesperado. Limpiar el baño es el plan guay que te reservas para el Domingo. Ir a hacer la compra sustituye al vuelo low cost a Bolonia. Subir a tender, el nuevo bajar al bar. Me encanta subir a tender, con o sin cuarentena, a todo esto. Meter la ropa en la lavadora, subirla a la azotea y dejarla bien tendida me provoca un extraño sentimiento de realización personal y trabajo bien hecho. Siempre que termino de tender, me giro y miro la ropa como si mirara un cuadro que acabo de pintar. 

Otro tema que os quería comentar es que tengo la suerte de que en el trabajo me pagan clases de francés, que ahora son vía Skype por motivos obvios. A las ocho y media de la mañana nos conectamos todos desde nuestras casas, con una taza de café en la mesa, despeinados y con una sudadera vieja. Cada vez que habla uno de nosotros, aparece su video en pantalla. Con tanta videollamada y salidas al balcón a aplaudir, estamos viendo estos días algo que normalmente permanece oculto: las casas de nuestros conocidos por dentro. Aunque solo sea un trocito pequeño, me gusta ver el interior de las casas de gente a la que conozco poco, por algún motivo que no alcanzo a comprender. 

Por la tarde, con la alfombra ya limpia, me pongo una lista de electro en el Spoti y hago tres series de abdominales variadas, flexiones y otros ejercicios que llevo mucho tiempo sin practicar. Un chistecito que he hecho en muchas ocasiones es este: el número de abdominales que he hecho en los últimos tres años está entre uno y diez mil. Al terminar de hacer ejercicio veo que casi no he sudado pero entre las abdominales y la ducha de después he conseguido quitarle una horita al día. 

Una costumbre que habíamos cogido en casa en los últimos meses era la de comer y cenar como las personas. Como las personas es, para nosotros, en una mesa y sentados en una silla, en lugar de en el sofá frente a la tele y en la mesilla pequeña, que luego la alfombra acaba como acaba. Con esto de la cuarentena, nos hemos vuelto muy locos y la cena ya no la hacemos como las personas, fuck the system. La comida todavía sí, que por lo que parece, esto puede ir para largo y no es cuestión de asalvajarse completamente al cuarto día de confinamiento. Mientras cenamos, terminamos de ver El Padrino I, que llevábamos desde el Sábado viendo a trozos sueltos porque siempre terminábamos durmiéndonos. Un día de estos tendremos que hablar de El Padrino, cuando tengamos un rato. 

Antes de irnos a dormir, mi novia me dice que le pase de una puñetera vez el bote de gel desinfectante, what the gel. Cómo no la voy a querer.